02/12/2007

Supervivientes de 5000 años

Los dinkas

Texto de Bru Rovira
Fotos de Sebastiao Salgado
En el sur de Sudán, el pueblo dinka vive en estrecha relación con la tierra, y sobre todo con su ganado, tan importante en su cultura que incluso modela el lenguaje. Aunque se han visto envueltos en la terrible guerra que enfrentó al norte y al sur del país, los dinkas han conseguido mantener su modo de vida tradicional

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Cerca del campamento de Wutliet, las mujeres dinkas se congregan a la sombra de los árboles para moler los cereales. Los dinkas, más de un millón en el sur de Sudán, son mayoría en esta zona del país. Dinkas, nuers, shilluks y otras etnias  descienden del antiguo pueblo nilótico que, en sus interminables batidas en busca de pasto para el ganado, fue alejándose cada vez más de sus orígenes y, con el tiempo, dio lugar a otras etnias, como los masais en Kenia o los tutsis en Ruanda y Burundi
El año 2005 empezó en Sudán con la firma de un acuerdo de paz entre el norte y el sur que quería dar por terminada una larga guerra de más de cuarenta años, durante la cual murieron dos millones de personas y otros cuatro fueron desplazados de sus territorios de origen.
Se trata de uno de los conflictos más largos de la historia –y, también, más desconocidos–, donde la geografía, las diferencias culturales y étnicas, la religión, la pobreza y las fronteras políticas creadas a golpe de cartabón por las potencias coloniales complican lo que, para simplificar, se ha presentado como un enfrentamiento entre el mundo musulmán y árabe, del norte, y el mundo negro, católico y animista, del sur. Un conflicto, también, entre la riqueza y la pobreza, donde el racismo y el tráfico de esclavos han estado presentes durante siglos sin que todavía hoy hayan desaparecido completamente. El petróleo que existe en la frontera entre estos dos mundos no ha hecho más que agravar estos conflictos.
Las fotos que en este Magazine presenta Sebastião Salgado fueron realizadas en el 2006, justo un año después de los citados acuerdos de paz. Salgado viajó durante los meses de febrero y marzo a la región y visitó algunas de las comunidades dinka que se desplazan con sus ganados en busca de pastos, entre las ciudades de Bor y Rumbek.
Aislados por la guerra, los dinkas han sido una tribu de difícil acceso para los turistas (no ha ocurrido lo mismo, por ejemplo, con los masai, en Kenia, emparentados también con los pueblos de pastores nilóticos) y, a pesar de que sus miembros han participado como la principal fuerza y dirección del Ejército Popular de Liberación del Sudán (SPLA) en su lucha contra el gobierno de Jartum, la comunidad ha conseguido sobrevivir conservando buena parte de sus costumbres y sistema de vida.
Aquellos que hayan tenido oportunidad de conocer esta aislada región durante estos últimos años, se sorprenderán por las fotos de Salgado, pues éstas evocan una imagen idílica y armónica de la relación que los dinkas tienen con la naturaleza y su hábitat, la misma que debían de tener hace cinco mil años, aunque esta imagen no recuerda precisamente lo que le tocó vivir al pueblo dinka durante los peores momentos de la guerra con el norte, cuando los combates les obligaron a desplazarse, fueron diezmados por la muerte y la hambruna, y sus niños eran sacados del campamento para incorporarlos a las filas de los guerrilleros del SPLA. Uno de sus dirigentes, el doctor Bellario, me acompañó a dar un paseo por lo que quedaba de la ciudad, durante una visita que hice a Rumbek en el año 2002. Nunca olvidaré sus comentarios mientras caminábamos en medio de las ruinas y los hierbajos que cubrían los edificios que, antaño, debieron de tener un cierto esplendor: “Aquí hubo una leprosería”, narraba Bellario mientras yo trataba de distinguir un muro entre la maleza; “aquí hubo una maternidad”, indicaba al tiempo que nos paramos para saludar al único estudiante que consiguió terminar la escuela de toda una generación de ex alumnos que perecieron durante la guerra.
Rumbek era en el año 2002 la capital del Nuevo Sur Sudán, después de que los guerrilleros consiguieran arrebatarla a las tropas de Jartum, que la mantuvo en su poder hasta el año 1998. Parapetados entre las ruinas, los soldados del SPLA controlaban la ciudad (Bor todavía se encontraba en manos de Jartum) y ya empezaban a diseñar su soñada autonomía. “Poco a poco
–dijo un optimista Bellario–, las cosas irán mejorando. Ahora ya tenemos doce escuelas secundarias y una escuela de formación profesional.” El guerrillero no se refería a las escuelas de la ciudad de Rumbek. ¡Hablaba de todo el sur Sudán, un territorio mayor que Francia!
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