23/12/2007

Espcial 2007

Un año intenso para la monarquía

Texto de Fernando Ónega
LECCIONES DE REY Nunca antes en los 32 años de reinado de Juan Carlos I la monarquía se había visto envuelta en tantas situaciones difíciles, que  incluyen tanto la proyección institucional como el ámbito familiar. El eco de ciertas posiciones republicanas, la quema de fotografías del propio soberano, la polémica por el secuestro y condena de la revista que ofendió a los Príncipes, el incidente con Hugo Chávez en la cumbre iberoamericana de Santiago de Chile... y, finalmente, la separación de los duques de Lugo. Un particular annus horribilis que, si bien llegó a crear una cierta sensación de crisis, no ha mermado el prestigio del Rey, siempre cercano al sentir
de la ciudadanía, también en sus impulsos humanos.

La imagen recoge el momento en que el Rey ataja las repetidas interrupciones de Hugo Chávez a Zapatero,  en el uso de la palabra en la cumbre iberoamericana

En la intimidad de su casa, don Juan Carlos prepara a un joven que en enero del 2008 cumple 40 años. Los sucesos del 2007 y la reacción de su padre han sido, sin duda, una gran lección

Fue el año 69 de su vida y el 32 de su reinado. Al final, el rey Juan Carlos I puede decir lo que apuntó en algún discurso: el periodo monárquico, es decir, su estancia al frente del Estado, ha sido el tiempo más largo de convivencia en libertad de toda la historia de España. Y también de prosperidad económica. Sin embargo, el del 2007 ha sido, probablemente, uno de los ejercicios más complejos, hasta el punto de que fue calificado como su annus horribilis. A la hora del balance global, se puede afirmar que no hubo nada de horrible, pero sí dificultades.
La más inquietante quizá haya sido el mayor desparpajo de los movimientos republicanos, como si hubieran perdido el miedo. El PSOE y el Gobierno de Zapatero alentaron la nostalgia de los valores de la Segunda República, lo cual hizo que en algún momento ganara credibilidad el diagnóstico de Aznar, que acusó a su sucesor de propiciar “un cambio de régimen”. Otros portavoces conservadores lanzaron la perversión de que Zapatero buscaba una nueva legalidad conectada directamente con la República.
La acusación –sin duda interesada, pero también inspirada por declaraciones y discursos de notables socialistas– no tuvo confirmación práctica. Sin que la Zarzuela tuviera intervención en la iniciativa política, los desarrollos de leyes como la de memoria histórica buscaron reparar las injusticias del franquismo, pero sin llegar a consagrar la República como el modelo de convivencia. Si se han reabierto heridas, no han afectado al sistema político. Si hubo veleidades de conexión con la legalidad republicana, fueron sepultadas por el pragmatismo.
Lo peor fue cuando los rechazos llegaron a la calle. El acontecimiento más notable, prácticamente único, ha sido la quema de fotografías de los Reyes en Girona. Se trató de un hecho aislado y minoritario, pero con fuerte impacto en los medios de comunicación, sobre todo en las televisiones, que han repetido hasta la saciedad unas imágenes que impactaban por su novedad. La Fiscalía se encontró ante un dilema: promover acciones judiciales o mirar hacia otro lado, para evitar los efectos de contagio y solidaridad. El contagio ha sido prácticamente nulo, pero los sucesos han sido como la rotura de la virginidad de la ­monarquía.
Coincidieron, además, con otro episodio que movió riadas de tinta: la publicación de una caricatura de dudoso gusto sobre los príncipes de Asturias en la revista El Jueves. Suscitó una apasionada polémica. ¿Era un uso correcto de la libertad? ¿Proceder al secuestro de la revista aumentaba la difusión del chiste, que hubiera pasado casi inadvertido? ¿Tal medida podría ser interpretada como una acción de censura? Pero no juzgar ese delito de injuria, ¿no sería proclamar la impunidad y lanzar el mensaje de indefensión de la familia real? Se impuso la lógica de la legalidad, pero el episodio vino a agrandar la sensación de acoso. Una sensación que se hacía visible en algunos espacios de Tele 5, esforzados en debatir lo discutible y lo no discutible de la institución ­monárquica.
De esa forma, Reyes, Príncipes e Infantas se convirtieron en habituales protagonistas no sólo de los programas del corazón, lo cual es tradicional, sino también de los pensados para la creación de polémica. Fue el descubrimiento de la monarquía como territorio para ejercer la crítica y desafiar el pacto de respeto en que se había basado la restauración. Un episodio familiar, íntimo, doloroso para el Rey y la Reina, la separación de los duques de Lugo, fue el argumento de programas especiales, por cierto de discreto seguimiento por la audiencia.
Tal suceso venía precedido por el famoso incidente del “por qué no te callas”, origen de un conflicto diplomático de difícil superación por la personalidad egocéntrica e incontinente de Hugo Chávez, presidente de Venezuela. La discusión se ha centrado en dos dudas: si el Rey obró correctamente y si debe asistir a esas cumbres. La primera ha sido saldada con un fortalecimiento de la figura del monarca, que con un simple impulso humano conectó con el sentir de la mayoría. La segunda está en la Constitución: “(el Rey) asume la más alta representación del Estado en las relaciones internacionales, especialmente con las naciones de su comunidad histórica”.

Estos acontecimientos, aislados, no tendrían mayor importancia. Juntos, produjeron una sensación de crisis. Al final del año, la evidencia muestra una realidad en torno a la monarquía que se puede visualizar en estos puntos de balance:

•Don Juan Carlos no sólo no ha visto reducido su prestigio, sino que es la persona más valorada, con una puntuación que prácticamente duplica la de los líderes políticos.

•Como jefe del Estado ha mantenido un escrupuloso respeto a su papel constitucional, hasta el punto de no interferir en cuestiones como el Estatut de Catalunya, a pesar de que muchas voces preguntaron “qué piensa la Corona” y un hombre tan leal como Sabino Fernández Campo reprochó al monarca no haber tenido mayor papel en la reforma.

•Supo saldar deudas históricas como la visita a las ciudades de Ceuta y Melilla. A la previsible hostilidad de Marruecos opuso la importancia del mensaje interno: la integridad del territorio español.

•En las situaciones más delicadas respetó la libertad de crítica, aunque le doliera, y renunció a todo tipo de presión sobre los medios informativos críticos. Si un día se refirió a Jiménez Losantos (que propugnó la abdicación), ha sido porque Esperanza Aguirre, presidenta de la Comunidad de Madrid, pidió “trato humano” para el citado periodista.

•Junto con la Reina, supo estar en primera fila en los momentos más dolorosos de la sociedad española, como el funeral por los guardias civiles asesinados en Capbreton.

•Y sigue siendo un buen rey. En la intimidad de su Casa realiza un trabajo cuyos efectos sólo se verán con el tiempo: preparar a un joven que en enero del 2008 cumple 40 años. Se llama Felipe. Quienes hablan con él hacen este diagnóstico: “Estamos en buenas manos”. Y es que tiene un gran maestro. Cada uno de los sucesos del 2007 y la reacción de su padre han sido, sin duda, una gran lección.°

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17 de agosto
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