23/12/2007

Especial 2007

Cultura

Texto de Llàtzer Moix
DEL PRADO A FRANKFURT  Con toda la pompa y el boato que hacen al caso, el Museo del Prado inauguró a finales de octubre la ampliación de su sede, que le ha permitido ganar un 50% de superficie y mejorar las zonas de exposición temporales y de atención al visitante. La obra ha sido diseñada y ejecutada por el arquitecto Rafael Moneo, con saber, paciencia, cariño y muy escaso afán de notoriedad.

El claustro de la ampliación del Museo del Prado realizada por Rafael Moneo. Se inauguró con una exposición antológica dedicada a los maestros de la pintura española del siglo XIX

Han sido necesarias cuatro legislaturas –desde que se convocó aquel fallido concurso arquitectónico internacional– para que la ampliación del Museo del Prado llegara a buen puerto. Entre otros motivos, porque los sucesivos gobiernos españoles debieron batallar, con mayor o menor entusiasmo, contra fuerzas eclesiales, vecinales, políticas o gremiales, todas ellas insensibles ante un hecho palmario: el Prado, uno de los mayores activos culturales imaginables, enclavado en el corazón de Madrid, se había convertido en una instalación incapaz de atender la creciente demanda.
Resulta difícil de comprender, en una época en la que todas las ciudades de cierta dimensión pugnan por ponerse en el mapa mediante equipamientos culturales de nueva planta y, en ocasiones, muy dudoso atractivo, que Madrid haya demorado tanto la rehabilitación de su incomparable pinacoteca. En fin, todo eso queda ahora atrás. Gracias a la ampliación, el Prado ha sumado a su histórica sede, levantada hace más de dos siglos por Juan de Villanueva, un nuevo edificio cúbico y una zona intermedia, subterránea, espaciosa, que hace las veces de vestíbulo. Grandes exposiciones temporales dedicadas a la pintura española del siglo XIX –hasta ahora semiolvidada en las reservas de la casa– y a figuras indiscutibles como Velázquez, Goya o el Greco han venido, o vendrán de inmediato, a festejar esta ampliación del Prado, que preside con indiscutible autoridad el llamado paseo del arte madrileño. Paseo que integran también un Reina Sofía con nuevo timonel, un Thyssen que últimamente aparece más en la prensa por las maneras feudales de la baronesa Tita que por sus muestras y una inminente sede madrileña de CaixaForum. Y mientras la capital consolidaba su eje, otras urbes españolas siguen luchando para dotarse de equipamientos, en ocasiones faraónicos, para poder competir en la liga de las ciudades con gran emblema arquitectónico-turístico-cultural.
Ahí están los casos de Valencia y de Santiago de Compostela. La primera, tenazmente entregada al cultivo de edificios de Santiago Calatrava en su Ciudad de les Arts i les Ciències. La segunda, embarcada en la construcción de la interminable Cidade da Cultura proyectada por el norteamericano Peter Eisenman. Y ambas, preguntándose ya si la ambición de sus monumentos se corresponde siempre con el rigor de sus contenidos, actuales o futuros, y si su mantenimiento va a ser sostenible, incluso en el caso de que un público masivo los visite.
Este factor, el del público masivo, ha sido determinante en otro de los hechos relevantes de 2007 en el mundo del espectáculo: la reagrupación de míticas bandas de rock. Con el negocio del disco en el aire –las ventas han caído a la mitad en seis años, debido a las descargas, la piratería o a la actitud de grupos punteros como Radiohead, que colgó en la red su último trabajo– y con los conciertos en directo como única garantía de grandes ingresos, algunos de los dinosaurios del rock han vuelto. El caso de The Police, con beneficios limpios de 150 millones de euros en su gira de regreso, ha sido quizás el más llamativo.
Y es que, en nuestros días, la música, el arte, los libros o, en general, la cultura que no se vende parece no existir. Que se lo pregunten, si no, a la cultura catalana, que no pestañeó a la hora de invertir doce millones de euros en su promoción de la feria del libro de Frankfurt.
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31 de agosto
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