23/12/2007
Especial 2007
Economía
Texto de Manel Pérez
TIEMPO DE DUDAS El 2007 acaba mucho más frágil de lo que comenzó. Escasez de crédito, dinero más caro, pérdidas bancarias e incógnitas sobre la duración y los efectos de la crisis de liquidez marcan, casi inesperadamente, el cambio de año.

La primera señal de la crisis de las hipotecas
subprime llegó a Europa desde el Northern Rock, donde los clientes hacían cola para retirar fondos
A finales de la pasada primavera la banca comenzó a restringir la concesión de créditos, primero para las grandes operaciones de compra de empresas con deuda, después para las inversiones y, en la última fase, para la financiación de la compra de viviendas o de bienes de consumo de larga duración como el automóvil para los particulares. Varios meses después de que se produjeran los primeros síntomas, tras la inyección masiva de dinero de los bancos centrales en el mercado monetario, las rebajas de tipos de interés de la Reserva Federal de
EE.UU. y la renuncia a subirlos del BCE, el mercado del crédito se ha instalado en la sequía, y el coste de la financiación está subiendo tanto para los bancos como para las empresas y los particulares.
El origen de la crisis fue la venta por la banca de EE.UU. a otros bancos y compañías de seguros de todo el mundo de productos de inversión calificados como seguros pero respaldados por hipotecas concedidas a compradores de viviendas con baja o nula capacidad de devolución del crédito, las ya famosas subprime. Un mercado que se sustentaba en un axioma clásico en todo episodio de burbuja y especulación, la creencia en que el precio de un activo seguirá creciendo a un ritmo insostenible durante largo tiempo. En este caso, la vivienda en EE.UU., con aumentos de precios superiores al 15% anual. La errónea previsión de que esa subida se mantendría y permitiría a los compradores de viviendas eludir las duras condiciones de sus préstamos alimentó el mercado de las subprime.
Para que eso fuera posible, los encargados de calificar si un producto es de buena o mala calidad, las agencias de rating, dieron a los productos comercializados por los bancos de Estados Unidos su certificación de máxima seguridad, es decir, de una casi nula posibilidad de morosidad. Con ese respaldo, bancos y compañías de seguros de todo el mundo compraron.
A pesar de que el volumen de hipotecas subprime es pequeño en términos económicos generales, la desconfianza que ha generado supera de modo exponencial esa cifra. Primero, porque no se sabe qué bancos son los afectados. Como en un juego de lotería, cada día afloran nuevos agujeros, el más sonado de los cuales, el del británico Northern Rock, que prácticamente está en suspensión de pagos. Los grandes de las finanzas mundiales, Citigroup, Goldman Sachs, Deutsche Bank, UBS, Barclays, HSBC…, han tenido que declarar ya multimillonarias pérdidas en el tercer trimestre del año. A pesar de ello, los mercados esperan aún a conocer las cuentas de cierre del ejercicio, ya revisadas por los auditores, para descartar más pérdidas o confirmar que todavía no ha salido todo a la superficie. En segundo lugar, porque las dudas en relación con el valor de los productos respaldados por las hipotecas subprime se han convertido en desconfianza sobre el verdadero precio de una gran parte de los productos financieros.
Ahora, la banca intenta blindarse llenando sus cofres con dinero líquido para no depender de nadie a la hora de financiar sus propias inversiones y créditos.
Inevitablemente, la parálisis financiera se acaba trasladando a la economía real, la de las empresas industriales y de servicios que no utilizan el dinero como su principal mercancía, pero dependen de la fluidez de los circuitos financieros y del crédito para operar. Cuanto más dure la crisis de liquidez, más cerca estará la economía mundial del estancamiento.
EE.UU. y la renuncia a subirlos del BCE, el mercado del crédito se ha instalado en la sequía, y el coste de la financiación está subiendo tanto para los bancos como para las empresas y los particulares.
El origen de la crisis fue la venta por la banca de EE.UU. a otros bancos y compañías de seguros de todo el mundo de productos de inversión calificados como seguros pero respaldados por hipotecas concedidas a compradores de viviendas con baja o nula capacidad de devolución del crédito, las ya famosas subprime. Un mercado que se sustentaba en un axioma clásico en todo episodio de burbuja y especulación, la creencia en que el precio de un activo seguirá creciendo a un ritmo insostenible durante largo tiempo. En este caso, la vivienda en EE.UU., con aumentos de precios superiores al 15% anual. La errónea previsión de que esa subida se mantendría y permitiría a los compradores de viviendas eludir las duras condiciones de sus préstamos alimentó el mercado de las subprime.
Para que eso fuera posible, los encargados de calificar si un producto es de buena o mala calidad, las agencias de rating, dieron a los productos comercializados por los bancos de Estados Unidos su certificación de máxima seguridad, es decir, de una casi nula posibilidad de morosidad. Con ese respaldo, bancos y compañías de seguros de todo el mundo compraron.
A pesar de que el volumen de hipotecas subprime es pequeño en términos económicos generales, la desconfianza que ha generado supera de modo exponencial esa cifra. Primero, porque no se sabe qué bancos son los afectados. Como en un juego de lotería, cada día afloran nuevos agujeros, el más sonado de los cuales, el del británico Northern Rock, que prácticamente está en suspensión de pagos. Los grandes de las finanzas mundiales, Citigroup, Goldman Sachs, Deutsche Bank, UBS, Barclays, HSBC…, han tenido que declarar ya multimillonarias pérdidas en el tercer trimestre del año. A pesar de ello, los mercados esperan aún a conocer las cuentas de cierre del ejercicio, ya revisadas por los auditores, para descartar más pérdidas o confirmar que todavía no ha salido todo a la superficie. En segundo lugar, porque las dudas en relación con el valor de los productos respaldados por las hipotecas subprime se han convertido en desconfianza sobre el verdadero precio de una gran parte de los productos financieros.
Ahora, la banca intenta blindarse llenando sus cofres con dinero líquido para no depender de nadie a la hora de financiar sus propias inversiones y créditos.
Inevitablemente, la parálisis financiera se acaba trasladando a la economía real, la de las empresas industriales y de servicios que no utilizan el dinero como su principal mercancía, pero dependen de la fluidez de los circuitos financieros y del crédito para operar. Cuanto más dure la crisis de liquidez, más cerca estará la economía mundial del estancamiento.
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