El primer dilema
El tiempo de los hijos

El profesor Jesús Perdiguer (43 años) posa delante de un grafiti en Barcelona. Prefiere aparecer sin su familia
"Ser mal padre no está mal visto"
La mayoría de las personas que han compartido sus reflexiones con el Magazine a través de la web son mujeres. Jesús es una de las excepciones. Desde la perspectiva que le proporcionan
22 años en la enseñanza, reflexiona sobre la falta de reconocimiento social a la labor de los padres. "Para realizar cualquier actividad que implique cierta responsabilidad, uno debe prepararse y obtener un título o un permiso. Para ser padres, basta con tener diez minutos inspirados."
A su juicio, vivimos en una sociedad en la que el éxito se liga casi exclusivamente al dinero y el estatus económico. "Si te compras un coche de alta gama, la gente pensará que te van bien las cosas, pero nadie te considerará un triunfador porque tus hijos sean personas equilibradas con la cabeza bien amueblada." Los padres y las madres se sienten inmersos en una carrera por el éxito social que se refleje en un aumento del poder adquisitivo. "La presión social nos dice que nuestra ambición debe ser casi ilimitada. Nuestro estilo de vida no nos permite detenernos a pensar qué es necesario y qué es prescindible. Los padres y las madres se sacrifican y se endeudan para comprar un piso más grande o para cambiar el coche, pero casi nunca se plantean que, cuando eres padre, la verdadera prioridad son los hijos."
Argumenta que existe una falta total de presión social sobre lo que llama "las madres y los padres dimisionarios". "No hay ningún problema en decir públicamente que durante la semana no ves a los niños o que prefieres hacer horas extras y contratar quien los cuide. ¡Ni siquiera se sienten mal por no dedicar tiempo a sus hijos! Y no es simplemente una cuestión de falta de tiempo. Algunos no quieren asumir que ser padres es también decir no y aguantar un enfado que puede durar horas. Ser padres es una labor que no siempre tiene una gratificación inmediata. Dedicarle tiempo, por ejemplo, a un hijo en edad adolescente significa automáticamente que el conflicto va a llegar. Para evitarlo, muchos prefieren comprarle una playstation y ponerle un televisor en su habitación. Así ni siquiera hay que discutir qué programa vamos a ver."
43 años. Padre de un hijo de 11 años y profesor de ESO
Jesús Perdiguer
La última macroencuesta sobre la población femenina en España del Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC) ha evidenciado algo que todos sabíamos: para muchas mujeres, la maternidad supone replantearse por completo su vida profesional. La mitad de las entrevistadas con edades comprendidas entre 30 y 44 años ha optado, tras el nacimiento de su primer hijo, por dejar de trabajar temporal o definitivamente –o por un empleo de horario más reducido–. Resulta significativo que un 58% de las mujeres españolas vea la maternidad como un obstáculo para su actividad laboral.
Varias lectoras cuentan cómo, a pesar de los avances normativos, se sienten discriminadas y hasta maltratadas por los empresarios. Cuando una trabajadora se convierte en madre, muchas empresas realizan una suerte de mobbing laboral. Cristina Baños es madre de dos hijas, está casada con un militar que en el 2007 pasó seis meses en Afganistán y se haya inmersa en un proceso por despido improcedente. Después de tres años trabajando con horario de mañana en las oficinas de una gran empresa de moda, le dijeron que tenía que pasar a trabajar en tienda, con una jornada que se prolongaba hasta las 11 de la noche tres días por semana. Sabiéndose amparada por
la ley, se negó, y a la semana la despidieron.
“Luchar contra una gran empresa y no sentirte tan pequeña como ellos quieren hacerte creer es muy duro. Pero siempre pienso que hay gente que ha luchado por unos derechos que al final han conseguido, y gracias a ellos tenemos leyes que nos protegen. Desde aquí quiero animar a todas las mujeres a reivindicar sus derechos y luchar por tener una familia y un trabajo que se adapte a nuestras vidas”, escribe Cristina Baños.
“Una mujer debe poder decir ‘¿quién soy?’ y ‘¿qué quiero hacer en mi vida?’. No se debe sentir como una persona egoísta y neurótica por querer alcanzar metas propias que no estén relacionadas con su esposo y sus hijos.”
La cita pertenece al libro La mística femenina, publicado a principios de la década de los sesenta. Cuesta creer que su autora, Betty Friedan, causara con afirmaciones como ésta un notable revuelo y se ganara fama de radical en los albores del movimiento feminista. Puesto que la revolución industrial y tecnológica había eliminado la fuerza física como un factor diferencial en el mundo laboral, la división de roles que arrastrábamos desde el paleolítico ya no tenía sentido. El movimiento feminista reivindicaba la capacidad de la mujer de decidir su vida y su destino.
Cincuenta años después, tenemos otalmente incorporadas muchas de sus premisas. Las leyes hablan de igualdad de derechos y responsabilidades; las jóvenes eligen sus estudios y sus carreras profesionales en igualdad de condiciones que sus compañeros masculinos. Y, sin embargo, al llegar a la treintena y pensar en tener descendencia, resurgen los roles ancestrales en los que el hombre se encarga del sustento, y la mujer, de la crianza y las logística familiar.










