13/04/2008

Italianos en construcción

Texto de María-Paz López
Fotos de Flavio Morais
Los italianos  se ven a sí mismos como una sociedad creativa y amante de la belleza aunque se admiten individualistas y algo pasotas. A punto de cumplir los 150 años de su creación como Estado, Italia todavía se fractura entre norte y sur y debate sus señas de identidad.
El filósofo Raffaele Simone señala tres factores históricos para explicar la escasa conciencia cívica: el poder papal, las dominaciones extranjeras y la mafia
Italia se conoce a sí misma con indisimulado orgullo como il Belpaese, el bonito país, porque así la llamaron sus dos grandes vates, Dante y Petrarca. Es un lugar encantador en el que se come divinamente, se emprenden obras de alcantarillado y aparece una estatua etrusca o un capitel corintio, y un carabiniere raso en uniforme de paseo luce tanto como un mariscal de campo condecorado. En contrapartida, tiene un Estado que parece ausente a la hora de abordar grandes cuestiones, mientras se presenta puntual a complicarle la vida al ciudadano con trámites infinitos para los que, invariablemente, siempre hay que acabar enviando un fax. “Italia no es un infierno; demasiado amable. No es tampoco un paraíso; demasiado indisciplinada. Digamos que es un purgatorio insólito, lleno de orgullosas almas en pena, convencidas todas ellas de tener una relación privilegiada con el mandamás de turno”, escribe, entre ufano y abochornado, el ensayista Beppe Severgnini en su libro La testa degli italiani (la cabeza de los italianos), un retrato irónico y ligero de la idiosincrasia itálica, harta de tópicos adjudicados por viajeros anglosajones faltos de sol, y humillada por pecados nacionales de reconocida solvencia. Sus pobladores, sin embargo, no olvidan nunca la monumental contribución de sus antepasados a la cultura y la belleza de la humanidad. 

Esa Italia celebra hoy y mañana elecciones anticipadas para decidir entre el centroderecha de Silvio Berlusconi, que ya ha sido dos veces primer ministro, y el nuevo centroizquierda de Walter Veltroni, que aspira a tomar el relevo del finiquitado Gobierno de coalición de Romano Prodi, caído el pasado enero por defecciones internas. Sin embargo, no es esa la única cita importante. Los casi 60 millones de italianos festejan ahora también las primeras celebraciones, programadas con tres años de adelanto, del 150 aniversario de su nacimiento como país, de la unificación que dio lugar a la Italia actual. Se trata de un Estado joven si se compara con Francia, España o el Reino Unido, un Estado que los ciudadanos miran aún con desconfianza, considerándolo desmañado, burocrático y abusón, y que en los últimos decenios ha generado una clase política poco digna de encomio. Turín, primera capital de aquel reino de Italia que hoy es una república, alberga
este año los primeros actos de ese aniversario, que obligará a los italianos a mirarse al espejo y a reflexionar sobre su identidad.

Ejercicio de curiosidad histórica para recién llegados: inténtese localizar en mapas y callejeros de Italia alguna ciudad, pueblo o villorrio que no tenga una vía o una plaza dedicadas a Garibaldi, al conde de Cavour o al rey Víctor Manuel II. Ardua empresa. Probablemente no existe ningún municipio que haya eludido honrar a los tres artífices de la unificación, ni italiano alguno que no haya sucumbido a su épica en algún momento. La versión oficial, forjada en el siglo XIX por el movimiento patriótico y cultural del Risorgimento, cuenta de un heroico general de origen humilde, Giuseppe Garibaldi, amado por el pueblo, que se puso al servicio del rey del Piamonte, Víctor Manuel II de Saboya, cuyo visionario primer ministro, Camillo Benso,  conde de Cavour, quería formar un solo Estado italiano.

Había dos escollos para el proyecto: el Papa Pío IX, soberano del Estado Pontificio, en el centro de la península; y los Borbones del reino de las Dos Sicilias, con capital en Nápoles. Entre diplomacia, seducción y combate, Italia nació al fin en 1861, aunque Roma, su futura capital, tardó nueve años en caer en manos de las tropas piamontesas. Los Papa se recluyeron entonces en sus palacios, hasta el nacimiento jurídico en 1929 del actual Estado de la Ciudad del Vaticano, incrustado en plena capital de Italia. Eso se percibe en la atmósfera política y social, en las tiendas de souvenirs y en las vibrantes crónicas religiosas de la RAI, la televisión pública. Aunque al cruzar la plaza de San Pedro de Roma, oficialmente se transita de un país a otro, salta a la vista que tener al Papa como ilustre vecino implica consecuencias. Algunos políticos –los menos– acusan a la Iglesia católica de injerencia; otros, de colores diversos, defienden el derecho de los obispos a opinar. Mientras, casi todos los corresponsales de prensa extranjeros coinciden en que la Iglesia se permite en Italia licencias que no se tomaría en otros países de Europa.

Identidad católica aparte, de aquellos años de génesis unitaria procede el himno nacional Fratelli d’Italia (hermanos de Italia), que los futbolistas de la selección nacional entonan como pueden porque nadie se sabe la letra, y del que las sorelle (hermanas) fueron excluidas, como en todo evento decimonónico que se precie. Hubo también una frase famosa: “Italia está hecha. Ahora hay que hacer a los italianos”, pronunciada tras la unificación por el político piamontés Massimo d’Azèglio, que se trae a menudo a colación. La estadística está suministrando sorpresas al respecto. Según un sondeo del pasado febrero, realizado por el instituto SWG para el diario La Repubblica, la unidad nacional es un bien irrenunciable sólo para el 52% de los italianos, y únicamente el 25% cree que hablar el mismo idioma –el italiano, lengua oficial de las partituras musicales– constituya un elemento de identidad del país.

Persisten desequilibrios notables. Las diferencias de desarrollo entre el rico norte industrial y el sur menos desarrollado y gangrenado por la mafia han pervivido en el tiempo, con culpas no exclusivamente imputables al sur. De hecho, algunos historiadores han cuestionado la idea de que la unificación fuese una empresa popular y señalan que se trató más bien de una conquista militar y económica del sur por el norte. A ello atribuyen el retraso sureño, empeorado por las mafias, que impiden el despegue de la economía lícita y atenazan las correctas relaciones sociales: Cosa Nostra en Sicilia, la Camorra en Nápoles, la ‘Ndrangheta en Calabria y, más joven pero igualmente perniciosa, la Sacra Corona Unita, en la región de Apulia. Se estima que las mafias manejan un volumen de negocios de casi cien mil millones de euros al año, el equivalente del 7,5% del PIB italiano.

Siglo y medio después, a las pudientes regiones del norte les estorba aquel sur que en su día presuntamente atropellaron, y sus compatriotas meridionales les miran con desafecto y resentimiento. Expresión populachera de ese desencuentro es la ya legendaria y jocosa pancarta Giulietta è una zoccola (Julieta es una zorra), que desplegaron los hinchas napolitanos durante un partido en Verona, la ciudad del norte en que Shakespeare ambientó su tragedia amorosa. El reverso se aprecia en la pintada Forza Etna!, aparecida en muros del norte para azuzar al volcán en erupción contra los sicilianos. Y a medio camino se halla el grito Roma ladrona, acuñado por el partido federalderechista de la Liga Norte, quejoso de los impuestos que, a su juicio, la capital roba al norte para regalárselos al sur, o para despilfarrarlos en burocracia vacua. Aunque la virulencia de este debate territorial es inferior a la que se vive en España, tampoco ayuda a la concordia nacional, por lo que el bicentenario del nacimiento de Garibaldi, celebrado el año pasado, pasó bastante inadvertido.

Como la retórica del Risorgimento no había acabado de funcionar, el fascismo de Benito Mussolini probó a cimentar la identidad nacional echando mano del imperio romano, pero las carreras de cuadrigas, las gestas de los centuriones y las conquistas en Europa y África, acaecidas entre los años 29 a.C. y 476 d.C., resultaban más bien remotas. ¿Qué une a los italianos, entonces, si la romanidad queda demasiado lejos, y si la unificación es vista por algunos casi como un mero acto administrativo? El orgullo por el legado artístico y cultural, probablemente, en el que se incluye la buena cocina, desde la humilde pizza hasta las infinitas declinaciones de la pasta.
Siguiendo con  el ejercicio del mapa y el callejero, otro desafío al visitante consiste en buscar localidades de Italia que no tengan calle o plaza dedicada a Dante, Leonardo Da Vinci o Miguel Ángel, los grandes genios alumbrados en esta tierra. Raro será encontrar alguna.
Italia ocupa el primer puesto en la lista de la Unesco de lugares patrimonio cultural de la humanidad. Tiene 40, entre los que figuran: monumentos o cascos antiguos de Roma, Florencia, Pisa, Siena, Nápoles, Verona, Turín, Vicenza, Génova, Módena y Ferrara; Venecia y su laguna; las ruinas de Pompeya y Herculano; la basílica de San Francisco de Asís; edificios paleocristianos en Rávena…

El amor por la cultura se ve aquí sincero, palpitante, aunque luego el país se sienta desbordado por la urgencia de proteger su vasto patrimonio –sorprende ver la dejadez en que se hallan muchos monumentos menos famosos–, y se preste poca atención al mantenimiento, como lamenta el filósofo Massimo Cacciari, alcalde de Venecia.

Por mucho que los automóviles de Ferrari, la actriz Sophia Loren o la alta costura en Milán suministren gloria presente a los italianos, la impresión de quien vive entre ellos hace cinco años es que se sienten abrumados por el buen hacer de sus geniales ancestros, que descollaron en tantas disciplinas que parece imposible emularlos. Sólo resta admirarles, y rendirles homenaje. No hay más que ver cómo el cómico Roberto Benigni congrega a miles de espectadores en plazas para sus lecturas comentadas de La divina comedia, obra cumbre de Dante sin la cual no se entienden la lengua y la literatura italianas, y cómo su transmisión televisiva es siempre líder de audiencia. O cómo se llena de público entusiasta el teatro de la Scala de Milán y los varios teatros de ópera del país. Claro está que hay también un deseo de escaparate social, pero sin desmerecer la veneración por la lírica, en especial por Giuseppe Verdi y Giacomo Puccini. Del primero se ha apropiado, un tanto impropiamente, la Liga Norte, convirtiendo en su himno el Va’ pensiero, aquel cántico que entonaban los judíos cautivos en la ópera Nabucco.

“La estética que desborda la ética. Un formidable sentido de la belleza. He aquí el primero de nuestros puntos débiles,” razona Beppe Severgnini, el autor de La testa degli italiani, para quien sus compatriotas confunden a menudo lo bello con lo bueno. El italiano probo suele dolerse ante el extranjero por la falta de civismo en Italia –mafias, corrupción, evasión fiscal, construcción ilícita, escaso respeto de las normas en general y del código de circulación en particular– y se pregunta de dónde viene ese desapego por la ley. El lingüista y filósofo Raffaele Simone, autor del ágil ensayo Il paese del pressappoco (el país de la aproximación), lo atribuye a tres factores que a su juicio explican el retraso histórico italiano en conciencia cívica: el poder papal, las dominaciones extranjeras y la mafia. Sobrevivir durante siglos en esos contextos ha hecho a los italianos maestros en el arte di arrangiarsi (arreglárselas), habilidad que algunos fustigan y que otros consideran una gran virtud. Estos días, los italianos se dedican a sobrevivir a su clase política, responsable de haber abocado al país a unas elecciones anticipadas que, francamente, no apetecían a nadie.
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31 de agosto
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