20/04/2008
Soldados del fútbol
Texto de Domingo Marchena
No hay rosa sin espinas ni fútbol sin ultras. Los del Manchester United, con su red army o ejército rojo al frente, se hacen notar por sus excesos. ¿Cuál es el origen histórico de su afición a la bebida? ¿Es tan fieramente ebrio el dragón como lo pintan? Barcelona lo descubrirá el miércoles, día de Sant Jordi, en la ida de las semifinales de la Champions

Un grupo de seguidores del Manchester United
acuartelados en un pub inglésHay preguntas eternas. ¿Se encamina el universo a un nuevo big bang? ¿Está resuelta la conjetura de Poincaré? ¿Por qué las cabinas de teléfono nunca devuelven el cambio? A este último género de cuestiones, es decir, las de respuestas ignotas, pertenece otro espinoso interrogante: ¿a qué se debe el desenfreno etílico en el extranjero de ciertos aficionados británicos al fútbol? Barcelona o Madrid, como otras ciudades europeas, siempre han preparado a conciencia la visita de los seguidores de las islas, lo que no ha impedido desagradables imágenes, como el rastro de orín, suciedad y latas vacías que dejaron los hinchas del Glasgow Rangers el pasado 7 de noviembre en la capital catalana. Mucho más tranquila, unos meses después, fue la estancia de otros escoceses, los del Celtic, que también trasegaron de lo lindo, a pesar de que son unos auténticos benditos y un ejemplo de moderación si se les compara con
las aficiones del Liverpool o el Manchester United. Y, si no, al tiempo. Intentar encontrar una respuesta satisfactoria a su tendencia a empinar el codo es casi tan utópico como buscar las cien mejores recetas de la cocina inglesa, incluido el pastel de riñones. Una reciente corriente historiográfica, no obstante, ha creído dar con el origen de tanta borrachera: el ejército de Su Graciosa Majestad.
Los cultivadores de esta línea de pensamiento sostienen que los hooligans han tomado el relevo simbólico de la infantería y la marina imperial británica. Ya dijo George Orwell que “el deporte es una guerra sin armas”. Los desheredados, jóvenes y no tan jóvenes, que en el pasado se alistaban para salir de su miseria y ver mundo tienen ahora la posibilidad de seguir a sus equipos por Europa en vuelos de bajo coste, aunque sea sin entrada para el partido, como sucede cada vez más. En ocasiones recorren miles de kilómetros en pos de su club y, llegada la hora, caen redondos o a duras penas conservan la compostura. Idénticas escenas se han vivido en el frente, como se verá más adelante. Unos cantan hoy Nunca caminarás solo; otros cantaban ayer Impera, Britania, Britania, sobre las olas. El
ex militar e historiador británico Richard Holmes, estudioso de las guerras napoleónicas y biógrafo de Wellington, admite en Casacas rojas (Edhasa), un ameno ensayo sobre el pasado militar de su país, que las tropas que conquistaron medio mundo “bebían demasiado”. Cuando se pregunta cómo aquel “ejército de beodos” (sic) pudo abrirse camino a la fuerza por cuatro continentes, explica que no hay más que ver a los hooligans de hoy e imaginárselos con un mosquete Brown Bess o un rifle Baker, en lugar de sus cervezas.
La ebriedad por sí sola no explica todos los desmanes. Muy alejada de los casos vergonzosos que han protagonizado las aficiones de los principales clubs de España, la del Cádiz es una hinchada modélica, a pesar de que en su último y fugaz paso por Primera entre sus filas se cantaba: “Alcohol, alcohol. Hemos venido a emborracharnos, el resultado nos da igual”. Los hooligans también hacen ostentación de la embriaguez, pero aquí se acaban las coincidencias. En este aspecto, lo de unos es un réquiem y lo de otros una chirigota. Precisamente si en algún sitio saben que la bebida puede ser la perdición es en Cádiz. Su bahía, que en el siglo XVI temblaba a la sola mención de nombres como Drake, Essex o Raleigh, se salvó en 1625 de la rapiña de una enésima expedición británica gracias a una tremenda borrachera colectiva. Las fuerzas del vizconde de Wimbledon se encontraron al desembarcar con una ciudad casi desguarnecida y para allá que se dirigieron. La fatalidad puso en su camino unas bodegas del duque de Medina Sidonia. Horas más tarde, la mayoría de la tropa apenas se tenía en pie. El vizconde tuvo que dar marcha atrás e izar velas, ante la llegada de refuerzos de los españoles. Parecidos episodios protagonizaron a partes iguales franceses e ingleses en otras zonas de España durante la guerra de la Independencia. Tanto es así, que lo primero que hacía el duque de Wellington al conquistar una plaza era ordenar derramar el contenido de cuantas barricas se encontrasen para evitar tentaciones. Después de todo, grogui es una expresión que no procede del boxeo, como muchos creen, sino del efecto que causaba a piratas y marinos británicos el abuso del grog, una mezcla de agua caliente con especias, azúcar y ron o coñac. En la época se decía que los “barcos necesitan algo más que viento para zarpar”. Adivinen qué.
de: Francesc Risalde | 21/04/2008
Buen reportaje sobre la barbarie hincha de tantos y tantos equipos de fútbol, la relación batalla-deporte creo que es acertada, incluso iría mas allá de eso... racismo. No dejéis de ver una exposición en caja Madrid sobre el tema, muy bien documentada: "Pasión en las gradas". Dejo link :http://video.alisys.net/cajamadrid/obrasocial/pasionenlasgradas/index.html
de: Pere Olcina | 18/04/2008
Roiníssim reportatge, damunt sense trellat, heu embrutat el que jo considerava un escaparate setmanal de bones notícies i documentació, si bé és cert que jo com a estudiant espanyol resident a la Bretanya, considere que són més violents els "hooligans" que "mosatros". Pense que -Domingo Marchena- està molt be informat de literatura bélica però veig un reportatge sense connexió i amb/en la pitjor de les pitjors comparacions.







