29/06/2008
Piloto por un día
Texto de Toni López Jordà
La aparente facilidad con que los pilotos de fórmula 1 conducen sus bólidos puede resultar engañosa para los espectadores y hacerles creer que sólo se trata de conducir un vehículo muy potente. En realidad, llevar un coche de carreras en un circuito es otra dimensión.
Un reportero del Magazine ha vivido la experiencia y transmite a los lectores las sensaciones que supone ponerse al volante de uno de esos rugientes monstruos mecánicos.
Un reportero del Magazine ha vivido la experiencia y transmite a los lectores las sensaciones que supone ponerse al volante de uno de esos rugientes monstruos mecánicos.

En carrera, el momento del repostaje (pit stop) es crucial.
La fuerza bruta de la mecánica se expresa en sonido: una sinfonía de válvulas y pistones que atraviesa el casco y los tapones de los oídos, que se apodera de la mente y que estremece todo el cuerpo con una sacudida por el espinazo. “Hace ruido, es normal, es un F-1”, repiten los instructores
Con el motor alegre, alto de revoluciones, la cabeza del piloto embriagada de ruido y la primera velocidad engranada en el visor, se levanta con suavidad el embrague a la vez que se pisa el gas y el coche se mueve. El bólido ya está en marcha, va cogiendo velocidad por el pit-lane. Semáforo verde al final del callejón, acceso libre a la pista. Se abre un mar de asfalto por delante. Gas progresivo, hundir el pedal es adictivo, potencia endiablada que echa para atrás, las distancias se hacen cortas, la primera curva se echa encima. Sensación de poder, y también de tremenda seguridad. Las preocupaciones son otras. Primera incertidumbre que asalta al piloto inexperto: el cambio: ¿qué velocidad (la marcha, popularmente conocida) es la más adecuada? En un utilitario está claro: uno se guía por la velocidad y por el ruido del motor; cuando el coche parece que va a explotar o cuando le falta empuje, cambia. En un F-1 aconsejan cambiar sólo al llegar a un régimen muy elevado de revoluciones (indicado en la pantallita del volante con tres puntos verdes), para así aprovechar al máximo la potencia del motor. Aun así, en la práctica se imponen los vicios adquiridos en un utilitario, por lo que siempre se engrana a destiempo.
Segunda incertidumbre de novato: ¿qué trazada tomar? Los 12 o 14 metros de amplitud de la pista son para el inexperto piloto un océano de alquitrán donde no hay camino marcado. Uno se guía por las marcas oscuras sobre el asfalto, fruto del desgaste de los neumáticos, para adivinar
el mejor sitio por donde pasar para
aprovechar la inercia del coche, el reparto de pesos, la aerodinámica… En las curvas cerradas, el asfalto más oscuro por los frenazos lo deja claro; en las rápidas y abiertas, las diversas trazadas pintadas ofrecen diferentes opciones. Hay que improvisar, no hay tiempo para reflexiones. Y tercera: ¿dónde frenar al entrar en una curva? Los expertos lo hacen al límite, exprimiendo al máximo la capacidad de los frenos de carbono, que exigen una fuerza de 90 kilos sobre el pedal para ralentizar el coche de golpe. El inexperto no lo hace nunca así, frena como en un utilitario y, por falta de habilidad, suele frenar con mucha antelación, o mata las entradas e hipoteca las salidas de curva. La máquina le supera.
A lo que uno se acostumbra rápido en un F-1 es a la velocidad, a correr, a cogerle el gustillo a hundir el acelerador y a clavarse en el asiento con la violencia de la aceleración. Ahí está la gracia, en ir rápido, pero no sólo. La clave es recorrer un espacio en el mínimo tiempo, buscando el camino (la trazada) más directo o el que permite andarlo más veloz (el llamado paso por curva) con la ayuda de la inercia. En una primera aproximación a un bólido de competición, el piloto diletante pretende, en primer lugar, saborear la velocidad y la potencia, intenta exprimir las prestaciones de un coche superdotado, pero difícilmente puede mantener el gas a fondo mucho tiempo (como sí hacen los profesionales).
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