29/06/2008

Gente Pachá

Texto de Josep Sandoval
Fotos de Toni Riera
Pachá nació en 1967 en Sitges, pero la marca no alcanzó su máximo esplendor hasta que
en 1973 llegó a Eivissa. Una discoteca que es en buena parte  responsable de la eclosión de la isla como un destino difícilmente equiparable de sol, playa y diversión nocturna. El fotógrafo Toni Riera ha reunido en un libro a los personajes que poblaban los días y las noches de Eivissa.
Teo Parrish fue hasta hace un año una de las estrellas de Pachá. Confeccionaba su propio vestuario para las actuaciones que durante un decenio fueron el mejor momento de la noche. Ahora ha vuelto a su ciudad, Nueva York, donde ha abierto una tienda de sombreros, su verdadera debilidad
Una foto de los años setenta, cuando muchos de los asiduos tenían casas alquiladas en la isla
Más que un mundo o un universo, Pachá es una energía translúcida, una estrategia, donde tiene cabida todo lo que se mueva. Las gentes de este macrocosmos son creativas, de todas las edades y especies, comulgan con distintos credos, están de vuelta de todo y lo tienen todo por venir. Gozan de unos cuerpos esculturales, los mejores de los cuales se exhiben en podios, donde reina y baila todas las noches de verano Aphrodita, la rapada diosa humana, a buen seguro pariente lejana del dios Bes, siempre erecto y leal, aunque infiel a su pareja, la diosa Tania, padres biológicos de la isla que recibió el nombre, Eivissa, de su padre, el dios Bes. Una liturgia que viaja desde su primera estación, en lo que fue el Mas del Lliri, en Sitges, entonces en un desolado paisaje y hoy entre docenas de casas de la urbanización de Vallpineda. Corría 1967 y, por sus aires rupturistas y de vanguardia, Barcelona era ya cuna envidiable y envidiada desde cualquier punto de España. Era la etapa de creación, las primeras monedas del cofre del tesoro que acumularía Ricard Urgell atendiendo a los consejos de su primera esposa, que le auguró que, si se dedicaba a este negocio, viviría toda su vida como un pachá. Y tenía razón.
Desde ese año, la cadena Pachá ha viajado a buena parte del mundo, aunque Eivissa fue la pista de despegue de esta carrera que no parece tener fin. A la isla blanca llegaron en 1972 y, siguiendo la línea primitiva, se instalaron también en otra masía en un campo desolado, hoy también centro de un núcleo urbanizado. Eivissa era la isla de los deseos, paraíso tintado de blanco y azul, manchado de negro por el atuendo de los payeses inocentes y el color moreno de los turistas iniciáticos perdidos por el mundo que recalaron los unos casi por casualidad, y los otros gracias a More, un filme de Barbet Schroeder que convertía el espacio en un desierto propicio al consumo de las drogas que destrozaban a la frágil Mimsy Farmer. Pachá era el lugar del baile, la música, la diversión tanto para rostros ilustres y aristocráticos como para aquellos otros hippies, más pobres y menos chics, con quienes se empeñaban en librar una singular batalla. En este mundo de actores y espectadores que es la pista de la discoteca, todos competían en usar armas distintas, aunque nadie quisiera ganar la guerra, sino participar en ella por los siglos de los siglos.
Arriba, fue el creador de Pachá. En el centro, puesta de sol en Benirràs al son de la percusión. Abajo, una joven pasea por un camino que años más tarde fue ocupado por la autopista Eivissa-Sant Antoni
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