13/07/2008
Apoteosis Zaragoza
Texto de Francesc Peirón
Fotos de Àlex Garcia
La capital de Aragón ha encontrado en la Expo 2008 la motivación perfecta para dar un salto hacia el futuro y situarse en la carrera de las ciudades con energía propia. De momento, la muestra del agua ya ha llenado de orgullo a los zaragozanos.

La Torre del Agua, diseñada por Enrique de Teresa, es el edificio emblemático de la Expo. Alberga la exposición Agua para la vida y la escultura Splash, una gota de agua de 21 metros
El cierzo sigue siendo el mismo viento de siempre. Su soplo, sin embargo, ha traído un nuevo aire para Zaragoza. La capital de Aragón disfruta desde el 14 de junio de la Exposición Internacional dedicada al agua que, de momento, ya ha dejado en la ciudad un sedimento de orgullo, un sentimiento de euforia que se transmite en el recinto junto al Ebro donde se celebra el acontecimiento, pero también en las calles, en los barrios.
“Siempre puede haber alguien que no esté contento, que los hay, aunque son pocos. La mayoría pensamos que esta es una gran oportunidad.” Es el comentario de un señor de cierta edad recogido en el Coso, en el núcleo histórico. La comunión entre los dos escenarios, el urbano y el ferial –en el meandro de Ranillas–, es absoluta. O al menos esa es la imagen que impregna al visitante. Zaragoza es una fiesta.
Lo demuestra el que en estas primeras semanas el recinto haya registrado buenas entradas, con colas en el acuario fluvial –a lo grande, el mayor de Europa– o en el pabellón de España, la joya arquitectónica que más impresiona. Estos buenos registros se han alcanzado porque los vecinos, y los aragoneses en general, se han volcado. Son los que están tirando del carro, como hicieron los sevillanos en 1992. Es una actitud inversamente proporcional a la que los barceloneses mantuvieron con su última y fallida cita, el Fórum del 2004.
“Siempre puede haber alguien que no esté contento, que los hay, aunque son pocos. La mayoría pensamos que esta es una gran oportunidad.” Es el comentario de un señor de cierta edad recogido en el Coso, en el núcleo histórico. La comunión entre los dos escenarios, el urbano y el ferial –en el meandro de Ranillas–, es absoluta. O al menos esa es la imagen que impregna al visitante. Zaragoza es una fiesta.
Lo demuestra el que en estas primeras semanas el recinto haya registrado buenas entradas, con colas en el acuario fluvial –a lo grande, el mayor de Europa– o en el pabellón de España, la joya arquitectónica que más impresiona. Estos buenos registros se han alcanzado porque los vecinos, y los aragoneses en general, se han volcado. Son los que están tirando del carro, como hicieron los sevillanos en 1992. Es una actitud inversamente proporcional a la que los barceloneses mantuvieron con su última y fallida cita, el Fórum del 2004.
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