13/07/2008
Apoteosis Zaragoza
Texto de Francesc Peirón
Fotos de Àlex Garcia
La capital de Aragón ha encontrado en la Expo 2008 la motivación perfecta para dar un salto hacia el futuro y situarse en la carrera de las ciudades con energía propia. De momento, la muestra del agua ya ha llenado de orgullo a los zaragozanos.

Un grupo de niños juega en una de las atracciones de agua de la Expo
Como al calcetín, le ha dado la vuelta al discurso. Gaviria y otros intelectuales aragoneses han visto, una vez que el proyecto se ha transformado en realidad, que este acontecimiento se brinda como una oportunidad para que la capital y toda la comunidad den un salto en el mapa de los centros de decisión de Europa.
La idea de la Expo se remonta a 1999 y, sin duda, en la mente de aquellos que pensaron en organizar un gran acontecimiento dinamizador estaban muy presentes los antecedentes de Sevilla y, sobre todo, de Barcelona y sus Juegos Olímpicos, por lo que supuso de transformación urbanística, de elemento agitador contra el conformismo y la abulia cotidiana. Una sacudida.
El paralelismo entre las ciudades catalana y aragonesa va mucho más allá de lo que pueda parecer. Si en Barcelona anidó y alcanzó éxito la frase de que se había vivido de espaldas al mar y de que el 92 suponía abrirse al Mediterráneo, en Zaragoza 08 ha calado la misma sensación, pero con el río como protagonista. El Ebro, cuarto trastero durante tantos años, se ha convertido en uno de los elementos en que más y mejor se observa la influencia de la gran inversión económica generada en toda la ciudad, que supera los 2.500 millones de euros en total.
“Que las riberas del río han mejorado resulta evidente. Antes eran todo zarzales.” Lo afirma Santiago, un zaragozano que resume el sentimiento de satisfacción que reina entre sus conciudadanos. Uno de los enclaves donde más se ve el resplandor del lavado de cara es la plaza del Pilar, un lugar que ha ganado en luminosidad y en la calidad del espacio. Los carteles de zona wifi, lo que hace que se vean personas conectadas a su ordenador portátil, contrastan con el rancio perfume de un templo que aún mantiene símbolos trasnochados.
La idea de la Expo se remonta a 1999 y, sin duda, en la mente de aquellos que pensaron en organizar un gran acontecimiento dinamizador estaban muy presentes los antecedentes de Sevilla y, sobre todo, de Barcelona y sus Juegos Olímpicos, por lo que supuso de transformación urbanística, de elemento agitador contra el conformismo y la abulia cotidiana. Una sacudida.
El paralelismo entre las ciudades catalana y aragonesa va mucho más allá de lo que pueda parecer. Si en Barcelona anidó y alcanzó éxito la frase de que se había vivido de espaldas al mar y de que el 92 suponía abrirse al Mediterráneo, en Zaragoza 08 ha calado la misma sensación, pero con el río como protagonista. El Ebro, cuarto trastero durante tantos años, se ha convertido en uno de los elementos en que más y mejor se observa la influencia de la gran inversión económica generada en toda la ciudad, que supera los 2.500 millones de euros en total.
“Que las riberas del río han mejorado resulta evidente. Antes eran todo zarzales.” Lo afirma Santiago, un zaragozano que resume el sentimiento de satisfacción que reina entre sus conciudadanos. Uno de los enclaves donde más se ve el resplandor del lavado de cara es la plaza del Pilar, un lugar que ha ganado en luminosidad y en la calidad del espacio. Los carteles de zona wifi, lo que hace que se vean personas conectadas a su ordenador portátil, contrastan con el rancio perfume de un templo que aún mantiene símbolos trasnochados.
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