Calma en los tiempos de crisis

“Dejaba la oficina a las 7 de la tarde y de 8 a 10 iba a unas clases de fotoperiodismo. Llegó el día en que me tiré a la piscina, dejé el trabajo y, con el dinero que tenía ahorrado, invertí en un viaje a la Europa del Este. Estuve 10 días viajando sola por Eslovenia y Croacia, sacando fotos. Cuando tuve dos o tres reportajes, comencé a llamar a las puertas de las revistas de viajes. Así fui haciendo. El primer año del cambio fue bastante duro. Pero no me arrepentí en ningún momento. Ahora soy mucho más pobre, pero inmensamente más feliz.” Kris tiene 34 años y es fotógrafa de viajes. Cuando trabajaba de abogada llegaba a veces llorando del estrés a casa; un día su madre le dijo: “Mira, a nosotros nos hacía mucha ilusión que estudiaras Derecho, pero si esto va a ser tu vida, no vale la pena que sigas”.
El estrés es, según la Agencia Europea para la Seguridad y la Salud en el Trabajo, el segundo problema de salud más común entre las personas laboralmente activas y afecta al 22% de estas. Entre los principales riesgos están la intensificación de las tareas, la excesiva exigencia emocional, la violencia y el desequilibrio entre vida laboral y personal.
“Quizá uno nunca está satisfecho del todo con lo que tiene”, afirma Víctor Palomera. Él llevaba 30 años en la misma empresa de artes gráficas cuando decidieron que ya no les hacía falta. Los últimos tiempos fueron muy duros, le hicieron mobbing, e ir al trabajo se convirtió en un tormento. “Aguanté y al final me despidieron, tenía 46 años y no podía buscar trabajo de lo mío porque ese oficio artesanal se había acabado. Empecé a pintar casas de los amigos, me empezó a llamar más gente y conseguí sacar un sueldecito arreglado. Además, con el dinero de la indemnización, invertí en bolsa.”
Corren tiempos malos, pero Víctor asegura que sigue habiendo “muy buenas oportunidades en bolsa operando a muy corto plazo puesto que hay mucha volatilidad. Y si el dinero que inviertes no lo tocas, no pierdes nada. Lo que no sería nada bueno es que retirasen los dividendos, como ocurre en algunas ocasiones en que las compañías han ido mal o con pérdidas”, explica. De todas maneras, hoy en día, Víctor no podría estar trabajando en un sitio donde no le tratasen bien. “Siempre he tenido mala suerte con la gente de la que he sido subordinado y no quiero aguantar más malos rollos.”

“Yo siempre andaba con prisas, con el coche de aquí para allá. Vivía en una urgencia constante y pensé qué sentido tenía tener un hijo así, si iba a estar sufriendo por tener tiempo para estar con él”, cuenta Isabel Vilà, una periodista especializada en diseño que había alcanzado cierto éxito, pero, cuando nació su hijo, creyó que había llegado el momento de un cambio. “Yo tuve una infancia afortunada en un pueblo de cien habitantes y quería darle algo similar a mi hijo”, explica. Se marchó a Porrera, un pueblo situado en la comarca del Priorat que ahora es conocido porque a él también se ha retirado para cultivar vides el cantante Lluís Llach.
“A veces viene a dormir gente que está de viaje de negocios y dicen que aquí es diferente el paso del tiempo”, explica Isabel sentada en el jardín de la casa rural que ahora regenta. La crisis se ha notado en que no se hacen reservas con antelación, sino sobre la marcha, pero, “en este nuevo camino en que relativizamos todos los valores consumistas, pienso que la crisis nos hace más fuertes. Mi vida transcurre en la calma que impone el vivir en un pueblo de 500 habitantes, y mi economía –de subsistencia– sigue siendo pues eso, una herramienta que me permite vivir sin las prisas de la ciudad y apartada de las urgencias y las exigencias del mundo consumista”. Además, su hijo pasea solo por un pueblo donde todos le saludan, y ella ha logrado una armonía envidiable entre su vida familiar y laboral.









