Cuando las adopciones fallan

“Todavía no he podido perdonármelo”, relata entre sollozos una mujer a la que llamaremos Marta que, pasados los cuarenta, decidió ser madre a través de la adopción. Tras tres largos años de trámites e incertidumbre, conoció finalmente a su hija un frío invierno en Kiev. “Los primeros meses todo parecía marchar bien, pero luego empezó a mostrarse cada vez más desafiante, me empujaba si intentaba acercarme y estallaba en una pataleta terrible a la menor contrariedad. Fuera de casa era una niña dócil y encantadora. Ni mi familia ni mis amigos podían entrever el infierno en el que vivíamos las dos.”
Marta pensó que la situación iría mejorando, que el roce hace el cariño, que todo lo que necesitaban era tiempo. No fue así. Los años fueron pasando y, al empezar el instituto, el conflicto estalló en toda su magnitud. “Estaba totalmente fuera de control, mentía constantemente, me quitaba dinero del monedero, salía hasta las tantas y nunca sabía dónde estaba.” Todavía hoy no puede evitar las lágrimas al contar su historia. Le corroe pensar que tal vez las cosas hubieran sido distintas si hubiera pedido ayuda desde el principio, si no hubiera hecho aquello, o si hubiera hecho lo otro. “Estuvimos unos meses consultando con una psicóloga, pero ya no había nada que hacer. Nunca me aceptó como madre.” Con la voz entrecortada por el llanto añade: “… y creo que yo tampoco llegué nunca a sentirla mi hija”.
Los niños no se devuelven
En el habla coloquial y en los medios de comunicación, se habla con frecuencia de los niños devueltos de la adopción, una expresión que resulta totalmente inapropiada. Un hijo –ya sea biológico o adoptado– no es un objeto de consumo que uno adquiera y pueda retornar en caso de no sentirse satisfecho. En la legislación española, la adopción es irreversible y establece vínculos legales idénticos a la filiación biológica. Una vez finalizados los trámites, los adoptados son tan hijos de sus nuevos padres como si los hubieran engendrado. “El abandono de un hijo adoptado es igual al de un hijo biológico. Si tú abandonas a tu hijo en la calle, estás cometiendo un delito castigado por el Código Penal con una pena de prisión que puede ir de 18 meses a tres años. Si acudes al servicio de protección de menores porque no te puedes hacer cargo de él, el Estado puede asumir su tutela, pero sigue siendo tu hijo”, explica la jurista Salomé Adroher.
Sea porque se sienten incapaces de protegerlos o controlar su comportamiento, porque padecen una enfermedad mental, por problemas de drogas o por las circunstancias que fueren, el recorrido que siguen las familias que acuden a la administración buscando que esta se haga cargo de sus hijos es el mismo para todos. La primera opción de los servicios sociales es tratar de reconducir la situación para que el menor pueda seguir viviendo en el hogar familiar. Cuando no es posible, asumen la guarda del niño y se encargan de buscarle de inmediato un hogar sustituto, que puede ser una familia de acogida o un centro de menores.
Que sea la administración la que tutela al niño no significa que este deje de ser hijo de sus progenitores o sus padres adoptivos. Las comunidades autónomas consultadas refieren que es práctica habitual obligar a las familias a pagar la manutención de sus hijos. Salvo que una sentencia judicial les retire la patria potestad (como ocurre cuando se entrega al menor en adopción a una nueva familia), esos niños seguirán siendo hijos de sus padres toda la vida y conservarán todos sus derechos como tales, incluidos los sucesorios.
Cuando el fracaso de la adopción es irreversible, la administración emprende la difícil tarea de buscar un hogar permanente. Los técnicos son conscientes de que no siempre es prudente intentar que lo adopte una nueva familia. Saben que la vida en un centro, por bien gestionado que esté, no es comparable a la vida familiar, pero también que el riesgo de una segunda adopción es alto, ya que el niño o el adolescente suele llegar muy dañado. La vida le ha enseñado que los adultos no somos de fiar, y ha aprendido a desconfiar de los que se supone que le van a cuidar. Suele ser necesario un trabajo previo de reparación psicológica y, aun así, se necesitan unos adoptantes capaces de comprometerse incondicionalmente y ayudar al niño a recuperar la confianza en la vida. Las acogidas residenciales o los pisos tutelados son a veces lo mejor que se les puede ofrecer.
¿Cuántos son?
El número de niños adoptados que pasan cada año a estar tutelados por la administración es un misterio insondable. Algunos expertos estiman que son en torno a 80; otros creen que se trata de varios centenares. La ley marca que la adopción produce vínculos idénticos a la filiación biológica, por lo que las administraciones no tienen estadísticas oficiales que discriminen entre hijos biológicos y adoptados.
El primer estudio sobre el tema se llevó a cabo en el 2003 en la Comunidad de Madrid y arrojaba la cifra de un 1,5% de fracasos, entendiendo como tales aquellos en los que el menor dejaba de convivir con la familia y la administración se encargaba de buscarle un nuevo hogar. Aplicando este porcentaje a las adopciones internacionales realizadas en los últimos cinco años (23.035), estaríamos hablando de 346 niños. Sin embargo, como reconoce la propia directora del estudio, Ana Berástegui, los datos no son fiel reflejo de la realidad. “Estoy convencida de que, al igual que en la violencia doméstica, sólo vemos la punta del iceberg. Muchas veces las familias no recurren a la administración, pero se buscan otros recursos de ruptura, como instituciones o internados.” Estudios más recientes sitúan los fracasos adoptivos en torno al 10%. En cualquier caso, estos porcentajes están muy por encima de los de las familias biológicas que pierden o renuncian a la patria potestad de sus hijos. A falta de estadísticas estatales, tomaremos como referencia Cataluña, donde los niños tutelados por el Estado que no conviven con sus familias son cinco de cada 10.000 (el 0,05%).
Por otro lado, dado que la ruptura de la convivencia no siempre se produce al poco tiempo, adopciones que hoy figuran como exitosas pueden pasar a engrosar el porcentaje de fracasos en los próximos años. Según fuentes de los servicios sociales, la aparición de los fracasos describe una curva en forma de U. Una parte importante se produce a los pocos días del primer encuentro, pero otra proporción, que podría ser equivalente, se evidencia tras varios años del niño en la familia, cuando este llega a la preadolescencia. “Estamos viendo casos en los que los adolescentes y sus familias viven en una situación de conflicto permanente, al borde del abismo”, apunta un técnico de la administración.







