Cuando las adopciones fallan

Se dice que los adoptados son los hijos más deseados. “Nadie se queda burocráticamente embarazado por una noche loca”, se puede leer en un foro de internet. Las familias que culminan una adopción han recorrido un camino de tesón y paciencia antes de ser padres. En la mayoría de los casos, la adopción funciona, pero ¿qué es lo que falla cuando no es así? ¿En qué punto se tuerce el sueño de convertirse en padres y de encontrar una familia para transformarse en pesadilla?
Cuando se pregunta a los expertos, el primer factor de riesgo que suelen citar es la falta de expectativas realistas por parte de los adoptantes. No es suficiente con querer dar amor, repiten, hay que entender que adoptar supone asumir un pasado incierto y sus consecuencias. Detrás de cada adopción, hay siempre un niño que ha sido golpeado por la vida, un pequeño que perdió sus padres y sus referentes cuando más los necesitaba. La experiencia del abandono o la vida en un orfanato son vivencias que impactan negativamente en el desarrollo natural de cualquier niño y dificultan su capacidad para relacionarse de un modo positivo. La adopción supone para ellos una nueva oportunidad. Les devuelve algo que nunca debieron perder, el amor y el calor de una familia atenta a sus necesidades, el entorno óptimo para recuperarse y desarrollar todo su potencial. “Adoptar –recalca la psicóloga Rosa Mora– supone aceptar y comprometerse con un niño que ha tenido un pasado difícil, y asumir todas las consecuencias. Reparar los daños del pasado requiere capacidades que no todas las familias tienen. Además, socialmente deberíamos comprometernos y poner en marcha recursos necesarios que actualmente no existen o son escasos.” Pr lo general, cuando la familia adoptiva no consigue funcionar como tal y se llega a la conclusión de que es necesaria la separación, son muchos los factores que se han conjugado. “Suele ser un cóctel molotov donde se combinan unas expectativas muy poco realistas por parte de los adoptantes y las dificultades en la historia previa del niño que afectan a su capacidad de crear vínculos. Se producen rupturas en menores sin excesivos problemas (en estos casos, el peso del fracaso en la vinculación está en las expectativas y la idea de la adopción de los padres), pero también es cierto que algunos niños están tan extremadamente dañados que sólo familias muy preparadas y comprometidas pueden afrontar con éxito su adopción”, resume Ana Berástegui. La negación de los orígenes es también otro factor de riesgo que suma y sigue: “Los niños necesitan sentir que también eran queridos y valiosos antes de la adopción. Cuando los adoptantes se colocan en la posición de a-ti-no-te-querían-y-yo-soy-el-único-que-puede-salvarte, la relación está abocada al fracaso”.
Prevención y reparación
Cuando pensamos en la adopción como un modo válido de fundar o ampliar una familia –que sin duda lo es–, olvidamos a veces que, ante todo y por encima de todo, se trata de una medida de protección de la infancia. La adopción ha demostrado ser una herramienta eficaz para restituir a los menores declarados en desamparo su derecho a vivir en una familia. Cuando una adopción no logra su objetivo, es un fracaso de todos: de los adoptantes en primer lugar, pero también del sistema de protección de la infancia, de los profesionales que han intervenido y de la sociedad que le ha fallado al niño y no ha sabido protegerle ni evitarle esa carga añadida de sufrimiento. La responsabilidad, en cualquier caso, es siempre de los adultos.
Psicólogos y trabajadores de los departamentos responsables del tema en distintas comunidades autónomas coinciden en señalar que la inmensa mayoría de las adopciones funciona, pero también en su preocupación por los casos en que no es así. Tienen la sensación de que es un fenómeno que crece de forma preocupante y sobre el que es necesario realizar un trabajo serio de prevención y reparación. Sotto voce muchos de ellos dicen que el sistema está fallando en el modo en que se tramitan las solicitudes de adopción. “Se olvida que esto va de buscar una familia para un niño, y no un niño para una familia. Se declara la idoneidad para adoptar con mucha ligereza. Apenas se deniega un 5% de las solicitudes y, cuando se hace, las familias recurren judicialmente y muchas veces ganan. Piensan que una familia imperfecta es mejor que un orfanato en el tercer mundo, pero la disyuntiva real es entre una familia adecuada que está a la espera de que le asignen un niño y otra que no lo es.”
Tres de los niños adoptados en Barcelona que este año fueron reabandonados y pasaron a la custodia de la administración habían sido insertados en familias que recurrieron judicialmente la denegación de la idoneidad para adoptar. Es un dato que preocupa a las administraciones y a las asociaciones de familias adoptivas. “No es suficiente con desear ser padres, ya es hora de decir en voz alta que no todo el mundo vale para adoptar. Las familias adoptivas llevan a cabo una función terapéutica para la que necesitan preparación y apoyo antes, durante y después de la adopción. En otros países, se rechazan (o se autoexcluyen después de la formación obligatoria) alrededor de un 25% de los candidatos”, explica Kike Eguzkiza, de la asociación Ume Alaia.
Para Iolanda Galli, autora del libro El fracaso en la adopción, la prevención es esencial, pero también lo es ofrecer a estos niños una respuesta adecuada. Les fallamos una vez y no podemos permitirnos hacerlo de nuevo. En la misma línea se pronuncia Javier Múgica, tras tres décadas trabajando en el área del acogimiento y la adopción: “A veces, que la relación fracase nada más empezar es una bendición porque daña menos al niño. Para estos niños, el abandono es malo, pero peores son la inoperancia y el desconocimiento.”
El caso del pequeño Angel
Los cuatro primeros años de la vida de Ángel transcurrieron como los de muchos otros niños de Wollo, la región etíope que le vio nacer. Aprendió a andar y a jugar en la ciudad de Dessie, y allí hubiera crecido si no hubiera sido porque la aparición de un personaje siniestro, que cobraba por encontrar niños
Dos meses después, el pequeño se encontraría con su nueva familia: papá, mamá y sus dos nuevos hermanitos mayores. La ilusión con que habían iniciado la aventura de la adopción se fue diluyendo poco a poco en una situación cada vez más agobiante para todos. La llegada de Ángel supuso un auténtico cataclismo en la vida de esta familia, en la que los profesionales encargados de evaluarla habían encontrado unos candidatos idóneos para la adopción. Nada fue como esperaban. Ángel les pareció un niño
¿Y Ángel? Hemos de suponer que no fue fácil para él. De pronto, todo su mundo había desaparecido, y se encontraba en un lugar extraño, donde nadie entendía sus palabras, donde todo funcionaba muy rápido y con normas distintas. No entendía por qué estaba allí ni cuándo iba a volver a casa. ¿O acaso no iba a volver nunca? A ratos, disfrutaba de aquello, de los juegos, de la atención de unos adultos que se esforzaban en hacerle sentir querido y atendido, aunque se empeñaran en llamarle por un nombre raro. Pero también había momentos en que se sentía completamente perdido, en que no entendía lo que estaba pasando ni por qué sus nuevos papás le miraban tan serios o le reprendían. Incapaz de darles otra vía de escape, su frustración y su malestar se abrían paso con un comportamiento explosivo. Los gritos y las reprimendas aumentaban su sensación de soledad y reavivaban los escasos recuerdos de su lugar natal, ese pequeño mundo que había perdido y en el que tenía claro quién estaba de su lado. "Era un niño asustado, al que se le estaba exigiendo demasiado", resume un técnico que intervino en el caso.
Tres meses después de su llegada a España, Ángel estaba viviendo en un centro de menores. Los técnicos de la administración habían tenido que tirar la toalla y reconocer que la separación era necesaria. Había demasiadas heridas abiertas en todos: en los padres, en los otros dos niños y en el pequeño Ángel.
El brillante sueño de una vida mejor que habían prometido a su madre biológica se había truncado. Ella no lo sabe, y a buen seguro trata a veces de imaginar a su hijo creciendo feliz en el primer mundo. Pero Ángel no ha conseguido de momento esa vida feliz sino un calvario de experiencias dolorosas a las que todavía no puede poner nombre. Diez meses después de su llegada a España, Ángel sigue viviendo en un centro. Algún día quizás comprenda por qué las dos madres que ha tenido no se ocuparon de él. Algún día quizás encuentre una familia que le ayude a sanar sus heridas invisibles y que sea, esta vez sí, su familia para siempre. De momento, sólo entiende que no te puedes fiar de nadie y que está solo en el mundo.
adoptables para un orfanato de la capital, cambió su vida. Él fue quien convenció a la madre de Ángel de que su futuro estaba en Europa. Allí podría acceder a una educación y una vida mejores. difícil, inquieto, irascible y desafiante. Les costaba entender cómo, después de todo lo que habían pasado para llegar hasta él, el pequeño se negaba a quererlos y a integrarse en la familia. Quince días después de su llegada, acudieron a los servicios de Bienestar Social buscando una solución.






