Con derecho a la felicidad

Martí Ferrer tiene 29 años y vive en un piso de Barcelona con otros chicos y chicas discapacitados supervisados por una monitora. Allí desarrolla su autonomía: tiene que tender la ropa, ir al supermercado o hacer la comida. Los fines de semana vuelve a casa de sus padres, viaja o visita a algún familia
Cada uno, lo que puede
Inés tiene 26 años y estudia cómo se cuidan las plantas y las flores de un jardín. Dentro de poco obtendrá su título de jardinería y se integrará en la plantilla de una empresa privada que cuida con esmero los parques de la ciudad. En su tiempo de ocio va a una escuela de vela adaptada, donde todos los alumnos participan: navegan juntos y juntos avanzan, cada uno con sus capacidades, pero siempre en un ambiente de amistad y compañerismo. Ya han participado en varias competiciones internacionales. A Inés le encanta viajar.
“Cuando era pequeña, mis padres vieron que no podía seguir en el colegio normal como mis compañeras y me cambiaron”, cuenta Inés. “Inés no era feliz, y le angustiaba ir al colegio”, explican sus padres. Para ellos, el cambio a una escuela de educación especial fue todo un acierto. “Inés podía participar sin miedos en cualquiera de las actividades escolares o extraescolares que se organizasen y, lo que es mejor, empezó a tener amigos y amigas.”
–¿Y no te pareció que los niños del nuevo colegio eran raros?, pregunto a Inés, porque minutos antes, en el centro de ocio Caliu, uno de sus compañeros me explicaba que cuando a él lo cambiaron al colegio especial, se pasó un mes entero llorando “a lágrima viva”. “Es mucha la impresión que te da. Los niños que están ahí están muy mal. Pero mis padres me decían que tranquilo, que esto es un cole donde vas a aprender. Y seguí adelante.”
“No –responde Inés–, no me parecían raros. En esa escuela no había diferencias, se daba el mismo trato a todos. Y los profes nos entendían”.
Algunos padres, sin embargo, prefieren que sus hijos permanezcan dentro de su círculo habitual e intentan prolongar la escolarización ordinaria apoyándose en profesores de refuerzo. “Integración es una palabra bonita, pero irreal”, opina Javier, el padre de Inés. “Desgraciadamente –y a pesar de los avances que poco a poco se consiguen en este campo con el esfuerzo de las administraciones y de padres y madres con ganas–, hay que tener siempre presente que estas personas necesitan su espacio, su tiempo y su velocidad. La integración laboral debería abarcar no solamente el tiempo compartido con los compañeros de trabajo, sino también los ratos de ocio del fin de semana… Si esto último falla, es todo el sistema el que no funciona, y reaparecen los sentimientos de soledad, de tristeza y de rechazo.”
“La primera vez que dejas a tu hija en un centro especial impresiona, pero en estos ambientes Inés no se ha sentido nunca sola. Además, se ayudan entre ellos”, asegura el padre. En su clase de jardinería, cuenta Inés, hay un chico con dificultades de comunicación que, como nadie lo entendía al hablar, tenía que escribir todo en una libreta. “Pero yo he estado con un niño que tenía problemas parecidos y sé que si te esfuerzas por entenderlo acabas entendiéndolo, así que ahora ya no tiene que escribir todo en la libreta.”








