22/02/2009

Con derecho a la felicidad

Texto de Celtia Traviesas
Fotos de Mar Arias
Las personas con discapacidad intelectual ya no viven recluidas en una infancia permanente. Los avances sociales les han brindado la oportunidad de una mayor autonomía, pero, al mismo tiempo, las abocan a un mundo muy complejo. Este reportaje trata de sus conquistas, sus ilusiones y la frustración que a veces les comporta el reto de la integración.

Carmen Laguna  trabaja en la Apapnidicsur, una asociación de chicos discapacitados de la Campiña Sur cordobesa. Lleva y trae papeles al Ayuntamiento, documentos y lo que le manden. Tiene mucho salero, y en su pueblo todos la conocen y la saludan por la calle. "Yo soy Carmen, de aquí, del pueblo", se presenta

Mireia y Carles
Las barreras de la diferencia se suelen venir abajo cuando se observa, por ejemplo, que el lenguaje de la ternura es universal y que amor, desengaño, pasión y sensualidad no son, ni mucho menos, patrimonio de la inteligencia estándar. Carles Vera explica respecto a su novia: “A veces pienso: qué otra chica será igual que ella, tan alegre. Pero como ella no hay otra. Hay chicas muy guapas, que las ves y son muy guapas, pero como ella no hay otra. Yo estoy muy a gusto. Nos enamoramos en la escuela, nos vimos y fue un flechazo”. Él y Mireia Delaldea son novios desde niños. Se conocieron en la escuela especial donde sus padres los matricularon. Él es alto, elegante, extremadamente educado y clásico en el vestir. Ella es más bajita y más moderna, lleva el pelo corto, usa gafas de pasta de colores y tiene la sonrisa siempre a punto de entregarse. Tres veces por semana, Carles va a buscarla a la salida del trabajo, cogen el tren y bajan hasta la ciudad para estar un rato juntos antes de irse a casa.

“Ahora es muy complicado que vivamos juntos, pero yo quiero hacerlo en un futuro y pienso que mi futuro es ese, irme a vivir con Mireia. Pero no tenemos prisa. Nos vemos tres días a la semana”, explica Carles. A Mireia le ha costado un poco asumir que no es buena idea pensar en tener hijos. “Yo quería tenerlos, pero tengo discapacidad y no puedo. Cuando me lo dijeron, me derrumbé. La ginecóloga me lo explicó, hay que cuidarlo, ayudarlo a hacer los deberes, llevarlo al médico si se pone enfermo… y yo no puedo. Pero tengo dos sobrinas, Mireia, como yo, y Elsa.”

A mí también me da pena, el otro día vino una pareja a casa que tenía un hijo y yo los veía… Pero me hago a la idea”, dice Carles. “Soy muy feliz, estoy con gente que me quiere mucho. Hay que aceptar la realidad de cada uno, y luchando se puede llegar a muchas cosas. El mundo no se acaba por tener discapacidad. Todo tiene soluciones. Por ejemplo, si estás enfermo, sabes que tienes una clínica donde puedes ir, y cuando uno está así, pues lo primero es pensar que hay gente que te puede ayudar”, añade.

Carles tiene 35 años, y Mireia, 30, y siguen igual de enamorados que cuando eran unos críos. “Yo creo que una pareja tiene que durar, bueno, eso entre comillas. Pero yo pienso que si estoy bien por qué tengo que cortar”, asegura Mireia mientras su amiga Ana, de 21 años, la vitorea superfeliz. “¡Claro qué sí!”, exclama.

–¿Y tú tienes novio?, pregunto a Ana.
–No, porque todavía soy muy pequeña –confiesa con absoluta inocencia.

Quizá el reto de la integración no sea incorporar a chicos y chicas con discapacidad intelectual a todos los ámbitos de la sociedad y normalizar sus vidas sino, más bien, proporcionarles en ella un espacio de libertad y desarrollo donde sean felices a salvo de las exigencias de un mundo demasiado complejo para todos.°
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de: Manel Marín Rodriguez | 06/03/2009
Respuesta al comentario de Pilar Perez: Pilar, soy el padre de Anna, si quieres ponerte en contacto conmigo hazlo a traves de mi e-mail: manelmarin4@hotmail.com No te doy el teléfono porque no sé si en estos foros se puede dar, pero escríbeme si quieres y te lo doy. Muchas gracias por tu comentario.
de: Pilar Pérez | 06/03/2009
Me he sentido muy identificada con estos padres. Mi hija también tiene autismo, y fue, como Anna, adoptada en China. Ella tiene ahora nueve años, una operación en su cabeza, epilepsia, y muchos médicos detrás de ella, para que cada uno mejore un poco su calidad de vida. A ratos nos sentimos felices con sus progresos, y a ratos tristes y desesperados porque se nos va la vida en atenderla. Pero también hay que pensar que alguien, en algún eslabón de la cadena de la adopción, quiso darle una segunda oportunidad. Un fuerte abrazo para Anna y para sus padres. Me gustaría poder conocerlos, al fin y al cabo tenemos algo en común.
de: Cándido | 05/03/2009
Es curioso que por un lado la gente se plantee que los niños crecen como vegetales según su cógigo genético, que todo lo explica, y por otro lado planteamos la necesidad de la integración partiendo de un cambio social de aceptación a la diversidad y la diferencia. Lo que a mi realmente me parece interesante es escuchar lo que tienen que decir las personas con dificultades específicas incluso cuando son niños o niñas, y plantearnos acompañarlos como familias, como profesionales, ofreciendoles la posibilidad de madurar en autonomia e independencia. Gracias por el reportaje.

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14 de marzo
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