31/05/2009

"Al poder hay que vigilarlo”

Texto de Ima Sanchís
Fotos de Pedro Madueño
Más allá de la coyuntura de crisis, y de la propia política, José Luis Rodríguez Zapatero habla con el Magazine de sus convicciones más íntimas y desvela facetas de su personalidad poco conocidas. Como los recuerdos de su infancia, la devoción por su esposa, la confianza en las mujeres y una filosófica distancia con el ejercicio del poder.

En el avión que lo traslada a l’Alfàs del Pi, en Alicante

“Siempre he visto menos vanidad y menos celos entre las mujeres que entre los hombres”

Usted se declara agnóstico, pero con cierto interés por la filosofía zen. ¿Cómo resuelve los enigmas de la vida y la muerte?
Trato de comprender a quienes se declaran creyentes…

Olvide a los otros, hable de usted.
Personalmente tengo una posición pacífica. La vida hay que vivirla sin angustia, y creo que la paz que debes a los demás, que yo trato de infundir a mi alrededor, se consigue en buena medida si no tienes la angustia de pensar qué será de ti una vez que desaparezcas de este mundo. Yo me asomo a ese precipicio de manera pacífica, estableciendo un pacto de aceptación con la naturaleza, que se ha demostrado que tiende al equilibrio salvo cuando la destrozamos los seres humanos. Estoy en paz con el más allá, no me provoca ninguna angustia, ni siquiera persigo el intentar saber, creo que ese es un afán vanidoso del ser humano.

¿Dónde encuentra usted la ­trascendencia?
Creo que nadie puede conceptualizar de manera sensata y racional lo que puede ser un ser supremo que haya provocado la creación y al cual estemos todos sometidos de una manera u otra. Creo que lo que es trascendente es lo que uno puede hacer más allá de su corta existencia.

¿Cómo entiende la espiritualidad?
Es la expresión de nuestra condición de ser humano. Donde veo más trascendencia es en la generosidad; y la generosidad es aquello que refuta el imperativo biológico de todos los seres: defenderse, ser egoísta. Por tanto, lo que trasciende, lo que va más allá de ese egoísmo biológico, es ser generoso. Creo que todas las religiones que se precien deberían ser un canto a la generosidad. Pero hace tiempo que pienso que ni la religión ni la espiritualidad me van a resolver los interrogantes que tengo sobre el mundo, sobre nuestro origen y destino. Los interrogantes están ahí, dejemos que estén ahí.

¿Practica usted la meditación, tiene algún refugio para el silencio?
Tengo mucha capacidad de abstracción. Incluso en una conversación, en una charla entre varios, tengo facilidad para evadirme, y es algo que me han señalado siempre. Pero no dedico un tiempo específico a la abstracción. Quizá los momentos que más me estimulan a cultivar el silencio tienen que ver con la naturaleza, que siempre me ha apasionado. Me gusta el discurrir de un río, precisamente porque discurre, y me gusta la montaña porque es muy difícil conquistarla.

La prefiere al mar.
El mar es una belleza, pero un río es parábola de la vida, tiene un principio, un final y un discurrir, de ahí mi devoción por los ríos. De la misma manera, cuando llego a la cima de una montaña es como comprobar lo pequeños que somos ante la inmensidad que contemplas.

¿Qué ha comprendido al enfrentarse con la muerte?
Siempre que me he enfrentado con la muerte, con la de mi madre y en otras circunstancias, he procurado afrontarla haciendo un esfuerzo enorme por la serenidad interior y por transmitir la serenidad a quienes de cerca sufrían de una manera desgarradora. Todos queremos que no se nos vayan los seres queridos, pero siempre hay algo que queda, porque todos tenemos una parte de todos, y una parte de los seres más cercanos de una manera más clara, por tanto tenemos que tener esa perspectiva de serenidad, de paz. Me parece que es fundamental tener una relación pacífica con la muerte porque es la mejor manera de vivir.

¿Qué cosas le emocionan?
En mi vida personal, lo que más me emociona es la mirada cómplice de Sonsoles. Y lo que más me ha emocionado de esta etapa de gobierno es comprobar que cuando firmas una ley puedes hacer más libre a la gente. Tras la ley del matrimonio homosexual no ha habido acto en el que no se me haya acercado alguien, más hombres que mujeres, para darme las gracias, y me han dicho cosas muy emocionantes.

¿Por ejemplo?
“Gracias a la ley que has hecho me has reconocido mi dignidad como ser humano.” Para alguien que ha sido marginal, que ha tenido que estar escondiendo su condición, poder de repente respirar, mirar a los demás con toda naturalidad, es una gran conquista y una de las cosas que te hacen creer en tu trabajo. La grandeza de una ley es que uno piensa que va a ser para siempre. Otra gran satisfacción es cuando la gente te reconoce que cumples con tus compromisos.

El punto débil de los políticos.
La tarea política es una permanente lucha por poder cumplir la palabra dada. Primero, porque se tiende a considerar que los políticos no cumplimos, y segundo, porque es difícil cumplir. Vivimos en un momento histórico en el que la capacidad de autogobierno de las sociedades, la capacidad democrática en última instancia, está muy condicionada por las fuerzas de la globalización, las fuerzas económicas. Uno no puede expresar que el Gobierno tiene grandes limitaciones a la hora de tomar decisiones, pero es así. Es una de las cosas que en política hay que combatir.

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