21/06/2009
Fiebre adolescente
Textos de Luis Benvenuty, Anxo Lugilde y Víctor Bejarano
Fotos de Laura Guerrero
Coordinación de Ana Macpherson
Cuando se aprobó facilitar la píldora poscoital sin receta, muchos adultos descubrieron que sus hijos tenían actividad sexual. En las discotecas para adolescentes de cualquier ciudad abundan el sexo fugaz, el conocimiento teórico y una doble vida nocturna

El sexo, para muchos jóvenes asiduos de las discotecas vespertinas, es un elemento más de la diversión, una guinda para ellos intrascendente que se suma al baile y al alcohol
Las camareras en bikini se encaraman a la barra y bailan a ritmo de reggaeton. Las gogós lo hacen en jaulas. “Muévete duro, muévete duro.” Los gigantescos altavoces vibran bajo una lluvia de luces de colores intermitentes. En la pista, centenares de adolescentes mueven la pelvis de manera sincopada y violenta. Grandes zapatillas deportivas, minifaldas, pantalones anchos y caídos, zapatos rosas de tacón, camisas deportivas, tops, ombligos decorados, tatuajes que se insinúan desde la cadera. El sexo es ahora la guinda de la diversión, el remate de la música, el alcohol y el baile.
“Muévete duro, muévete duro”, insisten los bafles. Un grupo de chicas señala a un joven. Todas ríen. Un muchacho con los pelos engominados de punta dirige un gesto de triunfo a sus amigos. Se acerca a las chavalas bailoteando, mostrándose seguro y arrogante. Una de las quinceañeras, la de las mallas ajustadas y doradas, sale a su encuentro con una sonrisa pícara. Sus piernas se cruzan, sus cuerpos se rozan, arriba y abajo, una y otra vez, al compás de la música. Pronto se funden en un beso apasionado, intenso, rudo. Sus lenguas huelen a alcohol. Priman los encuentros fugaces, furtivos, intrascendentes.
“Lo de hablar ya no se lleva –dice con desparpajo una de las amigas de la de las mallas ajustadas y doradas–. Tengo 17 años y perdí la virginidad a los 13. Si veo un tío que me gusta, voy a por él y me lo pillo. No tengo que cortarme por ser una chica. Ya no somos así. Los tíos van tan desesperados, que puedes hacer con ellos lo que quieras. No sé con cuántos he estado.” “Ya se han escondido en el cuarto de baño”, tercía otra chica del grupo. “No, no –responde una tercera–..., se han tenido que ir al descampado de atrás. Aquí han puesto una persona a vigilar los baños porque antes la gente hacía de todo.”
La multiplicación de encuentros fugaces fruto de esta revolución sexual genera deslices y accidentes. A pesar de ello, los preservativos rondan por todos los bolsillos. “Los regalan por todas partes. Conseguirlos no es problema.” Y sus dueños y dueñas presumen de saber utilizarlos desde mucho antes de haber recibido la primera charla de educación sexual en el instituto. Sus maestros son la propia experiencia y los consejos de las amistades más precoces. “El problema es que estés borracho y torpe y se te rompa o se te pierda o no tengas suficientes. Pero las tías no hacen nada sin condón, y el sida da miedo.”
Las charlas en el hogar llegan tarde. Y cuando lo hacen se les antojan ridículas. Por ello, muchos adolescentes ven bien la posibilidad de poder abortar a partir de los 16 años sin el permiso paterno. Piensan que si son libres para acostarse con quien les dé la gana, pueden afrontar esta responsabilidad. Con todo, sus silencios y muecas indican que la fiesta no es tan divertida como les gusta hacer creer, y su seguridad no es tan fuerte. Y salvo contadas excepciones, la mayoría de las chicas reconoce que si se viera en semejante trance, buscaría el apoyo de su madre. La velocidad produce vértigo.
“Muévete duro, muévete duro”, insisten los bafles. Un grupo de chicas señala a un joven. Todas ríen. Un muchacho con los pelos engominados de punta dirige un gesto de triunfo a sus amigos. Se acerca a las chavalas bailoteando, mostrándose seguro y arrogante. Una de las quinceañeras, la de las mallas ajustadas y doradas, sale a su encuentro con una sonrisa pícara. Sus piernas se cruzan, sus cuerpos se rozan, arriba y abajo, una y otra vez, al compás de la música. Pronto se funden en un beso apasionado, intenso, rudo. Sus lenguas huelen a alcohol. Priman los encuentros fugaces, furtivos, intrascendentes.
“Lo de hablar ya no se lleva –dice con desparpajo una de las amigas de la de las mallas ajustadas y doradas–. Tengo 17 años y perdí la virginidad a los 13. Si veo un tío que me gusta, voy a por él y me lo pillo. No tengo que cortarme por ser una chica. Ya no somos así. Los tíos van tan desesperados, que puedes hacer con ellos lo que quieras. No sé con cuántos he estado.” “Ya se han escondido en el cuarto de baño”, tercía otra chica del grupo. “No, no –responde una tercera–..., se han tenido que ir al descampado de atrás. Aquí han puesto una persona a vigilar los baños porque antes la gente hacía de todo.”
La multiplicación de encuentros fugaces fruto de esta revolución sexual genera deslices y accidentes. A pesar de ello, los preservativos rondan por todos los bolsillos. “Los regalan por todas partes. Conseguirlos no es problema.” Y sus dueños y dueñas presumen de saber utilizarlos desde mucho antes de haber recibido la primera charla de educación sexual en el instituto. Sus maestros son la propia experiencia y los consejos de las amistades más precoces. “El problema es que estés borracho y torpe y se te rompa o se te pierda o no tengas suficientes. Pero las tías no hacen nada sin condón, y el sida da miedo.”
Las charlas en el hogar llegan tarde. Y cuando lo hacen se les antojan ridículas. Por ello, muchos adolescentes ven bien la posibilidad de poder abortar a partir de los 16 años sin el permiso paterno. Piensan que si son libres para acostarse con quien les dé la gana, pueden afrontar esta responsabilidad. Con todo, sus silencios y muecas indican que la fiesta no es tan divertida como les gusta hacer creer, y su seguridad no es tan fuerte. Y salvo contadas excepciones, la mayoría de las chicas reconoce que si se viera en semejante trance, buscaría el apoyo de su madre. La velocidad produce vértigo.

La mayor parte de los adolescentes entiende el sexo como una entretenida experiencia compartida entre iguales. A pesar de que los preservativos son habituales en carteras y bolsos, muchos reconocen accidentes y prácticas de riesgo.
“A tus padres les dices que vas a casa de una amiga. Mientras llamas te cambias de ropa. Hay que pintarse mucho para que no te pidan el DNI”
Primero, cubata y maquillaje
Apenas son las seis de la tarde. Las sesiones vespertinas para mayores de 16 años de numerosas discotecas hacen del polígono industrial Zona Hermética de Sabadell uno de los principales puntos de encuentro de jóvenes de toda el área metropolitana de Barcelona. Antes de hacer cola frente a las salas de fiestas, los críos apuran junto a los coches sus cubatas servidos en vasos de plástico. Aquí abundan los carnets de identidad falsificados, los rellenos, el maquillaje desmesurado, las groserías a gritos y las proposiciones a berridos desde el otro lado de la calle. “Guapa, acércate un momentito.”
“Es que las tías ahora van a saco –explican varios adolescentes terminando una botella de vodka comprada en un supermercado–. Puedes acostarte con una distinta cada fin de semana. Sólo tienes que ir a piñón fijo. Cuatro a lo mejor te dicen que no, pero la quinta fijo que dice que sí. Te acercas bailando, y enseguida se te frotan... O les dices guapa, dame un beso, y te dan un morreo, y luego todo. O te entran ellas como si fueran tíos. No se cortan. Si quieres ligar, lo mejor son las sesiones de tarde, cuanto más jóvenes sean las pibas, mejor. Por la noche son mayores y sólo piensan en drogas.”
“A tus padres les dices que te vas a la pizzería con las amigas, que luego iréis a dormir a casa de una. Y a las once de la noche, a la hora que les gustaría a tus padres que estuvieras en casa, les llamas desde la casa de tu amiga para que vean el número en el identificador de llamadas. Mientras hablas, te cambias de ropa, y luego te vas a la disco. Hay que pintarse mucho y sacar pecho para que no te pidan el DNI en los sitios de más de 18. Por la mañana, te vuelves a cambiar, te quitas el pestazo a humo, y a casa. Si tu madre te dice que tienes cara de cansada, le dices que pasásteis la noche hablando en pijama. Nadie se entera de nada.”
Esto es un mundo aparte. Aquí reinan otras reglas. Muchos atajan el camino a la diversión cruzando a la carrera una transitada carretera con cuatro carriles. Los conductores pulsan el claxon alarmados mientras las niñas saltan sobre sus tacones. Sus primeros besos los dieron a los diez años. Aún no han alcanzando la mayoría de edad. Esta generación hizo evolucionar el juego de la botella hasta sonrojarla. Unos y unas encuentran ahora una pareja nueva cada fin de semana, y otros y otras, no. Pero todos entienden que el sexo también es una fuente de entretenimiento, y vivirlo de este modo no es motivo de reproche.
“Ahora cuantos más tíos te enrolles, mayor pareces. Eres más guay, la gente flipa contigo..., llegas el lunes al instituto y te preguntan qué tal el fin de semana, y dices: ‘Me tiré a uno que estaba buenísimo’, y te cuelgas medallas... Ahora, las tías también nos colgamos medallas y hacemos lo que queremos. Pero yo no puedo. No puedo acostarme con un tío que no conozco, que no siente nada por mí. Pero olé por las que pueden. Si se lo pasan bien... Yo lo he intentado, pero siempre acabo sintiéndome extraña. No es un drama, sólo un mal recuerdo. Pero da rabia no poder acostarte con todos los tíos que te dé la gana.”
Las relaciones estables no son habituales. Llegan a los 18 años o luego, una vez que la exageración se hace cansina. “Es muy difícil tener una pareja como lo hacían nuestros padres porque todo el mundo es superinfiel. Lo típico es ser amigos. Dos se enrollan y se gustan, y entonces se acuestan más veces. Son amigos. Están enrollados. Pero se pueden acostar con quien quieran. Luego, a los meses, se hacen novios, y ya es como si estuvieran casados. Si uno trabaja, pues van a un hotel, y si no, se quedan viendo películas en casa de alguno hasta que los padres se quedan dormidos.”
Apenas son las seis de la tarde. Las sesiones vespertinas para mayores de 16 años de numerosas discotecas hacen del polígono industrial Zona Hermética de Sabadell uno de los principales puntos de encuentro de jóvenes de toda el área metropolitana de Barcelona. Antes de hacer cola frente a las salas de fiestas, los críos apuran junto a los coches sus cubatas servidos en vasos de plástico. Aquí abundan los carnets de identidad falsificados, los rellenos, el maquillaje desmesurado, las groserías a gritos y las proposiciones a berridos desde el otro lado de la calle. “Guapa, acércate un momentito.”
“Es que las tías ahora van a saco –explican varios adolescentes terminando una botella de vodka comprada en un supermercado–. Puedes acostarte con una distinta cada fin de semana. Sólo tienes que ir a piñón fijo. Cuatro a lo mejor te dicen que no, pero la quinta fijo que dice que sí. Te acercas bailando, y enseguida se te frotan... O les dices guapa, dame un beso, y te dan un morreo, y luego todo. O te entran ellas como si fueran tíos. No se cortan. Si quieres ligar, lo mejor son las sesiones de tarde, cuanto más jóvenes sean las pibas, mejor. Por la noche son mayores y sólo piensan en drogas.”
“A tus padres les dices que te vas a la pizzería con las amigas, que luego iréis a dormir a casa de una. Y a las once de la noche, a la hora que les gustaría a tus padres que estuvieras en casa, les llamas desde la casa de tu amiga para que vean el número en el identificador de llamadas. Mientras hablas, te cambias de ropa, y luego te vas a la disco. Hay que pintarse mucho y sacar pecho para que no te pidan el DNI en los sitios de más de 18. Por la mañana, te vuelves a cambiar, te quitas el pestazo a humo, y a casa. Si tu madre te dice que tienes cara de cansada, le dices que pasásteis la noche hablando en pijama. Nadie se entera de nada.”
Esto es un mundo aparte. Aquí reinan otras reglas. Muchos atajan el camino a la diversión cruzando a la carrera una transitada carretera con cuatro carriles. Los conductores pulsan el claxon alarmados mientras las niñas saltan sobre sus tacones. Sus primeros besos los dieron a los diez años. Aún no han alcanzando la mayoría de edad. Esta generación hizo evolucionar el juego de la botella hasta sonrojarla. Unos y unas encuentran ahora una pareja nueva cada fin de semana, y otros y otras, no. Pero todos entienden que el sexo también es una fuente de entretenimiento, y vivirlo de este modo no es motivo de reproche.
“Ahora cuantos más tíos te enrolles, mayor pareces. Eres más guay, la gente flipa contigo..., llegas el lunes al instituto y te preguntan qué tal el fin de semana, y dices: ‘Me tiré a uno que estaba buenísimo’, y te cuelgas medallas... Ahora, las tías también nos colgamos medallas y hacemos lo que queremos. Pero yo no puedo. No puedo acostarme con un tío que no conozco, que no siente nada por mí. Pero olé por las que pueden. Si se lo pasan bien... Yo lo he intentado, pero siempre acabo sintiéndome extraña. No es un drama, sólo un mal recuerdo. Pero da rabia no poder acostarte con todos los tíos que te dé la gana.”
Las relaciones estables no son habituales. Llegan a los 18 años o luego, una vez que la exageración se hace cansina. “Es muy difícil tener una pareja como lo hacían nuestros padres porque todo el mundo es superinfiel. Lo típico es ser amigos. Dos se enrollan y se gustan, y entonces se acuestan más veces. Son amigos. Están enrollados. Pero se pueden acostar con quien quieran. Luego, a los meses, se hacen novios, y ya es como si estuvieran casados. Si uno trabaja, pues van a un hotel, y si no, se quedan viendo películas en casa de alguno hasta que los padres se quedan dormidos.”

Varias chicas cruzan una autopista para llegar cuanto antes a la discoteca
de: Andrés (Colombia) | 17/11/2009
Supongo que falta el perfil de jóvenes que no frecuentan tales actividades, ni son tan promiscuos, pero aplaudo por encarar tal tema de frente y sin tapujos. También que, para evitar que los jóvenes comentan tales actos descontrolados, se necesita que en el hogar se planten bases morales profundas, ya que con dicho conocimiento inculcado el joven tendrá un punto de partida para tomar sus decisiones y saber qué esta mal y qué está bien. Es decir, que si el hogar no vela por la formación integral del joven, desde niño o desde bebé, cuando es adolescente se descarria y acarrea problemas que para el mismo joven son muy grandes.
de: Andrés (Colombia) | 17/11/2009
Ahora bien mucha gente que conozco se divierte (nos divertimos) de formas más sanas como ir al cine, conciertos, fiestas, discotecas, tomar (alcohol para el que piensa que tomamos gaseosa), tomamos gaseosa. También, tal vez, simplemente reunirnos a hablar y a socializar. Esto no es motivo de vergüenza, ni mucho menos, pero sentirse insultado con este reportaje no va al caso.
de: Andrés (Colombia) | 17/11/2009
¡Cómo les duele que digan la verdad en la cara! Si ustedes son jóvenes sanos, ¿por qué les duele que publiquen tal verdad? Miren, es sencillo. De diez jovencitas que conozco, diez no son vírgenes. Je, je, no mentiras. Pero, ahora sí, para ser honesto, de diez que conozco, diez dicen no ser vírgenes, aunque probablemente una que otra sea virgen. Si se mira desde tal punto, se nota la ansiedad de los jóvenes de encajar en un grupo.
de: Jose R.R. | 01/07/2009
Esto es una broma, el problema está en la educación que inviertan más en educación y menos en leyes aprobando este tipo de píldoras que las únicas beneficiadas son las empresas farmacéuticas... venga ya, que lo digan claro y que se dejen de historias.... ¿qué pasa, que por esa regla de tres, tienen que aprobar las drogas?... que también las toman en las discotecas. Por favor¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡ esto es un pitorreo, y lo próximo que es... que inviertan más en educación y que se dejen de leyes para que los jovencitos ignorantes puedan seguir con su vida de "ninis". LA PALABRA ES RESPONSABILIDAD.
de: Cyrano | 30/06/2009
Enhorabuena por el reportaje. Algunos padres y madres no se enteran, y cuando saben algo, ya no pueden remediarlo.
de: María José | 29/06/2009
(continuación) A mí lo de ir de fiesta para liarte con alguien me ha parecido siempre absurdo, y no entiendo cómo la gente de mi edad hace las tonterías que hace... Está claro que hoy en día la gran parte de la sociedad entre los 15 y los 21 o 22 años (o más) es así.. Pero siempre hay excepciones, y nos duele leer que se generalice y que todo el mundo crea que todos somos promiscuos y nos gusta ir de fiesta. No señor, ni mucho menos.
de: María José | 29/06/2009
Esto es exagerado... Tan sólo ver la foto en la portada... Tengo 18 años, y a mi me daría vergüenza ir por la calle cómo van las señoritas de la primera foto. Nunca en mi vida he pisado una discoteca ni me he emborrachado ni me he drogado, y soy la persona más feliz del mundo. Tengo novio, sí, el único que he tenido en mi vida, no me he enrollado con un solo hombre más, y la verdad, me siento afortunada de que él sea igual que yo. Porque no sé, igual soy rara, pero siento que es mío de verdad, que nunca le ha tocado otra persona que no sea yo, y eso me hace estar más segura.
de: Maria del Mar Ruiz | 26/06/2009
En total desacuerdo con el planteamiento del reportaje. Por favor, un poco de rigor y profundidad a la hora de hacer un reportaje que aspira a retratar a los jóvenes españoles en un tema tan sensible. Sensacionalista, vulgar, apresurado, reiterativo, impropio del Magazine. Una oportunidad perdida para tratar en profundidad un tema de gran interés social e informativo, pero que merecía un ejercicio de periodismo de calidad y no una sucesión de comentarios muy similiares no siempre representativos de nuestros jóvenes. Una decepción.
de: Maria | 25/06/2009
Me parecen absurdos los reportajes estos porque no reflejan la verdad para nada. Soy adolescente y salgo de noche bastante, y para nada esto que pintan en los reportajes de este estilo es lo normal. Ni las niñas son tan "ligeras" ni los niños son tan desesperados, y mucho menos pensar que se ha acabado con los topicazos como que una chica se tira a tres y es una guarra, un chico hace lo mismo y es un crack, con eso por desgracia no hemos acabado como se dice en este reportaje.
de: Oderfla | 25/06/2009
No toda la juventud actúa de esta manera, ni muchísimo menos. El peor mal es que parezca que esto es lo normal. Los adolescentes que viven su vida de una forma más serena lo leen y algunos se sienten bichos raros, cuando su modus vivendi es mucho más sano y satisfactorio a corto, medio y largo plazo. En fin.
de: Helena | 25/06/2009
(SIGUE) que vean a los padres juntarse con amigos para cenar, aunque sea en casa, y aprecien ese buen rollo, participar en actividades folkloricas de su localidad....el ejemplo es siempre lo que manda, y aunque mis hijos, con algunos amigos han ido a fiestas de esas nocturnas, siempre han vuelto diciendo "bueno, un día está bien pero no es para ir cada día..." En fin, lo mismo que dirían los otros si les llevaran a un concierto de Jazz !vaya rollo!, un hijo siempre te puede salir torcido, pero luego "vuelve" a sus orígenes una vez superada esa etapa dura de la adolescencia y siempre que tenga orígenes donde volver, claro.
de: Helena | 25/06/2009
Me parece desolador este comportamiento, aunque, claro, está visto desde la perspectiva del ambiente en que se vive, también hay muchos sitios para nuestros adolescentes (conciertos, de Jazz, Clásica, teatro)... grupos de amigos, para nada "atrasados" pero que se saben divertir de otra manea más sana, organizando cenas o salidas donde el compañerismo y el respeto es más acusado... pero, claro, eso comporta que tus hijos lo hayan vivido desde pequeños para saber apreciarlo. Yo he llevado a mis hijos a conciertos (no hace falta ser rico ni disponer de todo el tiempo del mundo), al teatro (tampoco hace falta ir al Liceo si no puede ser).
de: Enrique Plana | 25/06/2009
Aunque es realista, el reportaje creo que sólo retrata un sector de los jóvenes, hasta el punto que no reconozco todo lo que se dice y en mi opinión es un punto chabacano. Falta otro tipo de joven en este artículo, que igualmente tiene actividad sexual pero es menos vulgar que el reflejado.







