11/07/2010

Despertar al margen de la ley

Texto y fotos de Bernardo Gutiérrez

Una superficie de 14,2 kilómetros. Cuatro municipios (Coslada, Madrid, Rivas Vaciamadrid, Getafe), 40.000 almas. La Cañada Real Galiana, una ciudad continua al margen de la ley, está en su año crucial. La Administración prevé regular su suelo. Mientras los políticos buscan soluciones, la sociedad civil se ha adelantado. Arquitectos, sociólogos, ecologistas, párrocos, artistas, vecinos, todos a una, convierten la Cañada en un epicentro social.

Los integrantes del colectivo de arquitectos ZooHaus, que desarrolla proyectos de reciclaje cerca del vertedero Valdemingómez y defiende usos diversos para el territorio

El escultor Alejandro Camargo, vía correo electrónico, refuerza la visión/solución poética: “Nunca escucho a un economista hablar de emociones, y la moneda de las poblaciones emergentes son los sentimientos y los sueños”. Por eso, las obras que desarrollará en la Cañada “serán participativas y abiertas a toda la comunidad”. Habrá incluso talleres para niños. 

11.00 horas. Hora punta en el kilómetro maldito que da mala fama a la Cañada. Yonquis deambulando. Polvo. El viaje sigue. Se hace Cañada al andar. Y si alguien tiene un doctorado en Cañada, esos son los trabajadores de la asociación El Fanal. Su sede, una casita colorida al final del repecho, cerca del vertedero de Valdemingómez, es uno de los principales puntos de integración social de la Cañada. “Damos clases  de alfabetización para mujeres marroquíes y gitanas. Para muchas, es su evasión y un punto de encuentro”, asegura Irene Pérez, una educadora de 31 años. Dentro de la clase, las mujeres sonríen bajo el velo. Ghofran, Al Nadia, Assia, Yamina. Todas marroquíes. Entre ellas hablan en bereber. “Sus hijos hablan español entre ellos. Pero ellas no lo manejan”, matiza Irene. Además, El Fanal ha puesto en marcha una guardería para los más pequeños.

La Cañada se mueve. Caminando sin camino. Y de estas experiencias colectivas, surgen otras. Houda Akriksz empezó ayudando en la guardería de El Fanal. Y ahora, empuja una cooperativa de mujeres marroquíes. Elaboran dulces. Los venden a fiestas por encargo. Contra la marginación, pastelitos rellenos de dátiles. Dulces de sésamo. Mluza de almendras. Houda, que llegó de niña a España, sueña con vivir de ello. De momento, ya han encontrado un local donde cocinar. “Es una oportunidad para nosotras de conocernos, de ver de lo que somos capaces”, afirma.
Houda piensa en positivo. Imagina que no va a haber derribos. Y se une a la esperanza que se palpa en la Cañada flexible. A la Cañada que camina, a la que está ahí al lado de su casa, en la parroquia, donde el padre Agustín Rodríguez –barbudo, con anorak, campechano de corazón– despliega cada domingo la cruz simple de León Felipe.

La Cañada del centro de formación levantado por Cirugeda, la del futuro corredor turístico con el que sueña ZooHaus. La del museo del reciclaje. La de las esculturas lúdico-participativas de Alejandro Camargo que formarán parte de un todo mayor, de un recorrido elaborado por un equipo de artistas latinoamericanos. Un corredor artístico que quieren bautizar Por el Camino. Un sueño que tendrá, aunque sea en la imaginación de los habitantes de la Cañada, tipografía Hollywood hills.°
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