29/01/2012
LIbros para saltar el muro
Texto de Belén Ginart
Fotos de Carmen Secanella
La mente puede ser muy mala compañera para un preso. Cabe en ella el mundo entero, y dar alas a los pensamientos más negativos acarrea un segundo encierro, aún más severo. Llenar el día de actividades permite sobrellevar un poco mejor la condena. Además de participar en los talleres ocupacionales más variopintos, muchos reclusos descubren en prisión el poder de la lectura. Los libros les ayudan a evadirse de la realidad cotidiana, les incitan a la reflexión y les abren puertas a otros mundos más allá de las alambradas

Sissi (nombre figurado) lee tumbada en la cama de su celda en la prisión de mujeres de Brieva (Ávila). Tiene 55 años y le entusiasma la poesía, en especial Lorca y León Felipe. Viuda desde hace 11 años, no ha olvidado a su marido, “el hombre de mi vida”, aunque se ilusionó con un venezolano que le prometió matrimonio. Cuenta que se marchó a Venezuela para casarse y volvió unos meses después, arruinada y sin boda. “En mi equipaje había cocaína”, admite, pero asegura que ella lo ignoraba. “Me engañó el hombre con el que me iba a casar. Me preparó un doble fondo en la maleta”. Confía en que su estancia en la cárcel sea lo más breve y provechosa posible: procura no tener mucho tiempo libre para pensar.
Un helicóptero rotura el cielo del centro penitenciario A Lama (Pontevedra). El ruido de las hélices ahoga las explicaciones de Esperanza, la educadora, en torno al relato sobre la bondad que ha abierto la sesión de hoy del taller de animación a la lectura. Pese a la insistencia del aparato, no hay razón para la alarma: no va a repetirse aquí una escena de fuga como la vivida en el 2009 en la cárcel de Brujas, que se saldó con la evasión de tres presos peligrosos. No eran los primeros en lograrlo por la misma vía. Esperanza informa a la treintena de asistentes al taller que el helicóptero participa en la extinción de un incendio cercano.
Es probable que más de un interno de A Lama sueñe con escapar. Los pupilos de Esperanza han optado por un medio para conseguirlo que no tiene nada de punible ni delictivo: la literatura. “Las experiencias de otros autores te hacen saltar el muro”, resume Javier, 31 años, más de dos en prisión y cuatro más pendientes, en una síntesis perfecta del espíritu con que muchos reclusos se aferran a los libros.
Manuales de autoayuda, para intentar encajar la situación lo mejor posible y procurar extraer de ella alguna enseñanza positiva. Poesía, para plagiar sin rubor algunos versos, que se harán pasar como propios, en las cartas dirigidas a la persona amada. Textos jurídicos, para hacerse una idea de las penas asociadas al delito cometido o para tratar de buscar algún resquicio que aligere la condena. Y mucha ciencia ficción, aventuras... Se lee desde Vázquez Figueroa hasta Stephen King, desde Pérez Reverte hasta Stieg Larsson, historias que permitan llevar bien lejos la imaginación y abandonar mentalmente el reducido universo de la celda, patio, taller, comedor... donde transcurren los días.
En la cárcel, las preferencias literarias adquieren una lógica propia. Pero lo que es innegable es que se lee, y bastante. No todos lo hacen, ni siquiera son mayoría. Pero para muchos internos, la literatura tiene ese valor impagable que ya le asoció el escritor británico Oliver Goldsmith: “Los libros son compañeros dulces para el que sufre, y si no pueden llevarnos a gozar de la vida, al menos nos enseñan a soportarla”.
De A Lama a Alhaurín de la Torre (Málaga), de la Modelo barcelonesa a la abulense Brieva, con escalas en Lledoners, Joves-Quatre Camins y Wad Ras, también en Barcelona, el periplo por las bibliotecas de los centros penitenciarios españoles permite reconocer un perfil similar de lectores. Del nutrido colectivo de quienes nunca habían logrado acabar un libro hasta su forzoso paréntesis vital, a los lectores impenitentes que llegan con el virus de las letras bien inoculado, pasando por quienes leen porque así lo requieren los estudios iniciados en prisión.
Todos coinciden en que, para digerir mejor las horas de encierro, es preciso llenarlas de actividades. Hay que mantener a raya los pensamientos más tormentosos, intentan no obsesionarse con el encierro pendiente, con el delito cometido, con el recuerdo de la familia, con los nubarrones en el porvenir.
Es probable que más de un interno de A Lama sueñe con escapar. Los pupilos de Esperanza han optado por un medio para conseguirlo que no tiene nada de punible ni delictivo: la literatura. “Las experiencias de otros autores te hacen saltar el muro”, resume Javier, 31 años, más de dos en prisión y cuatro más pendientes, en una síntesis perfecta del espíritu con que muchos reclusos se aferran a los libros.
Manuales de autoayuda, para intentar encajar la situación lo mejor posible y procurar extraer de ella alguna enseñanza positiva. Poesía, para plagiar sin rubor algunos versos, que se harán pasar como propios, en las cartas dirigidas a la persona amada. Textos jurídicos, para hacerse una idea de las penas asociadas al delito cometido o para tratar de buscar algún resquicio que aligere la condena. Y mucha ciencia ficción, aventuras... Se lee desde Vázquez Figueroa hasta Stephen King, desde Pérez Reverte hasta Stieg Larsson, historias que permitan llevar bien lejos la imaginación y abandonar mentalmente el reducido universo de la celda, patio, taller, comedor... donde transcurren los días.
En la cárcel, las preferencias literarias adquieren una lógica propia. Pero lo que es innegable es que se lee, y bastante. No todos lo hacen, ni siquiera son mayoría. Pero para muchos internos, la literatura tiene ese valor impagable que ya le asoció el escritor británico Oliver Goldsmith: “Los libros son compañeros dulces para el que sufre, y si no pueden llevarnos a gozar de la vida, al menos nos enseñan a soportarla”.
De A Lama a Alhaurín de la Torre (Málaga), de la Modelo barcelonesa a la abulense Brieva, con escalas en Lledoners, Joves-Quatre Camins y Wad Ras, también en Barcelona, el periplo por las bibliotecas de los centros penitenciarios españoles permite reconocer un perfil similar de lectores. Del nutrido colectivo de quienes nunca habían logrado acabar un libro hasta su forzoso paréntesis vital, a los lectores impenitentes que llegan con el virus de las letras bien inoculado, pasando por quienes leen porque así lo requieren los estudios iniciados en prisión.
Todos coinciden en que, para digerir mejor las horas de encierro, es preciso llenarlas de actividades. Hay que mantener a raya los pensamientos más tormentosos, intentan no obsesionarse con el encierro pendiente, con el delito cometido, con el recuerdo de la familia, con los nubarrones en el porvenir.

Vicente Sánchez. 62 años, licenciado en Económicas, políglota (domina cinco idiomas) y con tres condenas por apropiación indebida y estafa inmobiliaria que suman una pena de cuatro años de prisión, estuvo diez años esperando su ingreso en prisión. “Me había preparado para esto”, asegura. Y afirma que, “gracias a Dios, aquí tenemos una forma muy agradable de pasar el tiempo, que es la lectura”. Fuera, medita, “hay dos enemigos muy grandes de los libros: internet y la televisión”. Su experiencia le ha enseñado que “hay que estructurarse el día de manera que te pase lo más rápido posible”. Suele simultanear la lectura de tres libros de tono y género diverso, y los alterna según su estado de ánimo. Si puede, lee en sueco, la lengua de su mujer.
Y junto a los talleres (desde cerámica hasta pintura, radio…) y destinos diversos (cocina, economato, peluquería, lavandería…), la lectura cumple una función esencial en el reto de lograr una condena lo más llevadera posible.
“Si me quedara quieta, me volvería loca. Tengo todo el día ocupado, pero las horas que estamos encerradas en la celda también hay que pasarlas. Entonces leo mucho, especialmente poesía, algo que me inculcó mi padre. En la calle me encanta leer en un jardín o en el parque”, cuenta Sissi (así pide ser identificada), de 55 años y con ocho meses en la cárcel de mujeres de Brieva. El fiscal pide para ella tres años de reclusión por tráfico de drogas. “Es cierto, el paquete estaba en un doble fondo de mi maleta. También es cierto que yo no lo sabía”, se defiende resignada, consciente de que muchos reclusos alegan ser inocentes. Optimista y vital, en la cárcel ha tenido ocasión de conocer a diferentes escritores, invitados a departir con los internos mediante un ambicioso programa de animación a la lectura subvencionado por la Obra Social Caja de Ávila. “Me encantó Rosa Montero, y también su libro Instrucciones para salvar el mundo”.
Son pocos los internos que tienen libros propios. Muchos evitan añadir una carga a los suyos solicitándoles un título determinado; algunos ni siquiera tienen quien les visite porque rompieron con su familia, le han ocultado su situación carcelaria (estar trabajando en otro país es una excusa recurrente) o se encuentran lejos. Así que la biblioteca del centro es para muchos reclusos la fuente única donde suministrar argumentos a la afición lectora.
“Me inicié gracias a una compañera mayor que tuve en otra cárcel. Pertenecía al clan de los Charlines y leía muchísimo. Me animó a leer Crepúsculo y ya no pude parar”, cuenta Laura, de 25 años, con condena “por paquete” y una hija en Colombia cuyo recuerdo le acompaña siempre como una amarga desazón. De la autoestima al egoísmo, El caballero de la armadura oxidada, Un mensajero en la noche y El amante son sólo algunos de los muchos libros que ha leído en sus dos años y medio de reclusión. Cuando llegó a Brieva, procedente de otro centro, traía a los funcionarios de cabeza: “La biblioteca está cerrada los fines de semana, pero si se me acababa el libro entonces, me la tenían que abrir para poder coger otro”, recuerda.
Rafael, interno en la Modelo, también tiene una hija fuera, y solía leerle cuentos con la esperanza de transmitirle el gusto por las letras. “Desde joven tuve problemas con las drogas. Aquí leo mucha autoayuda, confío en encontrar ideas para ponerlas en práctica. Antes leía, pero no aplicaba nada. Libros como El monje que vendió su Ferrari me han enseñado que debes ser tú mismo quien ponga la primera piedra para ir edificando, porque la solución está en ti. Y da igual que estemos en un espacio cerrado: el que quiere cambiar, lo hace”, reflexiona.
“Si me quedara quieta, me volvería loca. Tengo todo el día ocupado, pero las horas que estamos encerradas en la celda también hay que pasarlas. Entonces leo mucho, especialmente poesía, algo que me inculcó mi padre. En la calle me encanta leer en un jardín o en el parque”, cuenta Sissi (así pide ser identificada), de 55 años y con ocho meses en la cárcel de mujeres de Brieva. El fiscal pide para ella tres años de reclusión por tráfico de drogas. “Es cierto, el paquete estaba en un doble fondo de mi maleta. También es cierto que yo no lo sabía”, se defiende resignada, consciente de que muchos reclusos alegan ser inocentes. Optimista y vital, en la cárcel ha tenido ocasión de conocer a diferentes escritores, invitados a departir con los internos mediante un ambicioso programa de animación a la lectura subvencionado por la Obra Social Caja de Ávila. “Me encantó Rosa Montero, y también su libro Instrucciones para salvar el mundo”.
Son pocos los internos que tienen libros propios. Muchos evitan añadir una carga a los suyos solicitándoles un título determinado; algunos ni siquiera tienen quien les visite porque rompieron con su familia, le han ocultado su situación carcelaria (estar trabajando en otro país es una excusa recurrente) o se encuentran lejos. Así que la biblioteca del centro es para muchos reclusos la fuente única donde suministrar argumentos a la afición lectora.
“Me inicié gracias a una compañera mayor que tuve en otra cárcel. Pertenecía al clan de los Charlines y leía muchísimo. Me animó a leer Crepúsculo y ya no pude parar”, cuenta Laura, de 25 años, con condena “por paquete” y una hija en Colombia cuyo recuerdo le acompaña siempre como una amarga desazón. De la autoestima al egoísmo, El caballero de la armadura oxidada, Un mensajero en la noche y El amante son sólo algunos de los muchos libros que ha leído en sus dos años y medio de reclusión. Cuando llegó a Brieva, procedente de otro centro, traía a los funcionarios de cabeza: “La biblioteca está cerrada los fines de semana, pero si se me acababa el libro entonces, me la tenían que abrir para poder coger otro”, recuerda.
Rafael, interno en la Modelo, también tiene una hija fuera, y solía leerle cuentos con la esperanza de transmitirle el gusto por las letras. “Desde joven tuve problemas con las drogas. Aquí leo mucha autoayuda, confío en encontrar ideas para ponerlas en práctica. Antes leía, pero no aplicaba nada. Libros como El monje que vendió su Ferrari me han enseñado que debes ser tú mismo quien ponga la primera piedra para ir edificando, porque la solución está en ti. Y da igual que estemos en un espacio cerrado: el que quiere cambiar, lo hace”, reflexiona.

Amil, Miguel, Alberto y Juan (de izquierda a derecha) son los ayudantes de la bibliotecaria de Alhaurín de la Torre. Aseguran que la biblioteca es el mejor destino laboral en la prisión. Aquí encuentran silencio, tranquilidad y la posibilidad de revisar y elegir los libros que harán un poco más amenos sus días en la cárcel.
Las listas de superéxitos tienen en prisión una personalidad caprichosa. Las razones presupuestarias y logísticas acentúan esta singularidad. “Aquí llevamos un retraso de unos dos años con respecto al exterior”, resume Luis, bibliotecario de Wad Ras. Y explica el lapso por la escasa o nula dotación económica para la adquisición de libros. Sin dinero para compras, se nutren de donaciones, muy esporádicas. Algunos bibliotecarios, con encomiable entrega, se las ingenian para cubrir lagunas. Como Ana María, bibliotecaria del centro penitenciario Lledoners, que trata de satisfacer las peticiones de los usuarios buscándoles libros en préstamo en otras bibliotecas.
En cualquier caso, en la cárcel funcionan también el boca a boca y la moda, así que un título determinado puede generar largas listas de espera, informatizadas en los centros más nuevos y bien dotados, como Lledoners, o voluntariosamente anotadas a mano por algún interno en funciones de auxiliar de biblioteca, como en la envejecida Modelo.
A Carmen Sevilla, la responsable de la biblioteca de la prisión de Alhaurín de la Torre, el catálogo “me lo hizo un interno que era alumno de informática, con un programa creado especialmente por él”. Con 18.000 volúmenes recopilados, la biblioteca central de esta prisión malagueña es sólo un espacio de préstamo, pero no de lectura. Su estructura se repite en muchos centros: una biblioteca central, y otras repartidas por los distintos módulos.
En algunas cárceles, previa solicitud, los internos pueden desplazarse para consultar los libros en ese espacio principal. En otras, tienen que conformarse con confiar sus peticiones a un auxiliar, habitualmente un interno. “La biblioteca es el mejor lugar donde se puede estar dentro de la cárcel”, coinciden los cuatro ayudantes de Carmen Sevilla en Alhaurín, el centro donde internos como Vicente Sánchez, economista de 62 años, tratan de burlar la monotonía parapetados tras la página impresa de algún título.
En cualquier caso, en la cárcel funcionan también el boca a boca y la moda, así que un título determinado puede generar largas listas de espera, informatizadas en los centros más nuevos y bien dotados, como Lledoners, o voluntariosamente anotadas a mano por algún interno en funciones de auxiliar de biblioteca, como en la envejecida Modelo.
A Carmen Sevilla, la responsable de la biblioteca de la prisión de Alhaurín de la Torre, el catálogo “me lo hizo un interno que era alumno de informática, con un programa creado especialmente por él”. Con 18.000 volúmenes recopilados, la biblioteca central de esta prisión malagueña es sólo un espacio de préstamo, pero no de lectura. Su estructura se repite en muchos centros: una biblioteca central, y otras repartidas por los distintos módulos.
En algunas cárceles, previa solicitud, los internos pueden desplazarse para consultar los libros en ese espacio principal. En otras, tienen que conformarse con confiar sus peticiones a un auxiliar, habitualmente un interno. “La biblioteca es el mejor lugar donde se puede estar dentro de la cárcel”, coinciden los cuatro ayudantes de Carmen Sevilla en Alhaurín, el centro donde internos como Vicente Sánchez, economista de 62 años, tratan de burlar la monotonía parapetados tras la página impresa de algún título.
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