Suspiros de una Barcelona que se resiste a morir
Barrio chino
Tres calles del remozado barrio del Raval condensan lo que apenas queda de la Barcelona canalla y oscura, refugio de carteristas y derrotados de la vida, un mundo condenado a desaparecer desde hace un siglo y que, ahora, rebautizado como Raval, sobrevive con la llegada de la inmigración y la recuperación urbanística.

Reme, de espaldas, camina por la calle Sant Pau, cerca de "su esquina", en la confluencia con Sant Ramon.
Hace años, en el barrio del Raval, la luz se iba de repente para hacerse cómplice de la mala vida que descargaba el puerto. Ahora, el cruce de tres calles entre Robadors y un antiguo bar de la Sexta Flota en el que todavía sirve copas la hija joven de una vieja "madame" es todo lo que apenas queda de aquella Barcelona oscura y canalla, refugio de carteristas, putas ilustres y anarquistas derrotados. Es un mundo en perpetua decadencia que ya hace más de un siglo que escritores y periodistas describieron a punto de desaparecer.
Reme lleva en la esquina de este barrio desde los 12 años. Un día, un artista callejero dibujó a Olivia, la de Popeye, en un gran pliego de papel de embalar y lo pegó en la arruinada pared de una antigua farmacia, justo sobre su esquina. Quizá sin querer, las dos lucían bien con sus minifaldas y sus medidas tan poco estándar. "Aquí necesito poner yo una placa", dice Reme, celosa de sus propiedades. "Y cuando me muera quiero que esparzan la mitad de mis cenizas en la esquina y la otra mitad delante del Bingo."
La inmigración extranjera ha ido copando el lugar de las prostitutas españolas, y si el fotógrafo Joan Colom (Barcelona, 1921) volviese a pasearse por este barrio con la cámara en la cintura retratando su crudeza, seguro que tendría que vérselas con las cuidadoras de las chicas rumanas que hacen la calle vestidas de sport. Las últimas españolas del barrio chino se van quedando sin sus rincones de siempre. En tiempos pasados, se atiborraban a cafés con leche de bar en bar para matar el hambre. "A las chicas la consumición no nos la cobraban", recuerda Blanca de aquellos años en que llegó de San Sebastián "sin dinero para comprarle ni un chupa-chups a mi hijo" y se plantó con arrojo frente a un toro imaginario.

Blanca, una de las prostitutas históricas del barrio chino barcelonés, en su casa, convaleciente de neumonía.
Entre el barrio chino e Islamabad
Pero de ser una ciudad dentro de la ciudad, el Raval sería hoy Islamabad. Y así como los comercios y los restaurantes mayoritariamente pakistaníes han contribuido a dinamizar un barrio marginal repleto de viejos colmados y decadentes bares Andalucía o Mondoñedo –emigrantes en Barcelona ha habido siempre–, las chicas rumanas han tomado el relevo de las españolas repoblando esta extraña trinchera que sobrevive al tiempo, al acoso inmobiliario y a las redadas policiales.
No semejan, ni de lejos ni de cerca, hermosas princesas del Este. Las chicas más altas, rubias y esbeltas son propiedad de los prostíbulos de la zona alta. Aquí el sexo cuesta sólo 20 euros, y las rumanas son muy jóvenes, pero no demasiado guapas. O quizá sea que les sienta mal la subcultura de la pobreza como a las fachadas de los edificios que aún no han cambiado. Pero como en los cuentos, ocurre siempre que una chica destaca por encima de todas y brilla callada, magnificando el misterio, en una de las mesas del bar La Llesca. Y se acerca a pedir algo a la barra, tan serena y hermosa que cualquiera diría que no se halla aquí sino en un estanque de agua clara.
Lo cierto es que al mirarlas entrar y salir con expresión jovial de ajados portales, es difícil saber cuáles son las que lloraron en el borde de las aceras para volver a casa, cuáles llamaron a las amigas desde Rumanía para preguntar "si hay trabajo", cuáles son verdugos de sus propias compañeras, cuáles suben al cuarto y llaman a su chulo para que robe al cliente bajo amenazas y cuáles descubrieron que si se hinchaban a beber Red Bull no se desmayarían en la ronda Sant Antoni durante las calurosas tardes del verano pasado.

Reme con un cliente habitual frente al restaurante Pollo Rico, lugar frecuentado por prostitutas.
l Raval es una realidad que no se escapa a la conciencia de nadie. La presencia cada vez más numerosa de redes mafiosas que obligan a chicas inmigrantes a prostituirse bajo amenazas y maltratos ha movilizado a la policía de varios países europeos en la lucha contra el proxenetismo. Ellas han llegado, a veces sin los 18 años cumplidos, para que las tristezas sórdidas del barrio chino aún puedan, por desgracia, narrarse sin ser territorio exclusivo de los romanticismos del pasado.
Pero "nos quitan el trabajo", protestan las veteranas. "Prostitutas hemos sido toda la vida, pero ellas han ensuciado el barrio", sentencia Ana, que no sabe leer ni escribir ni tiene casa. Reme, Rosa, Isabelita, Blanca, Marga, Paquita, María. Son las míticas inquilinas de este marsellés extraño submundo de sexo barato en horario decente. Son las últimas prostitutas españolas de aquel barrio chino de Pepe Carvalho y los caballitos blancos que descuidaban el dinero de su gabán a posta en una silla.
Paquita baja muy elegante de su piso del Paral∙lel algunos viernes, con un traje negro y crema que le hace juego con el bolso, un anillo de oro en cada dedo y un clavel rojo recogiéndole el cabello. Tiene 75 años y sigue siendo muy guapa. Fue, según cuenta, vedette en El Molino y se casó con un empresario que la sacó de puta "para putearme él, que en paz descanse y le den mucho por el culo, qué malo era", comenta sin detenerse en más explicaciones. Paquita era de una familia de payeses de Reus, y de pequeña tenía el pelo rubio y muy largo. Lo peinaba con una trenza que recorría su cabeza de izquierda a derecha y que terminaba prendida en un lazo rosa. Un día las monjas del convento le raparon el pelo para castigarla. Su primer novio, "el que me desvirgó", fue un gallego. En el bar de su marido, recuerda, los hombres entraban al verla bailar desde la acera.







