Suspiros de una Barcelona que se resiste a morir
Barrio chino
Tres calles del remozado barrio del Raval condensan lo que apenas queda de la Barcelona canalla y oscura, refugio de carteristas y derrotados de la vida, un mundo condenado a desaparecer desde hace un siglo y que, ahora, rebautizado como Raval, sobrevive con la llegada de la inmigración y la recuperación urbanística.

Blanca y Reme, en un cajero automático en la calle Sant Pau.
La última vez que vi a Paquita fue en un bar que ya no está. La remodelación del Raval se va comiendo los viejos rincones a bocados de gigante. Pronto se alzará en la calle Robadors el edificio de la nueva Filmoteca. Quizás Asim y Ali, los dos reservados camareros pakistaníes del Al Muntaha, empiecen así a tener cinéfilos por clientela. Ahora es como si nunca acabasen de entender qué hacen ellos sirviendo vino y café a putas y borrachos y toda esa gente extraña que forma el club de los antiguos habitantes del barrio. Unas gentes que caminan entre las ruinas de su pasado, sorteando los andamios de un presente especulativo que presiona para que se marchen y pisando ya por la estrecha Robadors los impolutos adoquines de color gris claro que les anuncian el futuro de un Raval límpido y sin triste alma. Un barrio del que los inmigrantes pobres también deberán acabar por marcharse y que, tarde o temprano, dejará de mirar a La Meca y oler a especias.
Marga lleva tiempo sin venir por el barrio chino, tiene piso en Santa Coloma de Gramenet y anda liada con otras cosas. Cuando a Manu Chao le concedieron el Goya por la canción "Me llaman Caye", de la película "Princesas", subió ella a recogerlo y pronunció un discurso en nombre de todas las mujeres de la calle. Sus frases son potentes, como las de Blanca. "No ofende quien quiere, sino quien puede", le dijo en el bar Al Muntaha a uno que bromeaba. Ella y Blanca se corrieron buenas juergas por los bares de San Sebastián en tiempos de Franco, y las anécdotas van tomando color y menos decoro según el whisky Cardhu avanza. Son las más cultas, y también las más guerreras. Empezaron juntas en la batalla de las actuales asociaciones que defienden el derecho de las prostitutas a ejercer su trabajo e interiorizaron el término "trabajadoras sexuales". Pero como en todas las sociedades, en esta también hay disidencias. Y ellas ya no son protagonistas en la ONG Àmbit Prevenció-Àmbit Dona, ni en Lícit, ni en Genera.

Blanca en la calle Sant Pau, y, al fondo, una yonqui.
Feminismos enfrentados
Blanca escribe muchas cartas al director para los diarios del barrio y conoce a casi todos los periodistas que cubren sucesos en la ciudad. Muchos la consideran su fiel confidente. A veces, eso sí, se equivoca con los nombres o dice verdades a medias. En el barrio chino hay acuerdos secretos que nunca pueden contarse e Isabelitas que desaparecen rodeadas de misterio. Blanca es una habitual de los programas de la tele y defiende la profesión a quien esté dispuesto a escucharla. Critica con dureza la ordenanza de civismo de Barcelona, las multas de la Guardia Urbana y a la consejera Tura, que intentó regularizar la prostitución para "sacarla de la calle". Sabe de lo que habla cuando habla del acoso inmobiliario, de los alquileres imposibles y de la especulación que está haciendo cambiar la configuración social del barrio.
"Las ‘mestresses’ cuidaban de los hijos de las trabajadoras sexuales. Nosotras vivíamos, trabajábamos y comprábamos en todos los comercios del barrio: en las zapaterías, en las peluquerías, en las tiendas de ropa y de comestibles. Nuestros hijos han asistido a los mismos colegios que los hijos de los demás vecinos, han jugado juntos y crecido juntos. Pero en 1992 empezó el acoso policial, les molestamos en el barrio porque no pueden construir más pisos, y quieren echarnos. Nos multan, nos detienen en La Verneda y no nos dejan trabajar como antes, cuando todas éramos iguales", dice Blanca, que guarda en su casa todas las notas que salieron en la prensa sobre la prostitución en Barcelona desde el año 1989.

Escena de discusión en el bar Al Muntaha.
Isabelita tenía quizás 70 años y una melena rubia y rizada. José María Garrido, guardia urbano, la encontraba con frecuencia en su esquina. "Ya ves, hijo, aquí estoy, a ver si me pago el aire acondicionado." A Isabelita la conocían todos en la comisaría de la Rambla porque siempre pasaba preguntando por Michael. "Michael debió de ser un marinero americano de aquellos de la Sexta Flota que venían por el barrio chino. ‘Si lo veis por aquí, decidle que tengo un hijo suyo y que quiero hablar con él’, nos decía." Y nosotros le seguíamos el cuento: "No se ha pasado por aquí hoy, pero tranquila, en cuanto lo veamos le damos el recado." Un día de marzo del 2006 el inspector llamó a José María para preguntarle qué sabía de Isabelita. "Yo pensé que le habrían puesto una multa o algo así. Pero en seguida me dijeron que la habían encontrado muerta en un descampado de Montjuïc. Era muy mayor, me imagino con qué clase de hombres tendría que irse…, y la mataron a golpes a la pobre." Isabelita vivía en El Masnou, y José María la veía a veces tomando el tren. De joven la llamaban "la muñequita de la Rambla" porque era muy guapa. Casi no hablaba con nadie, y no es fácil seguir el rastro de su vida. Por eso, confundido, un periodista publicó el pasado verano que Isabelita era una señora de nombre Isabel que solía sacar a pasear a su perro por Sant Rafael, ajeno a la noticia de su triste muerte.
Es una forma más de violencia contra la mujer… No es una profesión, sino una forma de esclavitud... Es opresión, falta de cultura, vejación, mercantilismo cruel... Machismo... Son argumentos recurrentes para quienes, feministas o no, se oponen a la prostitución. Blanca, sin embargo, se contempla en otro más de a pie de calle: "Los órganos sexuales son una zona del cuerpo que te sirve para sentir placer y también para ganar dinero". Tan simple, o no, como decir esto, pero difícil de objetar. La única respuesta que ella dio a un reportaje hecho a base de no hacer preguntas fue ésta: "Mi vida sexual es igual a la de cualquier persona y no tiene nada que ver con mi trabajo. Sé distinguirlo perfectamente".
La historia de las mujeres del barrio chino es una historia más de miseria e injusticias sociales. Similar a cualquier otra. A veces, sin darle mucha importancia, alguna comenta que lloró debajo de un hombre esperando a que terminara "del asco que me daba". Otras veces dejan entrever historias de abusos y malos tratos por las que te dejan discurrir apenas casi rozando. Cuando hablan de las rumanas, cuentan que no viven con tanto drama su mala vida "porque ellas ya vienen de su país acostumbradas" a las palizas y los malos tratos. Lo dicen ajenas a su vida porque detenerse a mirar de frente las desgracias propias siempre cuesta un poco. Y no sirve de nada.








