Suspiros de una Barcelona que se resiste a morir
Barrio chino
Tres calles del remozado barrio del Raval condensan lo que apenas queda de la Barcelona canalla y oscura, refugio de carteristas y derrotados de la vida, un mundo condenado a desaparecer desde hace un siglo y que, ahora, rebautizado como Raval, sobrevive con la llegada de la inmigración y la recuperación urbanística.

El bar Andalucía, en la calle Robadors, suele ser merodeado por mujeres y clientes.
A finales del 2006, una operación policial llamada Constanza limpió de proxenetas el barrio chino en un impresionante despliegue que empezó de madrugada y que se prolongó durante toda una tarde. La policía detuvo a 110 personas mientras las cámaras de televisión corrían de portal en portal para no perderse la toma del día. Rosa llegó de la Barceloneta en el bus 14 de media mañana, con los labios pintados, como siempre, de un rojo muy rojo. Viene cada día y sólo confiesa su edad al oído, porque ya son más de setenta. "Y ahora, ¿adónde vamos?", preguntaba asombrada. Acababan de precintar los dos "meublés" de Sant Ramon y de llevarse detenida hasta a la señora jubilada que limpiaba las habitaciones del Mairena, según contaba Juan, que vive en el piso de arriba con sus muchos gatos y que ese día se hacía el despistado.
Frente al bar Marsella, allí donde ahora sólo beben absenta los turistas, varias mujeres conversaban recién entrada la tarde, el día de la redada. "Si no fuera porque llegaron las rumanas, aquí no quedaba nadie", decía una aludiendo a que son las rumanas las que generan más movimiento de trabajo en el barrio y llenan de clientes las habitaciones de los "meublés". "¿Que gracias a ellas sobrevive el barrio?", se interroga otra. "Quien ha dado de comer a muchas bocas en el barrio fue Mairena", responde.
La puerta de la casa de Mairena está siempre abierta. Es extraño que sólo haga falta subir las escaleras de un viejo inmueble para acceder al rellano de un mundo fascinante y dramático, el mundo de los viejos "meublés" del barrio chino que habita Mairena cuando está lejos de los focos de las televisiones. Sentada en el recibidor, sin maquillaje, y bajo un enorme póster que la retrata, casi no parece ella. Es Carmen de Mairena, la irreverente transexual de enormes labios que se hizo famosa en "Crónicas Marcianas" por frases como "yo tengo mucho talante tanto por detrás como por delante". Pero lejos de la vorágine mediática que la modeló icono "freaky" para causar la risa, aquí Mairena es una artista querida y respetada. Las arrugas delatan los años que lleva a cuestas, y en el barrio su aspecto no destaca más que el del resto de los que por aquí pasan. Con batín y cara triste, poco en ella recuerda a su personaje.

Un travesti enseña los pechos en la rambla del Raval.
Cuando en la redada se la llevaron detenida, Blanca recogió firmas para defender su honor y todas firmaron. "Nosotras ponemos la mano en el fuego por Mairena", decían. "Mairena no es capaz de subirse a un avión, qué va a andar trayendo chicas rumanas." La popular artista estuvo dos o tres días en la comisaría de La Verneda, durmió en el suelo, pero no la maltrataron. Acordó con su abogada no hablar con los medios sobre la detención. De todas maneras, parece no tener muy claro qué ha hecho mal. No es la primera vez que se la llevan. Con Franco lo hacían por marica y esta vez fue por proxeneta. El inmueble en el que vive ya tiene historia, pues carga con la triste leyenda de haber albergado prostitución infantil en tiempos de posguerra.
Las chicas entran y salen de las habitaciones prestando su cuerpo en diez minutos a unos clientes que ahora son mayoritariamente negros y latinoamericanos. Las españolas dicen que los inmigrantes "te dejan machacada", los subsaharianos menos, pero ellas procuran irse sólo con los de aquí de siempre. Hay determinadas cosas que las veteranas no hacen. Las rumanas, en cambio, son tan jóvenes que es como si ni el más sórdido de los escenarios pudiera derrotar la inocencia de sus pocos años.
Van siempre delante de los hombres, los conducen a sus dominios de habitaciones de época pasada con un desparpajo que conmueve y al rato se van, bajan la escalera a los saltitos de quien tiene un día alegre, se detienen a comentar en el rellano alguna noticia local que salió en el diario "Metro" y vuelven a buscar más clientes. Siempre delante de ellos, ajenas a ellos, porque no los miran. "Juan, haz la cama", dice Mairena, y él se levanta, estira las sábanas y rocía el cuarto con un ambientador. Mientras, en la cercana calle Robadors aún salen hombres abrochándose la bragueta de un portal.
Cuando la vida se nos hace demasiado dura, sus escenas se cubren a veces de un halo de irrealidad, por eso cuando llegas a lo alto del "meublé" de Mairena te sientes como Alicia cruzando el espejo de un rellano mágico cosido a retazos de tristezas venéreas. Sólo el entrañable Jesús el loco canturreando abajo entre los "pajilleros" que llevan aquí toda la vida mirando el ir y venir de las mujeres en la confluencia de tres calles te devuelve a la realidad. Los "pajilleros", como ellas los llaman, no son clientes, sólo miran y chismorrean. Están un escalón por debajo de las putas, aunque bajen bien vestidos de sus hogares.

Escalera que conduce a un "meublé" del barrio chino.
Los locales modernos de la Barcelona nocturna y de diseño se han venido también al barrio chino y coexisten en el espacio con el viejo aliento del barrio sin entremezclarse con él como sí han hecho los inmigrantes. Dicen que frente al gato de Botero de la rambla del Raval imploran suerte los pakistaníes al llegar. Muy cerca, en el Madame Jazmin, que toma el nombre de una mujer que acunaba en la Rambla de las flores un muñeco sin cabeza, los platos de ensaladas han heredado el nombre de antiguas prostitutas del barrio.
Nombrar las calles del antiguo barrio chino evoca en el imaginario de la mayoría de los barceloneses la idea de peligro, de prostitución de bajos fondos y de inmigración ilegal. Aun así, ahora ya hay muchos hoteles y nuevos restaurantes. Los turistas más jóvenes y los ciudadanos de paso comienzan a adentrarse y a callejear y habitar sin miedo este barrio. De aquí, como dice Blanca, cada uno ve y cuenta su verdad. Pero cuando te adentras en las ruinas por las que todavía discurre la vida, el barrio chino huele a aliento de prostíbulo y arrabal. Y como esos tangos que cada martes canta Mayte en el bar Pastís, rodeada de amarillentas fotos de Edith Piaf, sólo cabe imaginar el paraíso a través del cristal oscuro del bar Alegría mientras en el local Al Muntaha la gente se reúne entre arrugas y risas a llorar su vida. A belleza amarga y antigua del tango sigue sonando hoy el perpetuo naufragio del Raval.







