20/04/2008

Soldados del fútbol

Texto de Domingo Marchena
No hay rosa sin espinas ni fútbol sin ultras. Los del Manchester United, con su red army o ejército rojo al frente, se hacen notar por sus excesos. ¿Cuál es el origen histórico de su afición a la bebida? ¿Es tan fieramente ebrio el dragón como lo pintan? Barcelona lo descubrirá el miércoles, día de Sant Jordi, en la ida de las semifinales de la Champions
Cuando la infantería británica que conquistó medio mundo formaba, ya fuese en línea o en cuadro, necesitaba sentir la proximidad de sus compañeros de armas. Prietas las filas, no había huecos que ofrecer al enemigo. Algo de eso trae a la memoria esta foto, en la que el campo de batalla ha sido sustituido por las gradas del estadio del Manchester, y las casacas rojas, por la desnudez o las camisetas de este nuevo red army.
En la Inglaterra de Drake y de Nelson, nadie quedaba grogui por un puñetazo, sino por abusar del grog, una bebida marinera a base de ron

Expertos como el británico David Chandler, autor de la summa bonapartiana Las campañas de Napoleón (La Esfera de los Libros), o el ruso Oleg Sokolov, caballero de la Legión de Honor y autor de L’Armée de Napoléon y Austerlitz (ambas en Editions Commions, aún no traducidas del francés), también han destacado la importancia que el alcohol tuvo para bien o para mal en las guerras que desangraron Europa hasta el siglo XIX. Pero de la misma forma que los hinchas británicos no tienen el monopolio de nada y ultras del fútbol los hay en todas partes, también los ejércitos de otros países y otros tiempos supieron lo que era una buena curda. La profesora de la Universidad de Bristol Catherine Merridale recuerda en La guerra de los ivanes (Debate) la confesión que le hizo un veterano soldado soviético: “Podríamos haber ganado la guerra a los nazis dos años antes si no hubiéramos estado tan borrachos”. Antony Beevor, otro ex militar e historiador británico, aireó en sus monumentales Stalingrado y Berlín (Crítica) que muchos rusos murieron envenenados al confundir con licor las botellas de anticongelante que la Wehrmacht abandonaba en su huida.
Aunque algunos militares británicos puedan tener problemas esporádicos con la bebida en la actualidad, como demuestra el archivo fotográfico de The Sun sobre el príncipe Enrique, nada que ver con el pasado. En 1868, las HM Majesty’s Armed Forces tenían en sus filas a 186.508 hombres. Ese año, más del 13 por ciento de ellos fueron sometidos a consejo de guerra. Tras la mayoría de sus delitos e insubordinaciones estaba el alcohol. Quizá en otros ejércitos, incluido el español, esa lacra fuera aún peor, pero ninguno como el británico ha tenido la honradez de dejar constancia de ello y de abrir sus archivos a los investigadores. Lo mismo podría decirse de los hooligans: ni todos los seguidores del Manchester United, uno de los grandes dominadores del fútbol inglés, son hooligans, ni todos los hooligans tienen por qué ser seguidores de clubs británicos.
Mientras en el fútbol unos se dan a la bebida por su concepto de la diversión o por pura dipsomanía, en la guerra otros lo hacen –lo hacían y, por desgracia, lo harán– para ocultar su cobardía o por otras infinitas razones. Casi siempre, no obstante, las bebidas, u otras drogas en épocas más recientes, son el único pasaporte para evadirse del horror. Un ex comisario político que sufrió el cerco de Stalingrado y que luego persiguió a las tropas nazis hasta Berlín explicó a la ya citada Catherine Merridale: “La constante embriaguez parecía aliviarnos de la maldad de todo lo que pasaba a nuestro alrededor”. Lo mismo sostiene el novelista estadounidense Tim O’Brien, veterano de Vietnam y autor de Las cosas que llevaban los hombres que lucharon (Anagrama).
En ocasiones, el alcohol no es una elección, sino una imposición. La mayoría de las tropas que el Reino Unido desplazó a la península de Crimea cuando declaró la guerra a Rusia, en 1854, se tuvieron que alimentar exclusivamente de ron y galletas, además de carne salada en mal estado que ocasionaba a los soldados graves problemas digestivos. Aquel episodio no ha pasado a la historia por la catastrófica ineptitud de la intendencia, sino por la no menos catastrófica y suicida carga de la Brigada Ligera en Balaclava, un sacrificio tan inútil como heroico, inmortalizado por el poema épico
de Alfred Tennyson (“en el valle
de la Muerte, cabalgaron los seiscientos”). Durante generaciones,
los escolares británicos se han aprendido de memoria esos versos, sin saber si eran una elegía del patriotismo o una denuncia de la barbarie.
Las batallas aflojan los esfínteres a los soldados y la imaginación a los poetas. ¿Qué podían hacer lanceros a caballo contra las posiciones de artillería rusas? En opinión de lord Tennyson, “cumplir con su deber y morir”. Pero sólo a quienes nunca les ha salpicado la sangre les da por ver gloria y honor donde no hay más que vísceras y miembros cercenados. La guerra es otra cosa, como sospecha el protagonista stendhaliano de La cartuja de Parma, que pasó por Waterloo sin enterarse de nada. Geoffrey Regan, un conocido estudioso de la historia militar, asegura en su lúcida obra Guerras, políticos y mentiras (Critica) que “la idea de que hay alguna nobleza en la guerra es un absurdo. Los campos de batalla son lugares llenos de sangre, de trozos de cuerpos, de heces, de pánico y de dolor, de monstruosidades y de las peores formas del comportamiento instintivo”.
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de: Francesc Risalde | 21/04/2008
Buen reportaje sobre la barbarie hincha de tantos y tantos equipos de fútbol, la relación batalla-deporte creo que es acertada, incluso iría mas allá de eso... racismo. No dejéis de ver una exposición en caja Madrid sobre el tema, muy bien documentada: "Pasión en las gradas". Dejo link :http://video.alisys.net/cajamadrid/obrasocial/pasionenlasgradas/index.html
de: Pere Olcina | 18/04/2008
Roiníssim reportatge, damunt sense trellat, heu embrutat el que jo considerava un escaparate setmanal de bones notícies i documentació, si bé és cert que jo com a estudiant espanyol resident a la Bretanya, considere que són més violents els "hooligans" que "mosatros". Pense que -Domingo Marchena- està molt be informat de literatura bélica però veig un reportatge sense connexió i amb/en la pitjor de les pitjors comparacions.
17 de agosto
17 de agosto
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