Memorias del este

Alma Stojanovic 39 años.
Bosnia
"En abril de 1992 estalló todo. Soy musulmana, y mi marido era mitad serbio y mitad croata. Vivíamos en Samac, al norte de Bosnia; yo trabajaba como economista, y teníamos un hijo de año y medio, Nebojsa. Los tanques llegaron de noche. Nos habíamos prometido que no dejaríamos que ocurriera lo que en el resto de Yugoslavia. Me quedé hasta el 17 de mayo, cuando me obligaron a salir con mi hijo. Mi esposo, Zeljko, se quedó defendiendo la ciudad y murió ese mismo día, aunque no me enteré hasta seis meses después. Estuvimos un año en un campo de refugiados en Istria, en el norte de Croacia, y luego en Alemania. En Istria conocí a Carles, voluntario de una ONG. Nos enamoramos, y en 1996 me vine a España y nos casamos. En el 2000 nació Damir. Ahora soy contable en una pequeña ONG, Setem. La historia de amor se desvaneció, y nos separamos. Todo lo que pasé me ha servido para ser más fuerte y apreciar mucho lo que tengo. Los españoles no valoran en absoluto todo lo que poseen. Pero tendrá que aprenderlo."

Una de las casas donde trabaja como empleada del hogar
60 años. Ucrania
“Soy de la región Ivano-Frankivsk, en los Cárpatos. No tengo estudios y trabajé en lugares muy diversos. Tras la caída de la Unión Soviética y la independencia de Ucrania, la situación empeoró mucho. En 1999 decidimos, con mis dos hijos y sus familias, que emigraría para intentar ayudarles. Estaba sola porque mi marido ya había muerto. Pagué 1.500 dólares a una agencia que organizaba el viaje y conseguía papeles y trabajo en España. Pero era falso; el responsable, un armenio, nos alojó a 28 personas en un piso de tres habitaciones durante dos meses. No podíamos salir porque nos dijo que, sin conocer el idioma y sin papeles, la policía nos extraditaría. A los dos meses, ya sin dinero, me echó a la calle. Sobreviví gracias a las monjas de una iglesia. Me consiguieron trabajo de limpieza y al cabo de un año, llegó mi hijo Iván, su mujer, Anna, y mis nietos Basil e Ivanna. Me levanto a las 6 y limpio unas oficinas de 7.30 a 9.30; luego, una casa de 10.30 a 14.30; otra, de 15.30 a 18, y otras oficinas, de 19 a 22. Con el dinero que le envío a mi hija en Ucrania, estamos arreglando una casa en mi pueblo, adonde espero volver.”

Claudia Circur
30 años. Rumanía
“Siempre he estado enamorada de Barcelona. Conocía la ciudad por guías y programas de televisión. Soy de una familia de clase media, tengo dos hermanas y vivíamos en Transilvania. El fin del comunismo hizo que unos pocos se enriquecieran y la mayoría se empobreciera. Llegué a Sabadell en 1999. Mis hermanas mayores ya estaban allí, y al principio fue muy duro. Yo tenía estudios de contabilidad, pero tuve que trabajar cuidando a una anciana, en una panadería y, después, limpiando y planchando en casa particulares. Al cabo de unos años, mi situación empezó a mejorar. Al mes de llegar entendía absolutamente todas las palabras –el rumano es una lengua latina–. Conocí al que ahora es mi marido, Jonatán, en una fiesta familiar rumana. Al poco, empecé a trabajar con él, en una financiera que se ocupa de temas inmobiliarios. Ya hablo catalán y dedico todo mi tiempo libre, como testigo de Jehová, a predicar las buenas nuevas sobre el reino de Dios en este mundo atribulado. Estoy muy a gusto aquí. Mi horizonte está abierto de par en par.”








