Apoteosis Zaragoza

Uno de los enclaves urbanos donde más se nota la renovación es la plaza del templo del Pilar. El espacio ha ganado luminosidad y calidad. Uno de los contrastes de esta Zaragoza que se ha puesto al día del siglo XXI se concreta en el juego entre el cartel de la zona wifi y la sombra alargada del templo mariano.
El alcalde Juan Alberto Belloch reconoció en su parlamento inaugural que la sobriedad característica de Zaragoza ha sido aparcada. Los zaragozanos están ebrios, milagrosamente, porque lo han conseguido gracias al líquido incoloro, inodoro e insípido. Valga la frase de Keynes, sin que nadie se sienta identificado con el sujeto, de que se puede llevar un caballo al agua, pero no obligarlo a beber.
Zaragoza sí ha bebido, sedienta por largos años de olvido, encerrada entre tópicos provinciales y déficits estructurales. Ha respondido al impulso de una fuerza centrífuga que persigue situar a la capital de Aragón en el mundo, en el escaparate, como tercera vía entre Madrid y Barcelona. A medio camino de la una y de la otra, y una oferta de tierra franca para captar a empresas que quieren influir a uno y otro lado.
Su aspiración se dirige hacia la configuración de una plataforma logística con ambición de liderazgo en el sur de Europa. A rebufo de esta onda expansiva, de las sinergias como se dice ahora, los líderes locales y autonómicos no esconden su deseo de que Zaragoza se convierta, en pocos años, en la tercera ciudad de España.
La Expo es un acicate. “Cuando surgió esta idea, la gente no creía mucho en ella, por el victimismo y el complejo que siempre ha lastrado a los aragoneses.” Así lo ha reconocido recientemente Mario Gaviria, el sociólogo que hace 25 años publicó el libro Zaragoza contra Aragón y que no hace mucho le ha dado la vuelta en su Aragón es Zaragoza, escrito en colaboración con David Baringo.








