30/01/2011

Cerco a una enfermedad invisible

Texto de Jordi Rovira
Fotos de Tino Soriano
Más de dos millones de españoles desconocen que tienen los riñones enfermos hasta que ya es demasiado tarde. La insuficiencia renal daña silenciosamente un órgano vital. Esta enfermedad afecta cada vez a más personas en todo el mundo hasta el punto de que la OMS no ha dudado en calificarla como una epidemia
Lejos queda aquel 23 de febrero de 1957, cuando tuvo lugar la primera sesión de diálisis en España. Fue en el hospital Dos de Mayo de Barcelona, a cargo del doctor Emilio Rotellar, quien usó un riñón artificial que seguía el modelo fabricado en los años cuarenta por el holandés Willem Kolff, padre de la hemodiálisis. Se calcula que por aquel entonces fallecían entre 6.000 y 7.000 españoles al año por la inexistencia de un tratamiento sustitutivo del riñón.

“¡Cómo ha cambiado todo! Cuando empecé a trabajar, la hemodiálisis era manual, mientras que ahora todo funciona con ordenadores y el tratamiento es personalizado”, recuerda Ester Arribas, enfermera del servicio de nefrología del hospital Gregorio Marañón de Madrid con tres décadas de experiencia a sus espaldas.

Medio siglo después de aquella primera diálisis, la mitad de los 45.000 españoles que necesitan un tratamiento renal sustitutivo se dializa sin problema alguno tres veces por semana en alguna de las miles de máquinas de hemodiálisis que hay distribuidas por todo el país y que permiten que los ciudadanos con insuficiencia renal crónica cuenten con un sistema de depuración de la sangre que elimine las sustancias tóxicas, ante la imposibilidad de que sus riñones realicen esa función básica. La otra mitad ha recibido un trasplante que todavía les funciona.

La diálisis es la gran diferencia respecto a otras patologías que afectan a otras partes del cuerpo –como el corazón y el hígado– donde no existe ningún tratamiento sustitutivo y todo depende de la llegada a tiempo de un órgano para trasplantar. En cambio, en el caso del riñón, no sólo se evitan esa angustia sino que, además, las máquinas de hemodiálisis cada vez son mejores. Los últimos modelos incluso disponen de biosensores que se adaptan a las variaciones que detectan en la sangre del paciente. “Antes teníamos un Seat 1500 y ahora vamos con un Rolls Royce”, ilustra Jordi Bonal, uno de los responsables de diálisis del hospital Germans Trias i Pujol (Badalona).

Además de las mejoras en la hemodiálisis, en los últimos años se está apostando fuerte por la diálisis peritoneal, un sistema que consiste en que el peritoneo suple la función del riñón como filtro para limpiar la sangre. Este tipo de diálisis es mucho mejor para el cuerpo al tratarse de un tratamiento continuo (el paciente realiza cuatro recambios de líquido peritoneal a lo largo del día en pequeños intercambios de media hora o bien durante la noche) y es más cómoda al tener lugar en la residencia del enfermo. Otro argumento a favor es su coste. Al no existir gastos en transporte ni personal, un paciente en hemodiálisis peritoneal cuesta a la sanidad pública unos 25.000 euros anuales frente a los 40.000 de la diálisis tradicional.

Sin embargo, sólo el 6% de los pacientes españoles opta por la peritoneal, uno de los porcentajes más bajos de Europa. Y en parte se explica por la desinformación. Una encuesta de la Seden cifró en un 60% los pacientes renales que desconocen la posibilidad de dializarse en su domicilio, lo que les daría mayor independencia y un ritmo de vida más normal.

Lo que nadie desconoce es la posibilidad de recibir un trasplante que les permita llevar una vida sin las ataduras y las limitaciones propias de la diálisis. Las más de 4.500 personas en España en la lista de espera para recibir un riñón de cadáver pueden ver cumplido ese deseo gracias a una técnica que finalizó con éxito por vez primera en 1954, cuando se realizó el primer trasplante de riñón de la historia. Este fue entre gemelos univitelinos –genéticamente idénticos– y tuvo lugar en el hospital Peter Bent Brigham de Boston. A su impulsor, el doctor Joseph Murray, aquel hito histórico le valió el premio Nobel, y al joven Richard Eric el riñón de su hermano Ronald no sólo le salvó la vida, sino que además le permitió conocer a una de las enfermeras del hospital, con quien se acabó casando.
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de: antoni tarrida viñas | 31/01/2011
els ronyons , un problema

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