29/01/2012

LIbros para saltar el muro

Texto de Belén Ginart
Fotos de Carmen Secanella
La mente puede ser muy mala compañera para un preso. Cabe en ella el mundo entero, y dar alas a los pensamientos más negativos acarrea un segundo encierro, aún más severo. Llenar el día de actividades permite sobrellevar un poco mejor la condena. Además de participar en los talleres ocupacionales más variopintos, muchos reclusos descubren en prisión el poder de la lectura. Los libros les ayudan a evadirse de la realidad cotidiana, les incitan a la reflexión y les abren puertas a otros mundos más allá de las alambradas
Romeo. Condenado a seis años y cuatro meses por “pelea multitudinaria”, lee los Enigmas sin resolver de Iker Jiménez en la cama de su celda en el centro penitenciario de Quatre Camins. Allí empezó a estudiar bachillerato. Lee para “despejarme y olvidarme de los problemas”. Cuenta que si el libro le gusta mucho, “leo poco rato para que me dure más tiempo”.
El tamaño, la antigüedad, la densidad y la dotación del centro, así como el talante y la personalidad del bibliotecario, mediatizan la relación con los reclusos. En Wad Ras, tan pequeño que resulta casi familiar, el responsable de la biblioteca, y también el director de la cárcel, llaman por su nombre a cada una de las internas, conocen su historia personal, les preguntan por sus hijos, por su familia, conocen sus gustos lectores.

En A Lama, Esperanza trata de usted a todos los reclusos, y en Brieva, las internas se benefician de la devoción por la literatura que transmite Gloria, pedagoga del centro y responsable del programa de animación a la lectura (tarea que comparte con Antonio, gestor de formación).
En la masificada Modelo, a la bibliotecaria se le agota el tiempo en gestiones de oficina y almacén. En Lledoners y Joves-Quatre Camins, las bibliotecas respiran el entusiasmo contagioso de sus responsables, que no se cansan de organizar talleres literarios y clubs de lectura y proponer recomendaciones a unos usuarios que han aprendido a confiar en su criterio.

“En la calle me gustaba más jugar a fútbol que leer, nunca había acabado un libro. Yo me empecé a aficionar porque vi a algunos compañeros muy enganchados a la lectura, y como mi destino, en el economato, me deja mucho tiempo libre, le pedí a Adriana, la bibliotecaria, que me recomendara algún título. Empecé con El niño con el pijama de rayas y lo acabé en una semana. Me atrapó, y dije: ‘Quiero más’. Siempre le pido que me pase libros con la letra grande y que no sean muy largos. Tengo la suerte de que en el economato hay mucho silencio, nadie grita. En la celda no puedo leer apenas porque mi compañero tiene siempre la televisión encendida”. Sergio (nombre supuesto, como el de muchos de los entrevistados) es un boliviano de 22 años interno en el centro de Joves. Lleva tres años en la cárcel, justo desde su llegada a España (fue directo del aeropuerto a prisión “por complicaciones con su equipaje”) y ve en los libros una forma de “lograr que el tiempo pase más rápido” mientras se procura una cultura que nunca antes le había interesado. “Lo comparo con construir una casa. Ahora estoy poniendo los cimientos. Cuando sean sólidos, ya leeré algún libro más gordo”, dice.

Romeo, condenado a seis años por “pelea multitudinaria”, llegó a la cárcel con la afición a la lectura ya prendida, pero aquí se le ha acentuado. “Me ayuda a olvidarme de los problemas”, cuenta.

La luminosidad de la biblioteca de esta penitenciaría, donde Sergio y Romeo se aprovisionan de libros, contrasta con el aire lúgubre de la de la Modelo. Está en un sótano, allí donde se encontraban los antiguos calabozos. En sus funciones actuales, estas dependencias cuentan con una nave central que se ramifica en diferentes salas de reducido tamaño, todas con el mismo mobiliario austero. En una de ellas, los fieles musulmanes montan y desmontan su particular mezquita con sólo descalzarse, orientarse hacia La Meca y reclinarse para decir sus oraciones. Lo cuenta Elías, portugués, quien asegura que siempre trata de evitar estas manifestaciones de religiosidad para poder concentrarse en la lectura de las noticias del periódico. La literatura la reserva para la celda, donde encuentra el recogimiento que la biblioteca le escatima: “Aquí suele haber mucho ruido”.
Sergio. Boliviano de 22 años, lleva tres en el centro penitenciario de jóvenes por tráfico de drogas: los mismos que lleva en España. Fue detenido a su llegada al aeropuerto de Barcelona. Está destinado en el economato (en la foto), donde tiene tiempo y tranquilidad para leer. Acostumbra a simultanear libros y estilos, como Kakfa y Jordi Sierra, y le gustaría extraer alguna enseñanza que aplicar a su vida
En su cuarto no se limita a leer: también escribe a menudo, una afición compartida con muchos otros reclusos. Como José Luis Pérez, 33 años, lector desde siempre, que ha aprovechado su internamiento en A Lama para escribir una novela, Fuera de juego, “que es como nos sentimos muchos aquí”, dice. Acusado de narcotráfico y tenencia ilícita de armas, le gustaría que la literatura le proporcionara “otra manera de ganarse la vida”. La misma que, paradójicamente, la cárcel ha dejado en suspenso para Pedro ­Altamirano.

Escritor, editor, artista y empresario, afirma que entre los muros de la cárcel de Alhaurín no encuentra el sosiego necesario para concluir la novela y la obra de teatro que tenía entre manos. “No logro la concentración precisa”, admite. Tampoco puede leer todo lo que le gustaría: “El tiempo que estás leyendo te evades. Pero no soy capaz de leer algunas cosas, porque me derrumbo”, cuenta, y explica que en prisión su vena artística y su sensibilidad se han concentrado principalmente en la pintura.

Un buen lugar para encontrar a presos enganchados a los libros es el geriátrico de la Modelo, una especie de oasis de sillas al sol, salita con televisor y celdas bien ordenadas reservado a los internos de mayor edad y a quienes, por diversas razones, no pueden estar con los reos comunes. Como Michael, que en ocho meses leyó 140 libros y agotó todos los títulos en inglés de la biblioteca. O como Vicenç, de 57 años, empresario atrapado en una madeja de números difíciles de cuadrar, que se protege en el geriátrico de las amenazas de sus ex compañeros de celda, molestos por sus incontrolables ronquidos. “Aquí he estudiado la ESO y he hecho diversos cursos. En las horas libres he leído un centenar de libros. Es una muy buena manera de pasar el rato”, sentencia. Describe su predilección por la historia, en especial sobre las dos guerras mundiales. Los sábados por la tarde participa en una actividad que consiste en la lectura compartida de la Biblia.

El libro de cabecera de Sinaida, interna en Wad Ras, es también un texto sagrado, en su caso el Corán. “Lo he leído dos veces y ahora lo he vuelto a empezar. Pero aquí es difícil porque antes de leerlo te tienes que lavar las manos, los codos, no puedes tener la regla y, sobre todo, no te lo puede tocar nadie”, cuenta esta joven hija de chilena y libanés en tratamiento con metadona que se entusiasmó con las peripecias de No sin mi hija y asegura preferir las historias verídicas, “porque para aventuras ya me bastan las mías. Ahora he pedido que me consigan la biografía de lady Di”.
José. En el corredor vacío del módulo donde se encuentra su celda en la Modelo. Para él, como para el resto de los internos de la cárcel barcelonesa, la biblioteca es uno de los lugares donde encontrar tranquilidad, leer los periódicos y escatimar horas al patio. Para poder encontrar sitio donde sentarse, los reclusos hacen cola desde un buen rato antes de que la biblioteca abra sus puertas
Inés, encausada por robo con violencia, quiere que sus lecturas le sirvan “para conocerme a mí misma y salir reinsertada”, y lo intenta con manuales de psicología y pedagogía.

Todos coinciden en que adaptarse a la cárcel es doloroso y arduo. “Todo lo que conocía se quedó atrás”, ilustra el brasileño Weverton, que en una semana en el módulo de aislamiento leyó cinco libros, una proeza para quien nunca antes había pasado de las primeras páginas. Rosalinda cuenta que su llegada a la cárcel fue menos traumática gracias a la literatura: en ella encontró la acogida y la compañía que necesitaba para asumir la nueva situación.

La imagen del libro como mejor amigo difumina su halo de tópico cuando los reclusos desgranan su relación con la literatura. Como Ramón, cultísimo visitante regular de las cárceles (lleva 30 años entrando y saliendo de ellas por culpa de las drogas), que más de una vez ha conseguido mantener la calma en el módulo de aislamiento gracias a un buen título. O como Robert, que ha diseñado un minucioso plan para procurarse una sólida formación (entró en la cárcel con 18 años para cumplir una condena de 17) que incluye lecturas de manuales de informática, de mecánica, de filosofía y clásicos de la literatura que considera imprescindibles: “Antes hacía deporte, ahora lo he dejado. Prefiero aprovechar este cementerio para aprender algo. No quiero que el tiempo que pase en la cárcel sea un tiempo perdido. Mi libro preferido es Frankenstein, de Mary Shelley, no porque la historia sea muy buena sino por su trasfondo moral. Te enseña que debes aceptar las consecuencias de los actos que cometes”.

La prisión les ha privado de libertad física; los libros les permiten viajar mentalmente, volar más allá del recinto fortificado donde se encuentran para saltar, aunque sea por un rato, a otros mundos libres de rejas. Saltar el muro, sin miedo a herirse con las púas de las alambradas.
Sociedad anterior 1 | 2 |
Le invitamos a que sea el primero en comentar esta información.

Por seguridad copia en la casilla de texto el código que aparece en la imagen inferior antes de enviar el formulario con tus datos.

captcha Escribe el código que aparece en la imagen
20 de mayo
20 de mayo
Publicidad
Buscar en