20/04/2008

Soldados del fútbol

Texto de Domingo Marchena
No hay rosa sin espinas ni fútbol sin ultras. Los del Manchester United, con su red army o ejército rojo al frente, se hacen notar por sus excesos. ¿Cuál es el origen histórico de su afición a la bebida? ¿Es tan fieramente ebrio el dragón como lo pintan? Barcelona lo descubrirá el miércoles, día de Sant Jordi, en la ida de las semifinales de la Champions

El cuadro, un fragmento de Quatre Bras, de lady Butler, conservado en el National Gallery de Melbourne, tiene evidentes similitudes con la foto de unos hooligans del Glasgow Rangers en la plaza Catalunya de Barcelona. La Union Jack es la misma y muy parecidos son los semblantes, pero lo que sostienen los figurantes de abajo son cervezas, y no mosquetes. Les rodean latas vacías, y no fogonazos. Retan al fotógrafo, y no a Napoleón. Abandonarán el campo de batalla en aviones de bajo coste, y no desgastando sus botas.

“Un campo lleno de sangre, de heces, de pánico y de dolor.” La descripción encaja con una batalla. También con la tragedia del estadio de Heyse

La descripción anterior podría encajar en cualquier crónica sobre la tragedia del 29 de mayo de 1985 en el estadio Heysel de Bruselas, durante la final de la Copa de Europa entre el Liverpool y la Juventus. Murieron 34 aficionados, la mayoría italianos, asfixiados o aplastados contra las vallas en su huida de las avalanchas provocadas por los hooligans, muchos de ellos en evidente estado de embriaguez. La némesis llegó apenas cuatro años después, en  Hillsborough, en un partido de la Cup entre el Liverpool y el Nottingham Forest, donde fallecieron 96 hinchas de los red devils, si bien a causa del exceso de aforo y las malas condiciones de las gradas, y no por hechos directamente relacionados con la violencia. Se trata sin duda de los dos dramas en campos de fútbol con mayor impacto mediático, aunque no son los peores. En 1982, en el estadio Lenin de Moscú, fallecieron 340 espectadores en otra avalancha, aunque esa cifra sólo afloró con la glasnost y hasta 1989 se dijo que únicamente hubo 61 víctimas. El hooliganismo, al igual que tantas otras cosas, ya es un fenómeno global. Más que eso, una Hidra a la que le crecen nuevas y amenazantes cabezas, como las barras bravas de Argentina, responsables de tres muertes en los últimos cinco meses.
Desde Heysel, tanto en España como en el resto de Europa han menudeado las pequeñas grandes tragedias, en las que la antideportividad dad, el lanzamiento de objetos, las amenazas, las agresiones y el racismo han sido a veces el menor de los males. En el Mundial de 1998 de Francia, cuatro alemanes –la sinrazón no tiene fronteras– dejaron en coma a un gendarme de una paliza. En aquel mismo campeonato, un inglés mató a un francés porque lo confundió con un argentino. Patético, si no fuera porque no es un chiste malo y porque se produjo dos horas antes de un cruce en octavos de final entre Inglaterra y Argentina, la peor pesadilla de la FIFA desde hace un cuarto de siglo, a raíz de la aciaga guerra de las Malvinas. O de las Falklands, en función del bando.
Paul Birch, el homicida del hincha argentino, era un ingeniero sin conexión alguna con grupos peligrosos y cuyo perfil no respondía al del forofo pendenciero. Trabajo estable y bien remunerado, con estudios, sin antecedentes. Había bebido de más, eso sí, y apuñaló a su víctima porque pensó que se burlaba de él. Su historia confirma que los excesos no se limitan en absoluto a la tropa de infantería. Que un ingeniero vaya ebrio al fútbol no es tan raro como que lo haga un alto oficial en la guerra. Y, sin embargo, se han dado muchos casos. Uno de los ejemplos más conocidos de dipsomanía en el generalato se produjo durante la guerra de Secesión, cuando el unionista Ledlie mandó en al menos dos ocasiones a su división a ataques alocados contra las trincheras de los confederados mientras él se escondía en un refugio, agarrado a una botella de ron, lo que supuso que le licenciaran sin honores. Claro que mucho peor les fue a los desdichados que estuvieron a sus órdenes. 
Se dirá que la guerra y el fútbol son cosas diferentes. Cierto. Como sentenció un legendario entrenador del Liverpool, el fútbol es mucho más importante. La máxima histórica de conocer el pasado para comprender el presente y afrontar el futuro nunca tuvo tanta validez como con los hooligans. Si, después de todo lo dicho, a alguien le extrañan los efectos colaterales de estas modernas guerras sin armas y el incivismo de estos soldados del fútbol, ya vistan los colores del Manchester o de cualquier otro club, no hay más que recordar lo que hacían siglos atrás los invasores que les precedieron. El capitán John Peebles, de una compañía de granaderos del ejército colonial de Jorge III en Nueva Inglaterra, dejó escrito en su diario del año de gracia de 1777 las bebidas ventiladas en una cena de oficiales: “72 botellas de clarete, 18 de madeira y 12 de oporto, amén de generosas rondas de cerveza y ponche”. A aquella velada asistieron sólo 31 comensales.
Al Manchester, en cambio, lo puede seguir un ejército de más de 20.000 almas.
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de: Francesc Risalde | 21/04/2008
Buen reportaje sobre la barbarie hincha de tantos y tantos equipos de fútbol, la relación batalla-deporte creo que es acertada, incluso iría mas allá de eso... racismo. No dejéis de ver una exposición en caja Madrid sobre el tema, muy bien documentada: "Pasión en las gradas". Dejo link :http://video.alisys.net/cajamadrid/obrasocial/pasionenlasgradas/index.html
de: Pere Olcina | 18/04/2008
Roiníssim reportatge, damunt sense trellat, heu embrutat el que jo considerava un escaparate setmanal de bones notícies i documentació, si bé és cert que jo com a estudiant espanyol resident a la Bretanya, considere que són més violents els "hooligans" que "mosatros". Pense que -Domingo Marchena- està molt be informat de literatura bélica però veig un reportatge sense connexió i amb/en la pitjor de les pitjors comparacions.
30 de noviembre
30 de noviembre
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