MIT laboratorio de grandes ideas

para el futuro, rodean al profesor en una puesta en común de ideas en torno a un proyecto
Un automóvil plegable y apilable que se aparca encastrado como los carritos de los supermercados, operable a control remoto, con ruedas que ejercen de ordenador de ruta y alimentado con baterías eléctricas recargables en las estaciones de recogida y estacionamiento. Ese futurista coche urbano compartido es la propuesta de Franco Vairani, un argentino que realiza el doctorado de arquitectura, una de las innumerables iniciativas que se conciben y se desarrollan en el MIT (Instituto de Tecnología de Massachusetts), unas siglas que identifican al más reputado laboratorio de ideas de EE.UU.
Si Estados Unidos ha cimentado su posición de superpotencia mundial en la superioridad tecnológica e industrial, el MIT, cuyo campus bordea la ribera del río Charles en el área metropolitana de Boston, constituye uno de los centros donde se forma, se cuida y se promociona a los investigadores que han de liderar las próximas revoluciones científicas. Así lo confirman los principales rankings universitarios. El Academic Ranking of World Universities (Arwu) lo distingue como la quinta mejor universidad del mundo y la primera especializada en tecnología, y el The Times Higher Education Supplement (Thes) lo encumbra como el mejor centro docente de su especialidad, distinción que alterna con el Caltech, el Instituto Tecnológico de California.
Franco Vairani mira concentrado la maqueta de su proyecto, llamado CityCar, y evoca el curioso encargo que el profesor responsable del grupo de investigación de Smart Cities (ciudades inteligentes), William Mitchell, formuló hace cinco años. “Nunca había estado involucrado en algo relacionado con la automoción, mi área es el urbanismo, y en Smart Cities nos pidieron que reflexionáramos sobre el transporte urbano, que pensáramos en adaptar el transporte a la ciudad y no al revés”, comenta Vairani, que llegó al MIT de Boston en 1997 y que ultima su tesis doctoral sobre este concepto de coche urbano.
Como en la inmensa mayoría de los proyectos del MIT, la empresa privada aporta la financiación. En el caso del CityCar, los gigantes General Motors y Toyota han aportado dinero a cambio de un informe semestral sobre los avances. Si prosperara la idea, en una manzana de Nueva York se multiplicaría por seis la capacidad de aparcamiento, de 80 a 500 vehículos, pues el prototipo tiene dos metros y medio de largo mientras circula, pero se reduce a metro y medio cuando se pliega y se encaja en los otros vehículos. “Aquí no se trata de vender coches, y los patrocinadores no tienen derecho a dirigir la investigación, pero las empresas siempre están interesadas en desarrollar alternativas de futuro, porque de lo contrario tendrían que crear sus propios laboratorios de robótica”, reflexiona Vairani al pie de las escaleras pintadas con los colores del parchís que llevan al altillo del taller de Smart Cities.
Encima de la escalera hay una réplica del Gernika de Picasso, y debajo, un recorte de cartón con la forma del CityCar. Smart Cities es uno de los 26 grupos de investigación del Media Lab, el centro del MIT que pretende anticipar el futuro, donde se ensaya en campos tan dispares como la neuroingeniería para encontrar remedios al parkinson, o en máquinas cognitivas para desarrollar robots parlantes. A la entrada del laboratorio de Smart Cities hay una estructura grande de piezas de lego, un trabajo que se utiliza para que los niños puedan experimentar con el software informático mientras improvisan construcciones. La sala parece una mezcolanza de taller mecánico con infinidad de piezas vertidas sobre mesas, oficina decorada con plantas trepadoras, guardería con juguetes y área de reposo con mullidos sofás de piel y monitores de televisión. En una pantalla, Ryan Chin muestra su RoboScooter, una motocicleta eléctrica plegable capaz de circular a 60 km/h que pesa 50 kilos, con la dirección por ordenador en las ruedas, que se puede subir a casa en lugar de dejarla aparcada en la calle. La RoboScooter ya está siendo probada en la isla de Taiwán, que ha invertido en la investigación, y ciudades como Florencia se han interesado en la propuesta.















