Por qué fallan las dietas

Cada año en esta época, un porcentaje importante de la población, especialmente la femenina, empieza una particular cruzada contra el peso que durará hasta el verano. En un elevado número de casos, pese a invertir paciencia y sacrificios dietéticos, la ansiada pérdida de peso no llegará o será insuficiente. Las causas son diversas, pero la mayoría está relacionada con la dieta elegida y con algunos errores que se cometen. Errores que, además, son fácilmente identificables. Los que se tratan a continuación son algunos de los más frecuentes.
El Momento óptimo
Uno de los errores más frecuentes es precisamente el momento elegido para empezar a perder peso. Aunque la pauta dietética sea correcta, supondrá seguro una cierta reorganización de la vida diaria y un esfuerzo. Cuando existe algún desequilibrio emocional, algún problema personal grave o se pasa por una época especialmente conflictiva, es evidente que no es el mejor momento para exigirse dicho esfuerzo. Puede parecer una obviedad, pero a menudo no se tiene en cuenta. Una dieta iniciada en un momento inadecuado tiene grandes posibilidades de resultar ineficaz, con el consiguiente abandono y la sensación de fracaso y cansancio. Para poder seguir una dieta de adelgazamiento sin problemas es necesario tener estabilidad emocional y una ausencia de conflictos graves.
Sin Pasarse
La pérdida de peso ha de ser progresiva –los especialistas aconsejan de 500 a 1.000 g por semana–, y se debe seguir una dieta menos energética que la que se necesita, no muchísimo menos energética. Una dieta demasiado hipocalórica provoca, entre otros efectos indeseables, cansancio, una disminución de la capacidad del sistema inmunitario, desánimo y un mal estado general que suele llevar al abandono de la terapia. No es aconsejable seguir dietas de menos de 1.200 kilocalorías (kcal). Incluso una dieta de 1.200 a 1.300 kcal puede ser demasiado hipocalórica para una persona joven y de vida activa. No es fácil saber exactamente qué energía debe tener la dieta adelgazante, pero, en cualquier caso, nunca nos debe hacer sentir cansados ni desanimados ni pasar hambre.
Apetecible
Una dieta no puede ser un castigo ni un problema con el que tengamos que cargar. Es importante que lo que comamos nos guste. O, como mínimo, que no resulte desagradable. El placer de la comida produce un beneficio en nuestra psique y en nuestro cuerpo del que no deberíamos prescindir. Si tenemos que estar varias semanas o incluso meses con una pauta alimentaria concreta, no podemos pretender que cada comida sea un sacrificio. Por eso es básico que la dieta esté compuesta por platos agradables a la vista y al gusto y que estén dentro de las preferencias de la persona que tiene kilos de más.
Hay muchos tipos de verduras, de frutas, de pescados y de carnes con poca grasa y un sinfín de salsas ligeras que pueden alegrarnos la dieta. No existen alimentos milagrosos ni insustituibles, y no es obligatorio limitarse a la acelga y la merluza hervida. Las cocciones al horno, en el wok o al vapor pueden hacer maravillas en el menú.
Sentirse saciado
Algunos tipos de dieta, por su naturaleza y por sus ingredientes, provocan una sensación de hambre que se convierte en una verdadera tortura. Cuando la dieta es demasiado restrictiva y proporciona muchísima menos energía de la necesaria, el organismo protesta con la sensación de hambre. También cuando se deja transcurrir demasiadas horas entre una ingesta y otra; o cuando el menú tiene una dosis insuficiente de fibra o de carbohidratos, lo que provoca unos niveles de glucemia bajos que causan ansiedad y una sensación de apetito intensa. Una dieta adecuada no debe causar ansiedad, apetitos desbordados ni, en definitiva, malestar alguno. En general, para perder peso hay que comer de forma distinta, no dejar de comer.
Para evitarlo, conviene comer cada tres o cuatro horas, incluir en cada comida una buena dosis de fibra (en forma de cereales integrales, fruta, legumbres o verduras) y sobre todo eliminar excitantes. Otro recurso efectivo son 300 cc de agua con gas 15-20 minutos antes de cada comida. Y un último truco: intentar que en el plato haya siempre ingredientes que requieran una cierta masticación: vegetales crudos, o cocidos, pero al dente. Es recomendable evitar purés y sopas, que sacian poco.






