Los placeres del agua

En la terraza del hotel, ante una mesa preparada para una recepción, un cliente bebe un vaso de agua para hidratarse después de tomar una sauna o un baño termal
La sofisticación humana, específicamente francesa, ha encontrado en el agua una forma más de deleite, equiparable no tan sólo a las veleidades del vino, sino casi a las del perfume. En Evian, una pequeña población de apenas 8.000 habitantes situada en la orilla sur del lago Leman, en la Alta Saboya, el hotel Royal Resort cumple un siglo de servicio. Partiendo de la popular fuente Cachat, que albergó los primeros baños termales, el hotel es hoy dispensario de placeres acuáticos, desde tratamientos corporales hasta una completa carta de deportes de agua y nieve.
La fuente de Evian es descubierta por el conde Jean-Charles de Lazier, en 1789, dentro de los jardines de Gabriel Cachat. El noble huye de la revolución francesa y está aquejado de cálculos renales. Por aquel entonces, la Alta Saboya es un Estado independiente. Tras comprobar los beneficios del acuífero, De Lazier se instala con su familia en la cercana Lausana para continuar disfrutando de las curas. El conde canta las virtudes del agua a su médico, el doctor Tissot, quien, después de analizarla, empieza a prescribirla a sus pacientes como remedio natural. Se trata de un agua alcalina, equilibrada, que contiene calcio y magnesio, pero pocas sales minerales.
Dedicado a eduardo VII
A partir de 1830, en el reputado centro de peregrinaje, al que acude la alta burguesía europea, se empieza a embotellar el precioso líquido. En 1859, se constituye la Sociedad de Aguas Minerales Naturales Evian, que en 1909 inaugura el entonces denominado hotel Royal Palace. Los promotores dedican la edificación al rey Eduardo VII de Inglaterra, en un afán, también muy francés, de rescatar el guillotinado pasado azul, coronación napoleónica al margen. No obstante, el pobre monarca inglés sufre un infarto tras fumar un cigarrillo y fallece en 1910, sin tener la oportunidad de probar las delicias del balneario.
El hotel sobresale, solemnemente encaramado sobre el perfil de la modesta población que se asoma a las aguas lacustres, quietas, saludando a la olímpica ciudad de Lausana, que se divisa al frente. El núcleo de Evian es pequeño pero suntuoso, repleto de chalets y palacetes de aire decadente, un espacio propenso a la eternidad, para permanecer en él y sentirse dulcemente triste y relajado.
Un modesto funicular transporta a los ciudadanos desde el paseo del lago hasta el hotel. La fuente Cachat conserva un caño de agua permanente, público, del que los lugareños se abastecen. Allí guardan cola, religiosamente, recipiente en mano, desde el ama de casa al veraneante deportista. Ambos han acumulado ya unas horas de sudor matutino.
Asimismo, el pueblo cuenta con unos baños termales, también públicos, a los que acude gente de toda condición. Destacan, junto al teatro y el casino, el palacio Lumière, antiguo establecimiento termal, convertido hoy en sede de exposiciones, y la villa Lumière, actual sede del Ayuntamiento, que debe su nombre al fotógrafo Antoine Lumière, padre de los inventores del cinematógrafo. El hombre compró la villa en 1896 como residencia de verano.
El Leman, conocido también como lago de Ginebra, distribuye sus encantos entre Suiza y Francia. Sus 70 kilómetros de largo, curvados como un apetitoso cruasán, apenas alcanzan los doce kilómetros de anchura. El viajero puede practicar allí la vela, o atreverse con el rafting o el barranquismo en las revueltas corrientes de los afluentes. Los largos meses de nieve, más allá del estricto invierno, permiten acercarse a Megève o Chamonix-Mont Blanc, estaciones de esquí de primer orden.

La silueta del hotel Royal se alza al fondo, sobre el perfil de la población, en el que destacan la torre del campanario y sus relojes

En las suntuosas estancias interiores del hotel no es raro ver pasar a algunos clientes, en albornoz, después de una sesión de masaje







