La odisea de ser padres de un adolescente

Los adolescentes son aquellas personas que, por más que han cambiado de aspecto e, incluso, de intereses, mantienen aún vivos rasgos y comportamientos propios de la niñez. Este largo periodo de tránsito, al menos en las sociedades del bienestar, entre la infancia y la edad adulta nos ofrece por sí mismo una idea de cambio, de indefinición y, en consecuencia, de conflicto. La realidad es que, en múltiples ocasiones, los adolescentes no se comprenden a sí mismos y, sobre todo, tampoco son comprendidos por sus padres y los adultos de su entorno inmediato.
Resulta muy difícil hablar de la adolescencia como un ente abstracto. Más que adolescencia, existen los adolescentes. En un extremo encontramos chicos y chicas que podríamos calificar de normativos, que tienen un rendimiento académico adecuado; realizan actividades extraescolares de tipo cultural social, deportivo; no adoptan comportamientos de riesgo como consumo de drogas, abuso de internet, trastornos de alimentación, conductas de violencia, comportamientos sexuales de riesgo; tienen amistades y relaciones emocionales constructivas y mantienen con los padres y con los adultos en general una relación cordial. En el polo opuesto se sitúan los conflictivos: fracaso en la escuela, incluso expulsados del sistema escolar, sin interés por realizar actividades culturales, sociales, deportivas; con comportamientos de riesgo, amistades peligrosas y cuya relación familiar es cada vez más ausente o se ha convertido en la extensión de un campo de batalla.
Los tiempos no están cambiando: ¡han cambiado!
Estos nuevos adolescentes experimentan los cambios propios de esta etapa evolutiva, pero a la vez tienen que librar una singular batalla con los cambios profundos de una sociedad en permanente estado de transformación. La familia ha dado paso a diversas estructuras organizativas. La escuela se debate en un binomio, que parece irreconciliable, entre la acción de educar y la de limitarse a transmitir conocimientos. La religión se ha convertido en periférica en un Estado laico y se diversifica, constantemente, en diversas confesiones. Y, finalmente, el Estado parece cada vez más sujeto al pulso de unos partidos políticos más preocupados por sus rendimientos electorales que por su liderazgo moral y pedagógico de la sociedad a la que pretenden representar. Según los datos aportados por el Instituto de la Juventud (Injuve) y la Fundación de Ayuda contra la Drogadicción (FAD), seis de cada diez españoles de entre los 15 y los 24 años manifiestan estar desinteresados por la política y el compromiso social, y sólo el 3% de ellos declara pertenecer a una organización política, religiosa, sindical o social.
La adolescencia en las sociedades del bienestar es una etapa cada vez más larga, puesto que de forma progresiva se inicia cada vez con más antelación –dejando prácticamente sin espacio a la pubertad– y se acaba más tardíamente. Se trata de chicos y chicas de talante consumista y capaces de marcar nuevas pautas de consumo que influyen sensiblemente en los gastos de sus familias, lo que les ha convertido en un objetivo de las principales marcas comerciales. Los nuevos adolescentes no experimentan sólo, como en generaciones anteriores, una transformación de su cuerpo, un potente desarrollo hormonal y la adopción de comportamientos impulsivos, sino que son una nueva realidad económica, puesto que sólo aparecen en economías prósperas. Se han convertido en consumidores punteros, entre otras, de determinadas formas de ocio y de entreteni-miento. Estos adolescentes fascinados por el consumo no son sólo hijos de familias de clase alta, hoy han ampliado notablemente sus fronteras: se trata también de los hijos de la clase media e incluso de familias menos favorecidas, laboralmente desocupados pero que disponen de recursos económicos.
Exigirán móviles de última generación, vehículos de motor, ropa de marca, financiación para sus actividades de ocio, cirugías plásticas… y muchos de ellos también drogas. Ellos y ellas serán los protagonistas de nuevos fenómenos sociales como el del ocio inacabable de las noches del fin de semana, con la aparición de nuevos locales nocturnos, las fiestas alternativas de ubicación diversa y cambiante o las concentraciones urbanas organizadas vía SMS como los botellones. Son técnicamente los hijos de internet y, como consecuencia, la generación de adolescentes más informada que jamás haya existido –al menos con respecto a los artículos y productos de consumo–. Los nuevos adolescentes ya no son invisibles o inaudibles como en las generaciones anteriores, sino que se han convertido en nuevos ciudadanos y a la vez en los fundadores de una nación digital.







