09/12/2007

La envidia o cómo ser verdugo o víctima a la vez

Texto de José Antonio Marina
Ilustraciones de Antonio Ballesteros
La envidia está amarilla y flaca porque muerde y no come, dijo Quevedo. Según Unamuno, era el virus que infectaba la vida española. Y para José Antonio Marina, es un sentimiento enrevesado y uno de los más destructivos, que hace odiar al envidiado y a uno mismo, que no se calma y se alimenta del silencio
El antídoto es el amor, primero hacia uno mismo, porque así se ciega la fuente de la envidia que es el autodesprecio

Covarrubias pone como símbolo de la envidia una lima sobre un yunque, con el lema: Carpit et carpitur una, royendo a los otros, me deshago a mí mismo. Por eso, sería conveniente poder eliminarla, pero ¿tiene algún antídoto la envidia? Los moralistas creían que sí. Ta vez alguno de ustedes recuerde lo que se estudiaba en el catecismo al hablar de los pecados capitales. “Contra envidia, caridad.” Es decir, generosidad y amor. Ahora podemos precisar más lo que esto quiere decir. ¿A quién debe amar el envidioso? Puesto que es víctima de dos odios –al otro y a sí mismo–, debe desarrollar dos tipos de amor, al envidiado y a sí mismo. Éste creo que es el más accesible y el más urgente, porque ciega la fuente de la envidia que es el autodesprecio. Conviene por ello comenzar eliminando los sentimientos de vergüenza o culpabilidad. No somos dueños de nuestros sentimientos. En muchos casos, somos sus víctimas. Aceptarse a uno mismo desactiva la fuerza del sentimiento.
Como todos los sentimientos que confinan en la soledad –la vergüenza, o el miedo, por ejemplo–, el silencio es el mejor aliado de la envidia, que como los hongos se reproducen en ambientes cerrados. A quien la siente le conviene quejarse de ella como se quejaría de un dolor de estómago, no identificarse con ella. Él no es su envidia. La envidia es un invasor, un enemigo. El envidioso es un ser humano que sufre, para su desgracia, una úlcera afectiva, que él no se ha provocado.
John Rawls, un famoso filósofo, autor de Una teoría de la justicia muy respetada, estudió el componente social de la envidia, que a veces está provocada por grandes diferencias sociales. Pensaba que su origen no era tanto la carencia de esos bienes como el sentimiento de la propia impotencia para conseguirlos, y que por ello facilitar los medios de progresar, aumentar las posibilidades de ascenso social, era la gran solución. Creo que esta postura activa, de autoafirmación ejecutiva, es útil en todos los casos. La envidia, como tantos otros sentimientos destructivos, es rumiadora y pasiva. Se enrosca sobre sí misma. Y la acción, el sentimiento de la propia eficacia, es el mejor procedimiento para salir de ese pantano emocional.

La palabra de Unamuno
Abel Sánchez se titula la novela que don Miguel de Unamuno escribió sobre la envidia. El protagonista, Joaquín de Montenegro, es un hombre arrebatado por ese sentimiento, que no le permite vivir. Sin embargo, no piensa que sea envidia lo que siente. Piensa que percibe objetivamente la malignidad de sus envidiados. Vive en su sentimiento, absorto en él, identificado con él, sin capacidad para dar un paso atrás y observarse. Cree que percibe cuando en realidad está interpretando. Al recordar la boda de su enemigo, su comentario es: “Ellos se casan por rebajarme, por humillarme, por denigrarme; ellos se casaron para burlarse de mí; ellos se casaron contra mí”. Unamuno escribió esta obra, según explica, angustiado por la experiencia de la vida española, que consideraba infectada por un virus cainita. Leo en el prólogo: “Salvador de Madariaga, comparando ingleses, franceses y españoles, dice que en el reparto de los vicios capitales que todos padecemos, al inglés le tocó más hipocresía que a los otros dos, al francés más avaricia y al español más envidia. Y esta terrible envidia ha sido el fermento de la vida social española. “La envidia nació en Cataluña –me decía una vez Cambó en la plaza Mayor de Salamanca–. ¿Por qué no es España? He sentido cómo la vieja envidia tradicional
–y tradicionalista– española, la castiza, la que agrió las gracias de Quevedo y las de Larra, ha llegado a constituir una especie de partidillo político.”

Los celos son otra cosa
Son dos sentimientos que con frecuencia se confunden, aunque son distintos. Lo que siente un niño por su nuevo hermanito ¿son celos o envidia? Los celos tienen dos características esenciales. Se sienten celos por un bien que se ha tenido y que se teme perder, mientras que se puede envidiar algo que nunca se ha tenido. En segundo lugar, los celos siempre tienen una estructura triangular: el celoso, la persona de la que se tienen celos y, normalmente, el rival. Otelo siente celos de Desdémona, no de su rival. Hacia su rival sentirá odio o en todo caso envidia, por ser el preferido.

En la envidia no tiene por qué darse esa estructura triangular. Se puede envidiar a una persona sola, con independencia de lo que haga, por el hecho de existir, de triunfar. El caso del niño celoso se presta a equívocos porque se da, en efecto, un triángulo, a saber, el que forma con su hermanito y con sus padres. Pero lo correcto sería decir que el niño siente envidia de su hermanito, y celos de sus padres, de cuyo amor desconfía. El hermano le ha destronado, le priva de lo que cree merecer.

Hay una diferencia más. Según los psiquiatras, los celos pueden derivar en alucinaciones, en ver como reales cosas que no lo son, lo que supone una enfermedad seria. Esto no le sucede al envidioso que, volvemos a los clásicos, se limita a andar “consumido, con aspecto torvo, y semblante amarillo”. Como dijo Quevedo, “la envidia está amarilla y flaca, porque muerde y no come”.

Psicología anterior 1 | 2 |
de: Pilar Morales Martin | 11/02/2008
Me alegro de los nuevos articulos del filósofo Jose Antonio Marina en una sociedad donde cada vez nos sorprendemos más de los "buenos sentimientos" pues nos vamos acostumbrando a los que nosotros mismos hemos puesto de moda "los malos", de los cuales destaco la envidia que destruye tanto al envidiado como al envidiador. Pues bien dejemos de sorprendernos de tener buenos vecinos, compañeros de trabajo que nos ayudan a avanzar, jefes que saben respetar y no nos preguntemos ¿Que querrán para portarse tan bien con nosotros? Si cambiamos nuestro "chip" empezaremos a sentirnos mejor con nosotros mismos y avanzaremos en la dirección correcta, la del corazón. Enhorabuena.
de: Ramon | 10/12/2007
¿Com pot, la ment, construir anàlisi? ¡Que gran és la ment! I l'estudi i l'esforç per fer-ho. enhorabona als que estudien l'ésser humà.
de: Xavier Serra | 09/12/2007
Interesante -como siempre- el análisis de José Antonio Marina. La solución y diagnóstico, sin embargo, me parece muy psicológica (dice que "en mis libros incluyo la envidia entre los malos sentimientos. No como juicio moral, porque sólo los actos merecen semejante juicio"), cuando -en realidad- la envidia no es un sentimiento inocente sino inducido muchas veces por un comportamiento moral inadecuado. La moralidad no se halla sólo en los actos internos, también en las emociones: consentir en el sentimiento de envidia es una falta moral. El cristianismo atacó de raíz esos pecados capitales.
de: Diana Rossell | 09/12/2007
Quería dar las gracias a José Antonio Marina por su artículo de excelente contenido y calidad. Asimismo, al ilustrador Ballesteros, pues sus dibujos me parecen muy acorde con el texto a la vez que muy personales. Me ha gustado mucho cuando se afirma que la envidia es hija de la soberbia, esto no me resulta tan extraño porque pienso que una persona que siempre necesita sentirse afirmada es que es insegura y además tiene carencias afectivas. Existen personas inseguras que piensan que son las únicas en este mundo que lo son, y no lo aceptan. Entonces, ¿qué hay que hacer? al final tienes que elegir entre uno mismo o la otra persona. Garcias!

Por seguridad copia en la casilla de texto el código que aparece en la imagen inferior antes de enviar el formulario con tus datos.

captcha Escribe el código que aparece en la imagen
20 de mayo
20 de mayo

Otros artículos relacionados

Publicidad
Buscar en