20/01/2008

¿Por qué te enfadas?

Texto de Isabel S. Larraburu
Ilustraciones de Gallardo
La ira es un sentimiento que avergüenza y se suele disfrazar de ironía o rotundidad. Se alimenta y se justifica de mil maneras. También se puede controlar.

La ira es un sutil veneno que se oculta como tímida damisela en el interior de nuestro corazón. Es vergonzosa porque no está orgullosa de sí misma. Sabe que no es valorada en la sociedad y que la encuentran fea, incluso muy fea. Pero ella se hace pasar a veces por el brillo de la ironía inteligente, por el peso de la autoridad, por la dulzura de la hipocresía, por la rectitud de un hombre severo, por el amor protector de un celoso, por la justicia de un rencoroso o por el humor de un bromista mordaz. Con esos disfraces hasta puede cosechar fugazmente alguna ración de aplauso y admiración. Mientras pueda camuflarse con tantos disfraces, se asegura la vida y el sustento.
 Su acción es tan solapada que puede introducirse en todos los ambientes de nuestra mano sin que nadie se dé cuenta, incluido el mismo que la cobija. Es un arma un poco chapucera, porque cuando dispara carece de sutileza para dar en su diana.
Ha pasado por muchos avatares mientras era analizada por la psicología y la biología. Tuvo épocas de esplendor en las que su expresión sin tapujos fue alentada y elogiada por la psicología. Freud y sus seguidores, por medio de la hipótesis de la “catarsis” como método para reducir la agresión, llegaron a elevarla a la categoría de terapia para “vaciar los depósitos emocionales”. La biología la consideró un instinto básico para la adaptación humana. Actualmente, la ciencia ha rechazado muchos mitos sobre la naturaleza instintiva de la agresividad en el hombre, y se sabe ahora que no es ni ineludible ni necesaria. Además, con frecuencia las personas agresivas utilizan la teoría de que “la frustración conduce a la agresión” para justificar y excusar su ira considerándola algo “saludable”. Las mejores victorias se logran sin la presencia de la ira. La evidencia científica actual sobre la ira indica que esta emoción es básicamente una cuestión de elección. Está determinada por pensamientos y creencias, mucho más que por su bioquímica o por la herencia genética. Airear la ira raramente reporta a algún alivio real. Más bien conduce a más ira, tensión y ­excitación.

Del gruñón al maltratador
El simpático gruñón es una persona rabiosa, tanto como el quejoso, el resentido, el riguroso, el irónico, el susceptible, el eterno agraviado, el irritado, el agresivo, el rencoroso o el violento. La rabia se revela mediante formas que van de las más aceptables a las más inconfesables. También hay rabia en el pasivo agresivo, alguien que jamás exterioriza su ira de un modo abierto, pero se muestra intolerante y negativo. Es el que espera lo peor de los demás, como si el otro fuera su enemigo; que siempre hace presunción de culpabilidad. El que alberga rabia suele creerse víctima del mal comportamiento de los demás, de su desidia, mala voluntad, picardía, deshonestidad, vagancia, incompetencia, poca pericia al volante y muchos más pecados. De ahí que siempre tenga sus armas empuñadas.
La ira ocasional no causa daño duradero al organismo, pero la ira crónica y sostenida mantiene el cuerpo en constante estado de emergencia y preparación para la lucha. Esto afecta a funciones corporales regulares como la digestión, la purificación de la sangre de colesterol y la resistencia a las infecciones. Contribuye al desarrollo de enfermedades tales como los trastornos digestivos, hipertensión, enfermedad coronaria, sistema inmunitario debilitado, erupciones, dolores de cabeza y más. No importa si la ira se expresa o se reprime, siempre es dañina para la persona porque se alimenta a sí misma. Prolonga y sobrecarga todos los cambios hormonales asociados. La ira crónica inhibida es nociva porque moviliza respuestas del sistema nervioso simpático sin ofrecer ninguna liberación de la tensión. El efecto es igual que pisar a fondo el acelerador del coche al tiempo que se aprietan los frenos.

Desactivarla
Según la psicología cognitiva (Venza su ira, McKay y Rogers, Robin Book), la ira tiene su origen en el estrés más pensamientos activadores. La buena noticia es que puede desactivarse con un aprendizaje adecuado. Ser plenamente conscientes de lo que se está sintiendo y pensando es la clave para la desactivación de la emoción. Todo nace del estrés y la tensión causados por el dolor, la frustración o la idea de amenaza. Esta vivencia de estrés se intensifica mediante ideas que potencian la ira. Son los pensamientos activadores de culpabilización y de los “deberías”. Por ejemplo, “los empleados no deberían ir a desayunar si hay gente esperando en la cola”. Otro activador es la culpabilización: “No hacen su trabajo con ilusión” o “son unos incompetentes”. Si el estrés es el combustible que crea niveles altos de excitación fisiológica, las ideas culpabilizadoras y los “deberías” actúan como la chispa que enciende el fuego. El estrés no es una causa suficiente para la ira, hace falta una “adecuada contribución psicológica” para convertir el estrés en una emoción hostil. Hace falta, igualmente, pensar que las otras personas son malas, injustas, incompetentes y merecedoras de castigo.
El estrés en forma de dolor (pérdida, rechazo, desesperación, miedo, frustración, daño, abandono) más los pensamientos activadores (pensar que este dolor es culpa de algún otro) componen la ira.

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de: JULIE PERZ | 16/04/2008
Me parece un muy buen artículo, pero mi pregunta también es ¿que hacer? ¿Realmente es mejor huir de esa persona porque no hay manera de ayudarla? ¿Tan productivos son los tratamientos que he oido como el pensar antes de hablar, tómate tu tiempo si estas enojado? Porque en el momento en que la persona se deja llevar por la ira, el controlarse es lo mínimo en lo que está pensando.
de: Carmen | 29/01/2008
Ante cualquier cambio de conducta, hay que intentar reflexionar juntos. Está pasando algo y cuanto antes se acuda al especialista,mejor. Dejar claro que para solucionar tendrán todo nuestro apoyo. De lo contrario se quedará solo/la. No podemos quedarnos contemplando cómo la persona que queremos destroza nuestras vidas. Si no hay motivo de preocupación, perfecto. Pero cuántos casos han acabado de forma trágica por no haber buscado ayuda. Otro problema es ¿dónde hay que acudir para recibir esa ayuda y que de verdad lo sea?
de: ALEX PEREZ | 27/01/2008
ME PARECE MUY PERO MUY ACERTADA SU REVISTA. ES UNA PUBLICACIÓN SIN DESPERDICIO.
de: Marcos | 27/01/2008
Este escrito me parece una soberana estupidez (con perdón). ¿Acaso no existe la injusticia y el egoismo de los otros? parece que la moraleja del escrito sea: despréndete de tus necesidades, si te dan algo bien, si resulta que tu siempre adoptas el rol de dar y el otro de recibir, pues te aguantas. Si te pisan, te aguantas y no manifiestes ninguna reacción negativa, porque el otro tiene todo el derecho del mundo a pisarte y claro, la sensación de sufrimiento por ser pisoteado, ¿sabes? pues en realidad no es así, son imaginaciones tuyas. Tú aguanta y calla. Anda que no!
de: Nieves Gonzalez | 24/01/2008
Me ha parecido muy bueno el artículo, muy claro y bien explicado, pero me surge una duda tremenda, ¿la única solución ante una persona con este problema es huir de ella?. ¿No hay otra forma de hacerle ver que "tiene" un problema? ¿Y qué ocurre con tantos otros que no lo ven como problema sino como rasgo de fuerza de carácter? ¿Y llaman "blanditos" a los que no muestran su ira?
de: Anónimo | 22/01/2008
Sí, pero ¿cómo transmitir a esta persona que principalmente es víctima de su propia ira?
de: Carmen Rius Ordaz | 21/01/2008
EXPLOSIVO INTERMITENTE. Sí, totalmente de acuerdo. Especialmente en lo de una enfermedad poco estudiada. Tan poco que ni siquiera tiene nombre. Diagnosticar con una manifestación, no es decirle al paciente la enfermedad que padece. Si me duele la pierna, no quiero que el médico me diagnostique "dolor de pierna". ¿Qué me produce dolor en la pierna?. Si dan respuesta, tendré diagnóstico. Leyendo el artículo, me pareció que estaban hablando de Adicción. Sí, adicción. Enfermedad neuronal crónica, así catalogada por la OMS, y de la que tan poco se sabe.
30 de noviembre
30 de noviembre
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