¿Por qué te enfadas?
Cambiar a los demás
La idea en este caso es que nos figuramos que tenemos control sobre la conducta de otros. Si bien es cierto que a veces las personas cambian si se les pide, en este caso la creencia es que podemos hacer cambiar a los otros si aplicamos la presión suficiente.
Existe un hecho muy básico relativo al comportamiento humano: las personas cambian sólo cuando:
1. El cambio les es gratificante y estimulante.
2. Y, además, deciden cambiar por sí mismas.
La queja constante y las presiones de todo tipo (broncas, chantajes, enfados y morros) inducen una aversión al cambio. Promueven una mayor reticencia a modificar las conductas. Esperar que el otro cambie lleva a la frustración y a la desilusión, es una batalla perdida. A no ser que el otro vea las ventajas de un cambio y alguna gratificación por realizarlo.
La falsa liberación de la ira
En este caso pensamos que los que nos causan dolor deberían ser castigados. Suponemos que expresar la ira es algo positivo porque ayuda a descargar el dolor y nos da la oportunidad de una revancha ante la injusticia.
Esto es creer que no somos responsables de nuestro dolor, que el dolor lo causó el otro. Se comportó mal y quiso hacer daño, por eso se merece toda la ira para que aprenda a no hacerme más daño.
No deberíamos olvidar que somos nosotros mismos los verdaderos responsables de nuestros sentimientos. El dolor y el placer son experiencias privadas. Sólo nosotros sentimos el dolor y la alegría. Nadie puede considerarse responsable de esta experiencia, sólo yo. Si alguien nos está frustrando o causándonos dolor, es nuestra la tarea de negociar nuestras necesidades o bien liberarnos de la relación.
Además, es bueno recordar que lanzar la ira puede destruir las relaciones. Cuando el objeto de nuestra ira es causar al otro el mismo grado de dolor que estamos sintiendo nosotros, este empieza a erigir barreras psicológicas para protegerse de nuestros arrebatos. El tejido de una relación se hace más tupido y cicatrizado, haciéndonos insensibles al dolor y al placer.
Por eso la ira mata el amor, endureciendo la piel. Imposible sentir el calor y las caricias. La razón principal por la que la liberación de la ira no es buena es que esta raramente lleva a conseguir lo que deseamos, como ser escuchado, valorado, atendido. La ira trae consigo la frialdad, el alejamiento y más ira a cambio.
La respuesta es negociar con eficacia y de un modo constructivo o bien alejarse de una relación destructiva.
Creencias tóxicas de un airado
• Piensa que son los demás los que le hacen enfadar.
• Cree que alguien está actuando injustamente. Percibe maldad e intencionalidad.
• Considera que sus conceptos de verdad, justicia y equidad deben ser compartidos por todos. Olvida que los otros tienen su propia visión de la justicia y de la moralidad. No sabe ponerse en lugar del otro.
• No sabe que los demás no creen merecer sus lecciones. Entiende que sus rabietas van a enseñar a sus semejantes.
• No tolera la crítica ni que estén en desacuerdo con él. Siempre está a la defensiva.
• Tiene expectativas no realistas sobre los demás. Está inspirado por los “debería”:
1. Merezco las cosas que deseo (amor, felicidad, éxito profesional).
2. Si me esfuerzo, debería tener éxito.
3. Los demás deberían ser como yo y tener mis ideas sobre lo que está bien.
4. Debería ser capaz de resolver cualquier problema con rapidez y facilidad.
5. Si soy buena persona, la gente debería apreciarme.
6. Si soy amable y atento con alguien, debería tratarme igual.
El monje budista vietnamita Thich Nhat Hanh dedica una parte de sus enseñanzas a la aplicación de la conciencia para la superación de la ira y la violencia. Estas son sus palabras: “Todo necesita alimento para vivir y crecer, incluidos nuestro amor y nuestro odio. El amor es algo vivo, al igual que el odio. Si no nutrimos nuestro amor, este puede morir. Si cortamos el alimento a nuestra violencia, ella también morirá”.







