10/02/2008
Educación sentimental
El generoso placer de la admiración
Texto de José Antonio Marina
Ilustraciones de Flavio Morais
La admiración es un sentimiento que habla bien de las dos partes, del que admira y del admirado, y de la sociedad que genera seres admirables y otros seres suficientemente generosos y sensibles como para darse cuenta de lo que sienten. La admiración, en cambio, es incompatible con el cinismo, la envidia y el resentimiento

El modo como una lengua –cualquier lengua– analiza los sentimientos es siempre prodigioso. Ningún tratado de psicología alcanza su precisión ni su sutileza. En los idiomas se condensa la experiencia afectiva de la humanidad, que ha ido descubriendo emociones nuevas o creándolas a partir de unos cuantos afectos elementales, que son como letras de un alfabeto sentimental con las que se pueden formar infinitas palabras. Los psicólogos nos hablan de “tristeza”, pero el diccionario nos habla de muchas tristezas diferentes: melancolía, nostalgia, añoranza, abatimiento, morriña, pesar, depresión, etcétera. Hoy voy a referirme a un sentimiento por el que siento una gran simpatía: la admiración. Se trata de una emoción noble. Los miserables no admiran nunca. Ni los cínicos, ni los escépticos, ni los envidiosos, ni los resentidos. La actual cultura de la sospecha y el integrismo de la igualdad ciegan las fuentes de la admiración. De ahí la importancia de reivindicarla.
Para describirla, tengo ante todo que situarla en su entorno. Forma parte de una de las familias emocionales más nutridas y universales, la del asombro. Es su versión estética y moral. El asombro es el sentimiento provocado por la aparición de algo nuevo o inesperado. En su origen es un sistema fisiológico de alarma, lo que los fisiólogos llaman reflejo de arousal. Hace que la gacela levante y gire la cabeza al percibir un ruido extraño. Esto que parece tan sencillo es, en realidad, un alarde neurológico. Dicen los expertos que para poder reaccionar ante un estímulo nuevo, tengo, en primer lugar, que reconocerlo como nuevo, lo que supone compararlo con un mapa total de la realidad que debemos guardar en algún lugar de nuestro cerebro. Si les pregunto: ¿han estado ustedes en la luna?, me dirán que no, con mucha rapidez. Unos doscientosmilisegundos. ¿Cómo han sabido que no han alunizado? Cuando queremos que un ordenador haga algo parecido, nos percatamos de la extraordinaria complejidad del hecho. Tenemos que dar a la máquina una relación de todos los lugares donde hemos estado, luego hacemos que los compare con luna, y si no se da ese emparejamiento, el ordenador concluye que no hemos estado. ¿Hace algo semejante nuestro cerebro? No lo sabemos, pero algo tiene que hacer. Lo cierto es que la sorpresa detecta algo nuevo, algo que no ha encontrado pareja en la propia memoria.
Descartes, que escribió un tratado de las pasiones muy cartesiano
–quiero decir racional y ordenado–, decía que el asombro es la primera de todas las emociones, la que nos prepara para las demás. Por eso, el asombro puede adquirir un tonalidad afectiva agradable –la sorpresa– o una tonalidad afectiva desagradable –el susto o el sobresalto–. De hecho, la etimología de “asombro” lo acerca a lo negativo, porque procede de umbra, sombra, y al parecer hace referencia al espantarse las caballerías por la aparición de una sombra. Por cierto, la palabra “espanto” no tenía en nuestra época clásica el significado negativo que tiene ahora. Era el asombro ante lo enorme. “Vive Dios que me espanta esta grandeza”, dice Cervantes en el comienzo de un famoso soneto laudatorio.
La sorpresa es el sentimiento agradable ante lo imprevisto. Es la esencia de la comicidad, del humor y de las novelas de intriga. Desde el punto de vista sociológico, hay culturas que aman la novedad y la sorpresa –así fue la cultura griega– y otras que a nada temen más que al sobresalto. En Java, por ejemplo, hay todo un ritual de acercamiento para no provocar ninguna sorpresa. Para completar la crónica de esta gran familia sentimental, mencionaré un último tipo de pasmo: la fascinación. “En la fascinación –escribió Sartre– no hay nada más que un objeto gigante en un mundo desierto. El objeto se destaca con relieve absoluto sobre un fondo vacío.” El espectador se queda prendado, hipotecado por el objeto. La riqueza del lenguaje al describir los sentimientos me parece literalmente maravillosa.
Para describirla, tengo ante todo que situarla en su entorno. Forma parte de una de las familias emocionales más nutridas y universales, la del asombro. Es su versión estética y moral. El asombro es el sentimiento provocado por la aparición de algo nuevo o inesperado. En su origen es un sistema fisiológico de alarma, lo que los fisiólogos llaman reflejo de arousal. Hace que la gacela levante y gire la cabeza al percibir un ruido extraño. Esto que parece tan sencillo es, en realidad, un alarde neurológico. Dicen los expertos que para poder reaccionar ante un estímulo nuevo, tengo, en primer lugar, que reconocerlo como nuevo, lo que supone compararlo con un mapa total de la realidad que debemos guardar en algún lugar de nuestro cerebro. Si les pregunto: ¿han estado ustedes en la luna?, me dirán que no, con mucha rapidez. Unos doscientosmilisegundos. ¿Cómo han sabido que no han alunizado? Cuando queremos que un ordenador haga algo parecido, nos percatamos de la extraordinaria complejidad del hecho. Tenemos que dar a la máquina una relación de todos los lugares donde hemos estado, luego hacemos que los compare con luna, y si no se da ese emparejamiento, el ordenador concluye que no hemos estado. ¿Hace algo semejante nuestro cerebro? No lo sabemos, pero algo tiene que hacer. Lo cierto es que la sorpresa detecta algo nuevo, algo que no ha encontrado pareja en la propia memoria.
Descartes, que escribió un tratado de las pasiones muy cartesiano
–quiero decir racional y ordenado–, decía que el asombro es la primera de todas las emociones, la que nos prepara para las demás. Por eso, el asombro puede adquirir un tonalidad afectiva agradable –la sorpresa– o una tonalidad afectiva desagradable –el susto o el sobresalto–. De hecho, la etimología de “asombro” lo acerca a lo negativo, porque procede de umbra, sombra, y al parecer hace referencia al espantarse las caballerías por la aparición de una sombra. Por cierto, la palabra “espanto” no tenía en nuestra época clásica el significado negativo que tiene ahora. Era el asombro ante lo enorme. “Vive Dios que me espanta esta grandeza”, dice Cervantes en el comienzo de un famoso soneto laudatorio.
La sorpresa es el sentimiento agradable ante lo imprevisto. Es la esencia de la comicidad, del humor y de las novelas de intriga. Desde el punto de vista sociológico, hay culturas que aman la novedad y la sorpresa –así fue la cultura griega– y otras que a nada temen más que al sobresalto. En Java, por ejemplo, hay todo un ritual de acercamiento para no provocar ninguna sorpresa. Para completar la crónica de esta gran familia sentimental, mencionaré un último tipo de pasmo: la fascinación. “En la fascinación –escribió Sartre– no hay nada más que un objeto gigante en un mundo desierto. El objeto se destaca con relieve absoluto sobre un fondo vacío.” El espectador se queda prendado, hipotecado por el objeto. La riqueza del lenguaje al describir los sentimientos me parece literalmente maravillosa.
de: Helena Afonso R. | 14/02/2008
Aprovecho este articulo, para decirle, Sr. Marina, lo mucho que le admiro desde que lo descubri en los 90, en la "Aventura del saber". Usted con su sabiduria, con su sencillez, acaricia mi alma siempre. Creo que una gran parte de la frustración que arrastramos es porque nos faltan esas caricias. No creo que yo sea envidiosa, menos mal, ni me considero con muchos defectos. Pero me falta algo. Miro a mi alrededor y me cuesta mucho querer a vecinos y conocidos. ¡Que malo! Querría decirle más cosas, pero le deseo en este dia del amor que viva muchos años para que siga dejándonos más lecciones hermosas.













