27/04/2008
Educación sentimental (VIII)
El pudor como dignidad
Texto de José Antonio Marina
Ilustraciones de Rosario Velasco
El pudor es una vergüenza poco presente en la sociedad occidental de hoy, pero, a juicio del autor, podría ir bien recuperarlo aunque con ciertas reformas: en lugar de la vergüenza atada al sexo, especialmente de las mujeres, el pudor podría asociarse a la dignidad. Este sentimiento de vergüenza preventiva alcanza de distinta manera a todas las culturas, que lo concentran en diversas partes del cuerpo, desde el rostro al pie, pasando por el pecho y el sexo

Los excesos de una moralidad centrada en la sexualidad han llevado a combatir el pudor como freno de la emancipación
Los excesos y las discriminaciones producidos en la cultura occidental por una moralidad centrada en la sexualidad han provocado múltiples intentos de combatir el pudor al considerarlo un obstáculo para emancipaciones morales o políticas. En los kibutz israelíes se ensayó una educación en la que niños y niñas compartían dormitorios y duchas para evitar pudores excesivos. El intento no duró mucho porque los adolescentes desarrollaron sentimientos de pudor y protestaron por la falta de intimidad.
Me inclino a pensar que todos los sentimientos derivados de la vergüenza proceden de una matriz natural, originada en nuestra esencia social, de la necesidad de vinculación afectiva, de aceptación y reconocimiento, y de la necesidad de establecer controles sociales que no necesiten apelar a la fuerza. Pero el alcance y el contenido de este sentimiento embrionario son definidos por la sociedad. Así se explica la sorprendente diversidad de partes del cuerpo que los humanos han considerado vergonzosas o inmodestas. Para la mujer islámica es el rostro y los codos, pero el pecho puede mostrarse al público si se está amamantando a un niño; para los chinos tradicionales, es el pie desnudo; para los tahitianos, el vestido es irrelevante, sólo el cuerpo sin tatuar es inmodesto; en Melanesia, el vestido es indecente, mientras que en Bali cubrirse el pecho es en el mejor de los casos una coquetería, y en el peor, una marca de prostitución; antes de la reforma de Ataturk, las mujeres turcas estaban obligadas por ley a cubrir el dorso de la mano, mientras que la palma podía enseñarse sin vergüenza ni embarazo. Un nudista que no tiene pudor corporal puede sentir enorme vergüenza al emitir algún ruido corporal escatológico durante una recepción.
El hecho de que un comportamiento humano sea natural no significa que no pueda alterarse o desaparecer. El pudor, relacionado con la sociabilidad, tiende a disminuir cuando se impone el individualismo, que se despreocupa de los demás. Una sociedad pudibunda puede ser insufrible, pero una sociedad absolutamente impúdica, también. Ocurre lo mismo en todo el dominio de la vergüenza. No podemos vivir avergonzados, pero tampoco podemos vivir entre sinvergüenzas.
Aunque sea de paso, quiero mencionar otro tipo de pudor: el que no se refiere a desnudar nuestro cuerpo, sino nuestra alma. Hay un pudor referido a la expresión de los sentimientos íntimos. En una novela del siglo XIII, Le roman d’Escanor, el protagonista llora la muerte de su amiga. Sus compañeros le reconvienen porque no es propio de un hombre mostrar tan gran dolor, por lo que el caballero, cuando va al encuentro de sus pares, “adoptó el mejor porte que pudo, porque tenía vergüenza y pudor de mostrar su aflicción”. Una de las formas más constantes del pudor es la que experimenta un hombre en mostrar sus lágrimas. La Bruyère titula un capítulo de su obra “¿Por qué se ríe libremente en el teatro y se tiene vergüenza de llorar?” En el siglo XVII no era educado mostrarse desnudo ante alguien a quien se debe respeto, pero se podía uno desnudar delante de un criado. La Bruyère dice lo mismo respecto de los sentimientos: “Se vuelve el rostro para reír o llorar en presencia de los grandes y de todos aquellos a los que se respeta”. Este pudor es claramente cultural. En la propia naturaleza de los sentimientos está ser expresivos, porque tienen una función de vinculación social. Por ejemplo, el llanto es una petición visible de compasión y ayuda. Sólo cuando se quiere evitar socialmente esta petición se prescribe el ocultamiento de las lágrimas.
Deberíamos recuperar el sentimiento de pudor, pero rediseñándolo, haciendo algo parecido a lo que hemos hecho con el concepto de honor. Era demasiado social y lo hemos convertido en dignidad, que es un valor intrínsecamente personal. El nuevo sentimiento de pudor no debería relacionarse con el miedo a ser visto o juzgado, o con un recelo hacia el cuerpo, sino que debería fundarse en el respeto debido a la dignidad propia y ajena. Así entendido, el pudor sería la vergüenza que nos impediría realizar actos indignos. Los demás pudores no merecen pervivir. Son supervivientes, es decir, supersticiones.
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