Educación
La escuela busca un nuevo lenguaje para la era global

Sofía tiene siete años y fue adoptada en Rusia cuando tenía tres. Es una niña feliz y extrovertida, pero desde hace unos días anda ensimismada y salta a la primera. Por fin, en ese momento mágico de intimidad que se produce a la hora de acostarse, con lágrimas en los ojos le cuenta su angustia a mamá: “Mañana tenemos que llevar una foto de cuando éramos bebés, ¡y soy la única que no va a tener!”. Sofía tiembla al pensar que o bien se va a llevar una injusta reprimenda, o bien va a tener que dar más explicaciones de las que desea sobre su historia personal. Tiene razón, en lo que se equivoca es en que va a ser la única. Ni su amiga Adriana ni otros siete niños de su clase van a poder tampoco cumplir la tarea. Ellos llegaron a España cuando sus familias emigraron para construirse una nueva vida en nuestro país. Las fotos de su nacimiento, si es que existían, quedaron fuera de las maletas.
Esta anécdota ilustra con claridad uno de los grandes retos a los que se enfrenta el sistema educativo. De acuerdo con la ley, debería procurar un ambiente acogedor en el que todos los alumnos se sintieran igualmente incluidos, con independencia de sus circunstancias familiares o de su lugar de nacimiento. Parece que poner un ejercicio que nueve de 26 alumnos no pueden realizar no es el modo de hacerlo. Se diría que los grandes cambios sociales nos han pillado a todos, no sólo en el ámbito escolar, por sorpresa.
Una nueva sociedad
Los que hoy somos adultos crecimos en una sociedad cerrada, en la que el contacto con extranjeros –como se decía entonces– era un hecho aislado y excepcional. En 1970, las cifras oficiales de residentes foráneos en España eran de un 0,4 por ciento, de los cuales más de un 60 por ciento procedía de países de la actual Unión Europea. Hoy, en cambio, se calcula, sumando los irregulares a las cifras oficiales, que los inmigrantes extracomunitarios son alrededor de un 15 por ciento de la población española. A diferencia de Francia o Inglaterra, donde la convivencia entre distintas comunidades era ya normal el siglo pasado, España ha aterrizado en la aldea global sin una transición previa.
Paralelamente, al núcleo familiar tradicional compuesto por una mujer y un hombre que engendraban y criaban a un número variable de hijos se ha sumado un amplio abanico de modelos de familia. Muchos niños viven en familias que no encajan en este esquema: familias adoptivas, familias reconstituidas tras la separación o el divorcio con hermanos de padre o de madre, niños que viven en una familia de acogida, familias monoparentales, homoparentales...
Actualizar la palabra familia
A la hora de explicar a los niños qué es una familia, es necesario transmitir un concepto actualizado, en el que todos puedan verse reflejados. “Un hombre y una mujer que se casan y tienen hijos” no es una definición válida: lo que define a una familia no es su composición ni los lazos biológicos, sino las relaciones de afecto y cuidado mutuo que se dan en su seno. Independientemente de los miembros que las compongan o del modo en que fueron creadas, todas ellas son iguales en lo esencial.
Desde la escuela infantil, es posible enseñarles que las familias están formadas por personas que se quieren y se cuidan. Para entender la realidad que les rodea, necesitan que se les haga ver que existen distintos tipos de familias: hay niños que crecen en la familia en la que nacen y otros que son adoptados, hay niños que viven con un padre y una madre y otros que viven con una madre, o un padre, o dos madres, con los abuelos, etcétera. A veces (como ocurre en los divorcios), las personas de una familia dejan de vivir juntas, pero eso no significa que dejen de quererse o cuidarse.
En la vorágine del día a día y las reformas educativas, la escuela olvida a menudo que la diversidad familiar exige revisar el material educativo. Tanto a los alumnos adoptados como a los que no viven en familias tradicionales, algunas tareas o actividades escolares clásicas pueden hacerles sentir incómodos, confusos o excluidos. Elaborar un árbol genealógico oescribir una narración sobre sus primeros años de vida supone para algunos de ellos enfatizar públicamente un pasado poco habitual, revelar información privada o resaltar las lagunas de información sobre algunos aspectos de su vida.
Este tipo de trabajo ha quedado desfasado porque presupone que todos los alumnos viven en familias formadas por un padre y una madre con los que comparten ADN. Puesto que parten de una premisa equivocada, no pueden cumplir los objetivos que pretenden. Con sentido común y sensibilidad, los educadores pueden adaptar las actividades, ofreciendo a todos los alumnos una alternativa con la que alcanzar los objetivos que estos trabajos pretenden. ¿Por qué no investigar la genética emparejando a los alumnos y tratando de averiguar cómo sería su descendencia? Si se trata de ejercitarse en la narración, ¿por qué no pedirles que lo hagan sobre el día más divertido de sus vidas o cualquier otro tema? Hay mil y una formas de trabajar las materias sin necesidad de que ningún niño se sienta incomodado o marginado.







