Sufridores por todos y a todas horas

“¡No te olvides de llamarme cuando llegues!” Ante esta advertencia cabría contestar: “Sin noticias, buenas noticias” (no news, good news). Se podría pensar que los sufridores son personas virtuosas, amantes incondicionales que te están expresando que tu sufrimiento es su sufrimiento o más bien que tú eres el responsable de que dejen de sufrir. Aparentemente, así es, pero la verdad es que no se trata de que el sufridor sea tan bueno, es que necesita saber de ti para estar bien él. Una motivación no tan altruista como parece. No es que queramos tirar por la ventana toda una tradición religiosa que nos ha machacado con la idea de que en el sufrimiento está la virtud, pero en realidad el sufridor excesivo es una persona que se hace daño a sí mismo y al objeto de sus preocupaciones. A sí mismo, porque intenta controlar la vida de los demás para evitar su sinvivir, y al otro, porque le transmite el mensaje de que tiene que informar y reportarse para corresponderle ya que está sufriendo por él. Por consiguiente, si no lo hace, este último puede sucumbir a un estado constante de culpabilidad si no se ocupa de despreocupar al preocupado, ya que se acaba sintiendo responsable del bienestar del sufridor. En fin, nada de bueno. Es pura ansiedad desbordada por un control excesivo que se transmite de unos a otros entre personas que se quieren.
La ansiedad es un estado de alerta que prepara el cuerpo para defenderse de algún peligro, sea real o imaginado. En el caso del sufridor, la imaginación desborda la realidad. Los que sufren en exceso tienden a percibir que el peligro es más probable de lo que realmente es.
Por otra parte, creen que sus recursos para defenderse ante las adversidades son escasos e insuficientes. Es decir, están distorsionando las probabilidades de ocurrencia del peligro y de su salvación.
Los psicólogos consideran que una característica preponderante en los sufridores es que no pueden tolerar la incertidumbre. Estos prefieren a veces conocer con seguridad un resultado negativo que quedarse con el suspense. Hay un dicho alemán que lo ilustra: “Es preferible un final terrible que un terror sin final”. La preocupación es su lucha por lograr algo de certeza. Elaboran todo tipo de soluciones para cada posible problema, un árbol de decisión, con el fin de obtener respuestas para toda eventualidad, pero las respuestas nunca son suficientes ya que no existen garantías en un futuro hipotético. El sufridor suele igualar lo impredecible a un mal resultado.
Prepararse para lo peor
Esta dificultad para tolerar lo incierto le conduce a considerar la preocupación como algo útil. Puede llegar a creer que la preocupación es un medio de prepararse para lo peor y estar listo para cualquier desgracia que pueda ocurrir. La actividad mental persigue predecir lo venidero de modo tal que no sobrevengan sorpresas. Así, la preocupación para él representa reducir la experiencia de impredictibilidad. Al mitigar la angustia debida a la inseguridad, la actividad mental se hace más y más activa porque en un principio le consuela. Por esta razón, da por sentado que preocuparse es la estrategia más eficaz para hacer que la vida sea más predecible y se encuentre bajo control.
Pero la realidad es que la preocupación no acostumbra a lograr ese efecto. Tampoco el hecho de sufrir hace cambiar las probabilidades de que lo que tenga que pasar pase. La vida seguirá siendo igualmente incierta. Lo único que cambia es la percepción de control. Se genera una ilusión de tener control que al final se cobra un enorme coste: imaginarse el peor escenario sintiéndose mal y nervioso durante el proceso. Realmente, esta falsa sensación de seguridad no justifica las ingratas consecuencias de una preocupación excesiva.
Dicen que ya estamos inmersos en la era de la ansiedad. De hecho, mucho de lo que estamos viviendo puede potencialmente producir ansiedad. Adaptarse con celeridad a la sucesión de riesgos, cambios, novedades e impredictibilidad que vivimos hubiera sido insostenible para nuestros ancestros. Pero, aunque la ansiedad es una parte ineludible de nuestras vidas, ella no tiene que ser nuestra dueña.
No toda preocupación es nociva. Si pensáramos que está mal preocuparse, correríamos el riesgo de culpabilizarnos en exceso tachando toda preocupación de indeseable. Habría, no obstante, que organizar el material mental de una manera más eficiente y no desperdiciar más energía que la necesaria. Construir una mente más focalizada que, a modo de un rayo láser, nos dirigiera a la acción de una manera útil.
Por eso, una de las primeras acciones para redirigir la mente preocupada en exceso sería hacer tarea de despacho. Reordenar las preocupaciones como organizamos los papeles. Lo deberes consisten en encontrar un momento adecuado, cada día a la misma hora, para dedicarse a preocuparse. Para eso debería elegir un tema de preocupación que lo haya atormentado especialmente. Con eso también se puede aprender cuál es el momento para preocuparse y cuál no.
La primera tarea es elegir un tema para preocuparse deliberadamente. Por ejemplo una decisión que se tiene que tomar, o la anticipación de una conferencia o un partido. El segundo paso consiste en reservar unos 20 minutos para despachar. Hay que saber que el tiempo dedicado tiene un final, para que la preocupación no siga indefinidamente. Es útil tener algo que hacer al terminar. A continuación, hay que concentrarse, ser consciente de lo que se siente, las emociones y el malestar. Y no distraerse del tema elegido. También hay que tener en cuenta que cuando se acabe el tiempo se debe volver a desconectar. Hay que abandonar el tema cuando se esté fuera del tiempo dedicado. Cuando aparezca el pensamiento fuera de hora, basta con recordar que ya se examinará cuando llegue la hora de la preocupación.
La frecuencia debe ir disminuyendo gradualmente, y también la duración del momento de la preocupación. Algunos problemas ya se habrán resuelto.







