24/08/2008

La victoria de vivir en pareja

Textos y fotos de Martín Correa-Urquiza
La diferencia se queda fuera, aseguran estas cuatro parejas de personas diferentes. En casa, son normales, iguales, y sufren de manera similar por su diferencia en el exterior. Ciegos, esquizofrénicos, síndrome de Down, las etiquetas de discapacidad no les impiden vivir juntos, disfrutar de su núcleo familiar, tener su propio proyecto de futuro.

Andy y Mónica viven juntos desde hace seis años.

Andy y Mónica “Los padres a veces tienen más obstáculos propios que los mismos hijos”

Andy y Mónica tienen otras sensibilidades. Y lo saben. Hablan del cariño que se tienen y casi se ponen a llorar abrazados. Y después ríen; ríen cuando él lee noticias y ella resuelve crucigramas recostada en el sillón. Ríen mientras lavan los platos, cuando él le hace cosquillas y ella se ruboriza. Ríen mucho. Hace seis años que viven juntos gracias al apoyo de la Fundación Catalana Síndrome de Down y a su propia determinación. “Lo más importante es que nos queremos, que nos consolidamos como pareja y que cada uno se encarga de una parte de las tareas comunes”, afirma Andy. Tiene un decir lento, reflexivo y alarga las erres cuando habla. Con cada palabra, mira al techo, que aquí es el cielo y brinda inspiración.
“Nos conocimos el 27 de agosto en casa de una amiga y diez años después, un 10 de febrero, nos fuimos a vivir juntos”, apunta Mónica, que siempre memoriza las fechas. “Al principio fue una prueba, como la prueba del algodón”, dice Andy. “El algodón no engaña”, completa ella y sigue. “Es que tuvimos nuestros más y nuestros menos, como cualquier familia, pero salimos adelante. Lo más difícil fue aprender a ponernos de acuerdo.”
Cuentan que el síndrome de Down no ha afectado a la pareja. “Yo no noto que lo tengo –dice Andy–. Me considero una persona normal. Puedo hacer lo mismo que los demás, y, aunque habrá cosas que serán más difíciles para mí, también las hay difíciles para los otros”. Andy trabaja en CosmoCaixa y está feliz con su trabajo, incluso le queda tiempo para ir a nadar, una de sus grandes aficiones. Mónica se encarga del correo y hace tareas administrativas en la Fundación Catalana Síndrome de Down.
“Tenemos una amistad” –dice Monica–. “Sí, pero algo más –agrega Andy–, tenemos un anillo porque estamos enamorados. Porque nos queremos como pareja. Incluso queremos hacer una boda, aunque necesitamos la firma de nuestros padres. Ya veremos. Como estamos, también está muy bien.” Y hablan del mutuo cariño con una naturalidad que no se ve en las calles de la supuesta normalidad: “Una de las cosas que me enamoraron de Mónica
–relata él– es el cuidado y la preocupación que tiene por los demás; si alguien de mi familia se encuentra mal, ella siempre me pregunta y me apoya. Esto es algo que cuando lo digo me emociono, tengo que saber controlarme.” “De Andy –completa ella– me gusta que es cariñoso, sensible y nada rencoroso. Aunque no nos hayamos casado, lo considero mi marido y mi amigo.”
Dicen que, en lo relativo a las personas con síndrome de Down, la sociedad tendría que cambiar un poquito, principalmente algunas familias. “Porque hablamos mucho de integración social y laboral –afirma él–, pero hay padres que tienen mucho miedo a que sus hijos puedan hacer lo que estamos haciendo Mónica y yo de vivir solos en un piso. Los padres a veces tienen más obstáculos propios que los mismos hijos. A ellos les diría que tienen que confiar más en nosotros. Es como una puerta que se tiene que abrir.”
“Lo más importante –termina Andy– es que quede claro que yo no podría vivir sin Mónica. Para mí, el mundo es ella, y los demás me importan tres rábanos.” “Cada noche, cuando estoy en la cama, le cojo las manitas y así nos quedamos fritos”, agrega ella. “Esta es la parte más romántica de la noche –completa él–. Ahí yo me tomo las pastillas para dormir y me olvido de todo.”
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de: Maria Salgado Cota | 29/08/2008
Me encantan los reportajes de este tipo, hace que piense en las comodidades que muchos tenemos y de las cuales no somos conscientes. Casi todos lo que hacermos es quejarnos de todo y por todo, un rato en los zapatos de otro nos haría darnos cuenta que agradecemos poco lo que tenemos.

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28 de junio
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