31/08/2008

Más allá del miedo

Texto de Irene Orce
Ilustraciones de Mariona Cabassa
Cuando el miedo se torna irracional, se convierte en una fobia, una situación que da lugar
a una pérdida de calidad de vida. Pero no hay que confundir el miedo racional con las fobias, uno de los trastornos de la ansiedad.
El corazón se acelera. La respiración se agita, incontrolada, mientras que los músculos de todo el cuerpo se tensan. El sudor entra en escena, delator, acompañado de una súbita sequedad de boca. Los reflejos se agudizan y la atención aumenta. La inquietud vibra al son de los escalofríos. Así se siente el miedo. Una reacción de defensa, natural, necesaria para la supervivencia, que permite al ser humano alejarse de situaciones potencialmente peligrosas. Pero cuando el miedo hacia una situación, objeto o animal que no son una amenaza objetiva se torna irracional, se convierte en fobia, una limitación que altera notablemente la vida cotidiana.
Las fobias ocupan un puesto destacado dentro de los trastornos de la ansiedad. “Un día concreto, sin saber por qué, ante un estímulo como subir en ascensor, tienes una crisis de ansiedad. Piensas que cualquier día te puede volver a ocurrir, temes esa situación por aquello que te ha hecho sentir y, por lo tanto, la evitas. Esa actitud genera más miedo, y el problema se retroalimenta. Así, un hecho aparentemente casual puede limitar tu vida”, explica Josep Maria Farré, director del servicio de psiquiatría del Instituto Universitario Dexeus.
Según un estudio realizado por Farré y Lasheras en el 2004, hay tres clases de trastornos fóbicos: la fobia específica –que padecen entre un 10 y un 13% de los españoles–, la agorafobia –un 2,2% de la población española sufre un temor patológico a enfrentarse a espacios abiertos– y la menos conocida, la fobia social, el terror a hacer el ridículo en presencia de desconocidos, que afecta al 4% de los españoles.
La fobia específica abarca desde el miedo irracional a ciertos animales (10%) hasta el pánico a subirse a un avión (2,6%), pasando por la intolerancia a los dentistas (5%), a los espacios cerrados (4%), a la oscuridad (2,3%) y a la penetración (4%), entre otras cosas. “El origen de las fobias, en un alto porcentaje de los casos, es la vivencia de acontecimientos traumáticos”, afirma Farré. “El tratamiento es fundamental para conseguir una liberación completa del miedo, aunque sólo es necesario cuando la fobia supone realmente un elemento limitador en la vida del afectado”, remarca.
La persona que padece una fobia desarrolla un miedo muy intenso cuando está (o imagina estar) ante la situación que teme. Alejandra lo sabe bien. Hace seis años le diagnosticaron agorafobia, un infierno del que ha logrado escapar. El enfermo reconoce que su temor es desproporcionado, pero la respuesta fóbica es inmediata e incontrolable. “Tras 19 años trabajando de cara al público y llevando una vida independiente, caí en una depresión. Me encerré en mí misma, y al cabo de un tiempo comencé a evitar el contacto con mi entorno. Un buen día salí a la calle y comencé a temblar de tal manera que tuve que agarrarme a la primera farola que pude para no caer al suelo. Perdí el mundo de vista. Y comencé a no querer salir a la calle”, explica esta barcelonesa de 38 años.
La reacción de miedo es extrema, por lo que la persona evita a toda costa enfrentarse al objeto y la situación temidos. “Antes de decidir tratarme estuve un mes entero sin salir de casa”, explica Alejandra. “Más de una vez me había perdido en el supermercado. Me ahogaba, veía figuras borrosas que no sabía si iban o venían. Al verme, la gente se apartaba, creyendo que estaba drogada o borracha. Me sentía pequeñita, avergonzada”, relata.
El rechazo de la gente genera todavía más inseguridad, y el abismo con el exterior crece sin control. “Tuve que dejar el trabajo y me convertí en una persona dependiente, pues no podía salir de casa sola. Mi incapacidad para expresar lo que necesitaba y mi actitud distante fueron deteriorando las relaciones con mi entorno hasta hacerlas casi insostenibles, y era incapaz de enfrentarme al bullicio de la ciudad”, explica Alejandra.
Evitar la situación que genera miedo condiciona la vida del paciente, además de provocar que el círculo fóbico se perpetúe. “No enfrentarse al miedo provoca una disminución de la ansiedad a corto plazo, pero perpetúa el miedo a largo plazo, pues impide que la persona aprenda que la situación no es peligrosa y que es muy poco probable que sus predicciones ansiosas se conviertan en realidad”, explica Josep Maria Farré.
Las estadísticas sostienen las palabras de Farré, pero, a veces, el instinto se impone a la razón. “Cada vez que veía un pájaro me comenzaban a temblar las piernas y tenía que salir huyendo”, cuenta Juan, empresario de 29 años que padeció esta fobia cuando era chaval. “Puede parecer una nimiedad, pero ese miedo irracional me acarreó problemas… mis compañeros de colegio no lo entendían, y fui objeto de muchas burlas, pero una vez me diagnosticaron la fobia específica supe mucho mejor cómo enfrentarme a ella, ayudado por el tratamiento”, asegura.
La sanación viene de la mano del valor y la voluntad, pues el miedo se vence a través de la experiencia propia. “Ese es el objetivo del tratamiento: mediante diversas técnicas, lograr que el paciente se enfrente a su miedo para poder superarlo”, afirma Farré. “Las personas que sufren una fobia grave suelen sentirse muy incomprendidas y a la vez muy limitadas. Hay que ofrecerles la oportunidad de reinventarse a sí mismas, evolucionar marcando pautas para romper lasbarreras que impone el miedo”, recalca.
Psicología 1 | 2 | siguiente
Le invitamos a que sea el primero en comentar esta información.
30 de noviembre
30 de noviembre
Publicidad
Buscar en