07/09/2008
Las edades del niño
Texto de Mónica Artigas
Fotos de Mariona Cabassa
Crecer es una tarea fácil para un niño. Ocurre, sin más. Pero educar y disfrutar de cada una de las etapas de su evolución requiere conocerlos a fondo
Este artículo ha sido realizado con el asesoramiento de Carme Thió, psicóloga, asesora pedagógica en escuelas de educación infantil y primaria y autora de Entre pares i fills (entre padres e hijos) (Ed. Barcanova), y Josep Maria Cubells, pediatra, jefe de pediatría ambulatoria del USP Instituto Universitario Dexeus y autor junto a Sonia Ricart de ¿Por qué lloras? (Ed. Martínez Roca).

De 4 a 6 años: en la edad dorada de la infancia se empieza a ser uno mismo y todo entusiasma Su energía es inagotable. Las capacidades motoras han mejorado enormemente, y el niño ha aprendido a dominar su cuerpo. Salta a la pata coja, corre, aprende a nadar. Progresa a un ritmo trepidante. A los tres años chuta un balón cuando lo recibe, a los cuatro años lo lanza, a los cinco lo bota perfectamente. La motricidad fina también se perfecciona. A los tres dibuja grandes círculos; a los cuatro, casas con árboles; a los cinco, personas con pelo, nariz, ojos, dientes y dedos. Ha dejado atrás su necesidad de reafirmarse y ya no se enfada. Al contrario: es locuaz, divertido, activo y disfruta con el lenguaje verbal. Aunque sigue llorando –si no, no sería un niño– cuando las cosas le salen mal o cuando quiere estar con papá y mamá, ya no son los enfados de antaño. En general, y si hasta entonces se han construido de forma positiva unos buenos cimientos, el niño se tranquiliza, disfruta de la vida y se entusiasma con cualquier cosa. No es extraño que se haya bautizado esta etapa como la edad dorada.
Mimar la autoestima
La necesidad básica en estos años es la consolidación de su autonomía y, para ello, su autoestima precisa crecer y tener todos los refuerzos necesarios. Cuando hace algo bien, cuando alcanza una meta, sea escribir su nombre o saltar dos escalones a la vez, es importante no limitarse a aplaudir sino transmitirle que es él quien debe sentirse jubiloso por lo que ha conseguido. Expresiones como “estarás contentísimo, lo has hecho tú solo, qué grande eres” pueden sustituir a algunas como “bravo, papá y mamá estamos encantados, te mereces un premio”. De hecho, el clásico método de premio y castigo debe ponerse en cuestión, ya que no es necesario. A esta edad, el niño empieza a darse cuenta de que tiene responsabilidad de su propia vida. Ve que comer o beber, por ejemplo, dependen y repercuten en él y que no come para contentar a sus padres, sino que lo hace porque así tiene el estómago lleno y se siente mejor o porque será tan alto como su primo. De este modo, él se fabrica su propio premio.
Igualmente, también ayuda a aupar la autoestima el hecho de tomar decisiones. La posibilidad de elegir es para cualquier humano satisfactoria y placentera. Ofrecerle opciones, dentro de lo que se pueda, claro, es estimulante. Se trata de darle no más que un par de posibilidades. Por ejemplo: “Hay verdura: ¿quieres más patata o más judías?”.
Respeto a la autoridad
Dado que empieza a comprender y que se empieza a explicar el mundo con la insistencia de sus porqués que le responden los adultos, es una muy buena etapa para poner límites. Es un momento en que no controla las consecuencias de sus actos y no podrá pensar “pobres papás, les acabo de destrozar el lavavajillas”, pero sí que entiende, en cambio, que hay límites que se ponen porque se necesitan normas que deben respetarse. La autoridad, en la escuela, pero sobre todo la de sus padres, la reconoce instantáneamente, y no debe haber ningún prejuicio a la hora de ejercerla siempre que, por supuesto, sea con respeto. De hecho, reconocer que hay alguien más poderoso que él que le dice lo que a veces “no se puede” hacer le deja muy claro que ese ser superior le protegerá siempre y podrá con todo. De algún modo, tener la autoridad cerca –lo cual no quiere decir ser autoritario– le da seguridad, le relaja y le ayuda a crecer.
A la hora de recibir instrucciones, agradecerá que las ideas sean claras y ordenadas. El adulto tiene gran capacidad para poner en solfa una vida que él todavía desconoce. Y aunque es necesario argumentar y explicar siempre, desde que son más pequeños, por qué sí o por qué no, es en esta etapa cuando, más que nunca, él deberá conocer las razones que llevan a una decisión de sus padres. Porque a veces no es cuestión de tener un niño obediente, sino con criterio.
A partir de los tres años, un niño puede empezar a entender valores como la tolerancia, el respeto, la solidaridad. Pero, por supuesto, cualquier intento de hacerle llegar estos conceptos tan bonitos a través de discursos morales será en vano. Lo mejor es utilizar sus propios vehículos. ¿Pequeños? Sí, pero de gran alcance. Por ejemplo, los cuentos. La conclusión ética que estos tienen, la clásica moraleja, les llega de forma muy fácil cuando se cuentan historias en las que el protagonista es un tercero. Es mucho más fácil condenar la maldad de la madrastra de Cenicienta que entender lo que es la maldad en sus carnes, cuando están implicados sentimientos propios que son, para uno mismo, muy difíciles de juzgar.
La imaginación cumple funciones adaptativas y socializadoras. A los 4 años se le denomina la edad mágica. El juego simbólico se encuentra en pleno apogeo y, además, aparecen los amigos invisibles, las hadas, los diablos… Esta magia se vive con tanta pasión que incluso a veces el niño cree que sus intenciones y sus deseos tienen un efecto mágico, lo cual puede, en algún momento, preocuparle.
Primeros compañeros
La vida familiar sigue proporcionándole las vivencias emocionales más importantes, pero también en estos años comienza la socialización. La escuela es, en general, el espacio donde encuentra compañeros para practicar sus primeros juegos en grupo. Esto le proporciona verdadera diversión, aunque tampoco son momentos exentos de conflicto. Se forman grupos, inclusiones y exclusiones, ahora te quiero, ahora no. Pero a esta edad, estos problemas suelen importar muy poco.
En caso de que las relaciones con sus colegas preocupen a los padres, o que el niño sea excesivamente tímido, se desaconseja la intervención directa. En cambio, dar la oportunidad al niño de invitar a sus compañeros a casa puede ser una buena opción ya que será su terreno, donde enseñará sus juguetes y se sentirá más cómodo después con ellos. Con esta socialización primera también suelen nacer las primeras mentiras. Hasta los cuatro años, un niño nunca miente. A partir de entonces, descubre que tiene una intimidad que quiere y puede preservar. Y lo utiliza en lo que es, no cabe duda, un magnífico ensayo de vida.
de: Irene | 26/10/2009
El artículo me parece brillante y el tema apasionante.
de: Mònica Pastor | 14/10/2008
Soy una abuela de una "bebé alta demanda" y siempre me he sentido con poca información sobre este tema. Pero hace poco he descubierto la página www.bebesaltademanda.com, por lo que la recomiendo a mamás y familiares en mi misma situación, asi como tambien a Mònica Artigas y a Carme Thió. Deseo que os sea de buena ayuda. Una abrazo a todas las lectoras.
de: Zoquete | 29/09/2008
A priori, se deduce de estos resúmenes una espléndida recopilación de los típicos conflictos que surgen respecto a la educación de los niños, teniendo muy en cuenta el punto de vista del infante, lo que siente, cómo lo vive. Sería redondo si, además, se profundizara más en el comportamiento adulto. ¿Por qué educamos tan mal? ¿Por qué nos cargamos de excusas tipo durísimas jornadas laborales y de preocupaciones pecuniarias frente a las demandas de dedicación de nuestros hijos? ¿Cómo encontrar la cuadratura de este círculo vicioso?










