Las edades del niño
Este artículo ha sido realizado con el asesoramiento de Carme Thió, psicóloga, asesora pedagógica en escuelas de educación infantil y primaria y autora de Entre pares i fills (entre padres e hijos) (Ed. Barcanova), y Josep Maria Cubells, pediatra, jefe de pediatría ambulatoria del USP Instituto Universitario Dexeus y autor junto a Sonia Ricart de ¿Por qué lloras? (Ed. Martínez Roca).

De 7 a 12 años: entienden, razonan, comienzan el diálogo y las protestas
Hay un cambio esencial en sus capacidades intelectuales. Hasta ahora, su inteligencia era intuitiva. Ahora empieza a razonar. En su mente, nace la lógica. Entiende que si A es igual a B y B es igual a C, entonces C es igual a A. También comprende fenómenos como el de inclusión: todas las palomas son aves, pero no todas las aves son palomas. Los conceptos abstractos tienen cabida en esta nueva forma de entender el mundo. Hasta los seis años, en su imaginación todo vive: la luna ríe, la nube llora... Ahora descubre que los astros tienen una razón de ser, qué es el alma, qué pasa con los Reyes Magos, cómo se hacen los niños y mil cosas más. Es una etapa larga. El cambio es gradual.
De hecho, aunque el uso de esta razón comienza a los 6 años, es un proceso que realmente no culmina hasta los 12.
Límites y pactos
El lenguaje verbal vive óptimos momentos, y hay una mejora notable de la memoria. Hasta ahora, el niño había aprendido a leer; ahora comenzará a disfrutar de la lectura, y esto le dará alas. Será capaz de entender argumentos complejos, razones ocultas, dobles sentidos y disfrutará con una actividad placentera que vivirá con intensidad. Gracias a ella, mejorarán su capacidad de atención y concentración y su expresión escrita, imprescindibles en el ámbito académico.
Si existe una estimulación constante, hay un buen colegio, buenos profesores y materiales, será un periodo tranquilo. Además, la mayoría de los padres disfruta mucho en estas edades. El niño ya es independiente, entiende las cosas, asume responsabilidades y colabora en las tareas domésticas. Por fin es posible pasarlo bien haciendo lo mismo: planear viajes, organizar actividades con otras familias, fiestas, practicar un deporte, subir a una cima o comer en un restaurante. Sin embargo, son unos años en que hay dificultad para poner límites. Al verse tan cerca de sus padres, el niño adulto comienza a pensar que su criterio vale tanto como el de sus padres y suele confundirse fácilmente. Le molestan los límites. Sin embargo, estos tienen un objetivo educativo crucial: que se acostumbre a vivir con ellos.
El razonamiento y el diálogo serán claves cuando exprese sus protestas. Es una época en que pueden comenzar los pactos. Hasta ahora, estaban impuestos por los padres. Ahora es posible que ya exista la negociación por las dos partes, y al niño negociar le gusta porque le hace sentirse mayor.
La primera independencia
Las amistades tienen un gran peso. Hay un cambio extraordinario en la calidad de los amigos. Ahora son del todo necesarios, y el niño vive la sintonía entre sus intereses y los de sus iguales. Esto le reporta gran satisfacción y es una fuente de afecto nueva. Disfrutará con su equipo si hace algún deporte, y en el colegio querrá pertenecer a un grupo. Aunque estos se hacen y se deshacen con facilidad, en ellos el niño descubre otra faceta de sí mismo. En el grupo asumirá un rol. Son momentos en que se desarrolla la personalidad, aprende a potenciar sus virtudes y a sobrellevar los fracasos.
Alrededor de los 10 años, un niño se siente mayor. Empezará a no querer, por ejemplo, algo tan bonito como que su mamá le dé un sonoro beso delante de sus amigos. O querrá tener su propio espacio en casa, convirtiendo aquella habitación infantil en casi un proyecto adolescente. Deseará estar en ella solo, abstraerse, escuchar música, leer…
Tiene capacidad para decidir y, aunque todavía necesita mucho a sus padres, es aconsejable favorecer esta independencia y hacer que tome responsabilidades. Si se deja los deberes en casa, él debe asumir las consecuencias. Prepararles todo lo que necesitan es ponerles fácil que digan aquello de “tú tienes la culpa” si hay algún despiste. Y a partir de ahí nacería un pequeño dictador. Muy importante: dejar que se equivoque cuantas veces sea necesario. De los errores se aprende, ahora más que nunca.









