28/09/2008

Atrapados en la era de la impaciencia

Texto de Gaby Martínez
Ilustración de Meritxell Duran
No se enerve si en esta primera línea aún no ha leído nada espectacular. Ni en esta. Más bien, observe su reacción. No se trata de tomarle el pelo, aunque el tema que aquí
se trata pueda provocar alopecia. Pero espere: antes que nada, piense en usted. Sí, en usted. ¿Cómo soporta hacer cola? ¿Pita mucho cuando hay caravana? ¿Consulta más de dos veces al día el e-mail? Es que vamos a hablar de impaciencia.

Todo esto lo sabemos: para adelgazar, es común recurrir a la liposucción. Infinidad de tupperwares o cafés se calientan en microondas. Se conoce noticias al instante a través de internet. Y luego están los coches, los aviones o los trenes de alta veloci-dad que permiten llegar a todas partes tan rápido. Así que sin duda la tecnología ha influido en introducir una nueva velocidad en nuestra vida. Muy bien. La cuestión es: “Tenemos un cerebro diseñado a lo largo de milenios para vivir en un entorno que no es el actual –o eso dice el psicólogo Jordi Vicens–. Las modifi-caciones han sido tan rápidas que no le ha dado tiempo de adaptarse”.
El nuevo imperio de la impaciencia es un síntoma ejemplar de las dificultades por las que atraviesa el cerebro del XXI. Jamás en la historia los seres humanos habían logrado consumar objetivos con tanta frecuencia de un modo tan rápido, y por eso, según Vicens, “cada vez nos cuesta más tolerar un retraso, y nos sentimos con frecuencia frustrados”. El moderno ciberespacio sirve bien para sintetizar la urgencia actual: “Los usuarios de las páginas web somos seres muy impacientes
–asegura el cibernavegante Gonzbuk–. Los estudios lo indican. A la mínima que una web no carga o que nos sentimos confusos o perdidos, la abandonamos para enfilar otra que nos parezca más fácil y clara, es decir, más usable”. El analista Jakob Nielsen afirma que si un diseño se antoja complicado o una página tarda algo más en cargar, el internauta cerrará enseguida la ventana.
–¿Cuánto es “enseguida”?
–Siete segundos –dice Nielsen–. Aunque la tendencia va a la baja y se sitúa en torno a los cinco –afirma Gonzbuk.
O sea, que si una información emitida a once mil kilómetros de distancia tarda ocho segundos en descargarse, usted quizá ya habrá hecho clic, renunciando a ella. ¿Cómo hemos llegado hasta aquí?

¿Oro o inflación?
El doctor Larry Dossey diagnosticó en 1982 que nuestra sociedad (occidental) padece “la enfermedad del tiempo”. Por entonces ya se habían popularizado las patologías derivadas del nuevo ritmo acelerado, que cada año parece un poquito más vertiginoso e inasimilable para una enferma que tiende a empeorar. ¿Nos hemos tomado demasiado en serio aquello de que “el tiempo es oro”?
“En la revolución industrial se instaló la visión del tiempo como oro, y con los años se ha ido perfeccionando. De ahí que a tanta gente le preocupe cómo reformular su tiempo privado para que sea oro, y no basura”, declara Eloy Fernández Porta, recién terminado su ensayo Homo sampler. Tiempo y consumo en la era afterpop.
Contemplar el tiempo como valor, como fondo de inversión, es una actitud muy de hoy, y, aunque algunos opinen que “el tiempo está sobrevalorado”, lo cierto es que su cotización es la que es. Millones de terrícolas lo quieren, lo persiguen, lo veneran. Fernández Porta viene a señalar que sobre todo el capitalismo ha especulado a fondo con él, y que los medios de comunicación y la publicidad han inflado su importancia hasta crear un tiempo artificial que nos obliga a cambiar sin pausa, a presuntamente renovarnos, a consumir.
Los ciudadanos intentan seguir el paso hasta el punto de que “el propio cuerpo ha sido acelerado a la velocidad del consumo” (Geert Lovink, estudioso de las ciberculturas), con individuos capaces de cambiar de peinado siete veces en dos meses, hinchar sus bíceps en tiempos récord o variar de pechos, labios y/u orejas en función de la moda vigente. La dificultad del asunto es que, como observaba Vicens, nuestra cabeza aún no está preparada para zambullirse en ese allegro non stop en el que se han convertido las jornadas y quedarse tan tranquilo.
¿Por qué? “Cuando uno ve que un autobús se le echa encima, da tres pasos rápidos para salvarse –explica el psicólogo–. Cuando una gacela detecta a un león, se le tensa la musculatura, respira más rápido, se prepara para correr. A lo largo de milenios, las especies han desarrollado mecanismos adaptativos para responder a situaciones de peligro que se daban de vez en cuando. Y los cambios alrededor también eran interpretados como peligro. En muy poco tiempo, el ser humano se ha visto inmerso en una cotidianidad llena de cambios, de manera que nuestros mecanismos destinados a actuar en caso de emergencia se activan sin parar haciendo que nos sintamos constantemente en peligro. Esto explica muchas depresiones y la ansiedad con la que conviven tantas personas”.
Por otro lado, aparece nuestro últimamente mal educado sentido de recompensa. La facilidad con la que accedemos a la información o disponemos de agua o compramos manzanas o circulamos en nuestro coche nos tiene bastante convencidos de que tenerlo todo y ahora es lo natural, de modo que tendemos a encajar mal cualquier obstáculo
que nos impida satisfacer de inmediato un deseo. Y no digamos no satisfacerlo.
Kant, el filósofo, sentenció que la impaciencia era “la debilidad del fuerte”, y alguna razón tenía porque desde luego que este es un sentimiento más propio de países desarrollados... si bien la televisión alcanza ya a casi todo el mundo, internet se expande fulgurante y la fiebre de la ansiedad empieza a golpear a esas sociedades miserables a las que, en arrebatos aún más patéticos, les da por anhelar objetivos de pura fantasía.

Poco saludable
Podrá argumentarse que la impaciencia también tiene sus ventajas: anima a la acción; a la superación personal; permite que la humanidad avance presta... Pero la verdad es que, objetivamente, no resulta saludable. El Journal of American Medical Association ha publicado un estudio realizado a 3.308 adultos con un patrón de conducta tipo A (activas e impulsivas, competitivas y hostiles) en el que “la impaciencia y la hostilidad al inicio de la etapa adulta fueron asociadas, a modo de dosis-respuesta –cuanto mayores eran estos sentimientos, más perjudiciales resultaban—, con un riesgo elevado de desarrollar hipertensión 15 años después”.
La hipertensión es un factor de riesgo cardiovascular. En España, un 4 por ciento de la mortalidad está originado por patologías del corazón o la circulación, cuya causa se encuentra en la tensión arterial elevada.
¿El perfil de un impaciente? Hay tantos, que resulta complicado distinguirlos por profesiones o zonas o intereses, y de hecho su número ha aumentado hasta el punto de haber puesto “casi de moda” (Vicens) el diagnóstico del trastorno límite, asociado a personas con nula tolerancia a la frustración y una enorme impulsividad. Hasta fechas recientes, el trastorno límite fue “algo así como un cajón de sastre en el que cabía un poco todo –señala Vicens–, pero ahora los especialistas profundizan cada vez más en él”.
Edward Bach, el inventor de las terapéuticamente tranquilizadoras flores de Bach, describió a los impacientes como “aquellos que son rápidos de pensamiento y de acción y que desean que todo sea hecho sin vacilación y sin retraso. Los que en la enfermedad se sienten ansiosos por curarse rápidamente. Los que encuentran muy difícil el ser pacientes con la gente lenta, pues consideran que eso es erróneo y constituye una pérdida de tiempo, de forma que se empeñarán en hacer que esa gente sea más rápida en todos los aspectos. Con frecuencia, prefieren trabajar y pensar en solitario, de forma que puedan hacer todo a su propio ritmo y su propia velocidad”.
La definición de Bach subraya el individualismo del impaciente y alude a ese feroz ánimo competitivo que impregna la atmósfera. El capitalismo a hipervelocidad (¿son sinónimos?) ha creado una gran burbuja de impaciencia de la que se benefician sobre todo las empresas y sus ejecutivos, interesados en crecer, vencer, crecer.
Los científicos y la teoría de la evolución aseguran que, además de en el sistema, la competencia está en los genes, y resulta significativo que el 2007, declarado año de los genomas por la revista Science, registrara un bilioso enfrentamiento entre genetistas. “En el 2007 se acababa de secuenciar de punta a punta el primer genoma de un individuo con nombre y apellidos conocidos, y su genoma se iba a depositar pronto en la base de datos pública. El elegido para ese honor había sido en principio James Watson, el único superviviente del trío que obtuvo el premio Nobel en 1962 por haber descubierto la estructura del ADN (...). El artículo que analizaría en profundidad el genoma de Watson no se iba a publicar en la revista Nature hasta abril del 2008. Pero Craig Venter, que había trabajado antes para Watson, con quien más de una vez había confesado mantener una relación de amor-odio, acabó adelantándosele (...) Venter anunció que él también había secuenciado el genoma entero de un individuo: el suyo. Y además lo había introducido en el GenBank nueve días antes de que apareciera el de Watson. Se había convertido así en el primer ser humano con el genoma secuenciado y hecho público” (fragmento del libro Inmortales y perfectos, del doctor Salvador Macip).
En Japón se ha sublimado ese espíritu de ir con la lengua fuera, hasta el punto de que, según el Ministerio de Salud, Trabajo y Bienestar de ese país, 147 personas fallecieron en el 2006 por karoshi, como allí denominan a la muerte por exceso de trabajo. (iestres.es: “Las muertes más comunes que ocasiona el karoshi son por hemorragia cerebral o insuficiencia cardiaca o respiratoria, las cuales aparecen de un momento a otro, aunque se van incubando debido a la fatiga y el estrés físico y mental por largas jornadas de trabajo”). La agencia Kyodo informó de que, el mismo año, al menos 66 personas se habían suicidado o intentado acabar con su vida por cuestiones relacionadas con la presión laboral o por trabajar por encima de su horario. Fue una cifra récord en Japón. 

Reacciones
La impaciencia, además, es “una fuente de desigualdades sociales”, según la antropóloga Victoria Reyes-García. Para probar su tesis, entre otras exploraciones recogió información durante dos años de una tribu de cazadores recolectores de la Amazonía boliviana, los tsimane. Los observó en un momento clave: al abrirse las escuelas, cuando los tsimane debían hacer la apuesta de estudiar o no. “Los impacientes no se sienten inclinados a ir a la escuela porque la educación escolar sólo da beneficios a largo plazo –dice Reyes-García– y prefieren seguir usando el conocimiento tradicional, del cual ven los beneficios a corto plazo.”
Su conclusión fue que “las personas más impacientes tenían: (a) mejores conocimientos tradicionales y menores niveles de escolaridad; (b) menores probabilidades de tener un trabajo asalariado; y (c) mayores probabilidades de trabajar en las comunidades”. Cuatro años después de finalizar el estudio, “la gente que había sido paciente tenía más ingresos por salario y más riqueza”.
En vistas de los habituales perjuicios físicos y económicos causados por la impaciencia, los educadores tienen muy claro que ese punto exige una atención especial. “El contexto favorece que hoy se sea más impaciente –ha dicho la psicóloga Paloma Méndez–, debido a que se tiende a vivir mucho más el presente sin reparar demasiado en el futuro. El problema puede venir desde la niñez, porque los niños viven de una forma muy hedonista, consiguiendo lo que quieren sin demasiado esfuerzo. Así, en determinadas ocasiones, no aprenden a asociar la relación que hay entre el esfuerzo y el resultado.”
–También se dice que les cuesta concentrarse más que antes.
–Sobre eso no hay ninguna seguridad –objeta Joan Portell, escritor y pedagogo especialista en libro infantil y juvenil–. Lo indudable es que los niños deben procesar mucha más información, y eso cuesta. Además de que todo va más rápido, así que ellos piden otro tipo de estímulos, de ritmo, para aprender. Por ejemplo, la narrativa juvenil e infantil ha cambiado mucho. En los libros de cuentos han desaparecido las descripciones que venían haciéndose desde el siglo XIX, y ahora pueden leerse casi como guiones de cine.
No obstante, la lectura emerge aún como un auténtico baluarte de reflexión y calma. Junot Díaz, último ganador del Pulitzer de novela, la ha definido como un proceso muy solitario que pone al lector “en contacto con otro ser humano, otro sistema nervioso y otra imaginación. Así como existe el movimiento slow food, nosotros necesitamos un movimiento slow life, y la lectura es un ritmo muy humano, donde te puedes pasar dos o tres horas manteniendo contacto con otro ser humano”.
De hecho, el nerviosismo general ha alcanzado extremos lo bastante perturbadores como para impulsar el movimiento slow al que dio singular vuelo Carl Honoré con su Elogio de la lentitud. De todas formas, las reacciones suelen ser más naturales, menos organizadas. La conciencia de agobio se extiende, y se intentan buscar ventanas. De ahí la abundancia, por ejemplo, de restaurantes llamados A Fuego Lento, o la recuperación de otros que sólo sirven algunas comidas si recibieron el encargo como mínimo un día antes.
Recientes iniciativas de comida rápida o de servir fruta cortada y pelada en envases al vacío no han prosperado –Actel no tardó en finiquitar su arriesgadísimo ensayo con manzana y pera–, y es que los consumidores prefieren comer algo fresco, que haya pasado por sus manos, aunque tenga que pelarlo.
Por supuesto, asoman los que intentan explotar la nueva ambición popular de lentitud ofreciendo espejismos de ese tiempo pasado más sereno y cada vez más mítico. The Home of Blues, la cadena de restaurantes Origens y otros establecimientos de ese estilo intentan transmitir la idea de volver a una cultura remota. Hay un auténtico auge de la música folk ante las músicas de estudio. Incluso la música de vanguardia usa medios digitales para volver a los ritmos de la tribu por vía tecnológica. Algo llamativo y generalizado es la nueva ilusión de la huida orientalista (Fernández Porta).
Conceptos como Buda o China aparecen a ojos de bastantes occidentales como guardianes del ancestral sosiego del alma, al margen de que el propio Imperio del Medio haya acelerado el ritmo hasta provocar que la psiquiatría experimente un dulcísimo momento allí. Oriente propone, eso sí, ejercicios corporales para domar desequilibrios, y el taichi o el yoga emergen como buenas alternativas para los occidentales aspirantes a evitar “el actual boom de los psicofármacos”, como dice Vicens. El psicólogo regala una anécdota: “Suelo tener dolor de cabeza y tomo aspirinas, algo que mi abuela nunca ha entendido. Por eso me decía: ‘Yo, cuando me dolía la cabeza, me aguantaba hasta que se me pasara’. Quiero decir que ahora se aguanta menos la ansiedad. Se intenta evitar el sufrimiento. No sé si seremos más débiles o peores, pero está claro que se requiere un esfuerzo suplementario para que la gente, los niños, comprendan que hay sensaciones y emociones inevitables”.
Comprender tu tiempo y buscar soluciones para vivir lo mejor posible en él es la opción del superviviente tipo, la darwinista. Hay quien propone salir de tu tiempo para crear uno propio, pero Allen Ginsberg expresó en un poema que eso no es buena idea porque, al final, el tiempo se volverá contra ti. Ginsberg sugiere, en fin, que no se trata de un combate en el que uno u otro se imponga, sino de lograr un trato a favor de la armonía.

El guepardo y la lentitud
De acuerdo, no nos pongamos metafísicos. Apuntemos a un modelo. El biólogo Josep García lleva once años viajando a Irán para seguir a una rara especie de guepardo asiático. El guepardo es el animal más rápido de la Tierra. García ha recorrido estepas persas, bosques, espacios enormes y solitarios en busca de cualquier pista (aparte de 17 parques nacionales iraníes, si bien esto lo hizo por devoción). Cree que a afrontar tamaña investigación puede haberle ayudado venir “del mundo de la ornitología, una ciencia que requiere ante todo paciencia. Cualquier trabajo requiere un plan previo, sobre todo si se requiere la manipulación de animales”.
–¿Cuánto tiempo suele tardarse como mínimo para completar un estudio sobre fauna?
–Dos años. Con ello se pueden extraer conclusiones más fehacientes. Los resultados de una temporada pueden ser fruto de unas condiciones determinadas que no se den en futuras temporadas.
A base de indagación, vigilancia y calma, el biólogo se ha encontrado “con especies que en la literatura se afirmaba que existían y en realidad no era cierto, y con otras no referenciadas que sin embargo sí existían”. Es decir, que la paciencia le ha enseñado que el mundo no es como lo cuentan... ni los medios de comunicación ni siquiera las otras personas. Descubrir el mundo real a partir de tu observación y con detenimiento parece un premio lo bastante hermoso como para que al terminar este artículo alguien piense en ello durante un minuto. O dos.

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30 de noviembre
30 de noviembre
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