12/10/2008

¿Qué harías tú sin mí?

Texto de Sonsoles Fuentes
Ilustraciones de Rosario Velasco
Por miedo al abandono, por una idea errónea de lo que significa amar, por falta de autoestima y por un mal aprendizaje, las personas con complejo de salvador repiten el mismo guión toda la vida: se ocupan de los demás para no ayudarse a sí mismos. Pero siempre se está a tiempo de cambiarlo

Sonsoles Fuentes es autora de la novela 'Como la seda'

Darse un regalo-Es importante concederse pequeñas gratificaciones para valorarse. La respiración diafragmática es una de ellas, y también la meditación, técnicas que nos enseñan a cuidarnos, a dar un alivio al cuerpo, a regalarse un tiempo y a no identificarse por completo con el problema, ver que uno es algo más que lo que le angustia.

Durante los tres años que Esther estuvo junto a Carlos, divorciado con una niña en edad preescolar, no escuchó más que sus lamentos. Aunque hubiera pasado la tarde depilándose, exfoliándose o hidratándose, por más dura que hubiera sido la batalla con el cepillo y el secador, sin dejar de atender la suculenta cena que preparaba, él llegaba deshecho ante la idea de pasar otro fin de semana sin su hija.
Podía haberle mandado callar, desde luego estaba en su derecho, y hacerle ver que si iban a darse un baño aquella noche, no tenía que ser, precisamente, de lágrimas. Pero no tuvo fuerzas, se sentía culpable. Quizá pensaba que si se empleaba a fondo en ayudarle a superar esa fase de duelo llegaría a valorar lo que ella aportaba a su vida, todo cuanto había hecho por él, y serían felices para siempre. Pero ese final no se veía venir por ninguna parte, y así quedó convertida en perpetua consoladora, hasta que se vio sumida en una profunda tristeza. Unos meses después de romper la relación, le encontró paseando con otra joven que le fue presentada como novia. “A mí no me llamó novia en todo el tiempo que estuvimos juntos. Me sentí como si lo hubiera arreglado para que otra mujer lo disfrutara.”
La historia de Esther recuerda un cuento sufí, el relato del oso sentado junto al río que, al ver un pez en el fondo, introdujo una pata y lo sacó al exterior. “¿Qué haces?”, le preguntó el pez. “Te estoy salvando de morir ahogado.”
Con la pareja, con los amigos, con los compañeros de piso, con la familia... Hay personas que, como el oso, tienen una fuerte necesidad de sentirse necesitadas y eso las conduce a querer ejercer de salvadoras de los más cercanos, dando lugar a relaciones desequilibradas porque alientan en la pareja conductas inmaduras, como la llantina de Carlos, y cuando son ellas quienes necesitan ayuda, no saben pedirla, no encuentran apoyo, carecen de recursos propios o ni siquiera advierten cuál es su situación. Se encuentran incapaces de intercambiar los roles; a los que la rodean les coge desprevenidos y sin práctica para poner el hombro, sobre todo si los demás tienen la tendencia contraria: a desempeñar el papel de víctima.
Y también a los narcisistas
–el victimismo es una manera de narcisismo–; por ello, algunos especialistas comienzan a llamarle síndrome de Eco, inspirados por la triste historia mitológica de la ninfa enamorada de Narciso, que siempre estaba ensimismado, centrado en sí mismo y ajeno a todo lo demás. Eco había sido condenada a repetir las últimas frases que escuchara, por lo que jamás pudo expresar sus propios sentimientos, como suele sucederles a las personas que atienden en exceso a los conflictos de los demás y desatienden los propios.

La huida
Una persona con necesidad de salvar tiende a alejarse de la gente libre e independiente –habitualmente, estas parejas le producen aburrimiento, enojo o ansiedad– y se arrimará a quien busca sentirse protegido, y, en algunos casos, a quienes padecen algún tipo de adicción. Estos últimosson aquellos que padecen este síndrome en su grado más alto. De hecho, el término coalcohólica se acuñó tras el desarrollo de los grupos de Alcohólicos Anónimos, cuando las esposas de estos descubrieron que compartían el mismo tipo de problemas y pasaron por un fenómeno similar al de sus maridos. Más adelante comenzó a utilizarse el de codependiente y también coadicto. Son los que sufren este padecimiento en el grado más alto.
Mónica, de 36 años, se casó con un ludópata antes de cumplir los 20. Daba por hecho que él cambiaría cuando se convirtiera en su marido. Puesto que no fue así, esperó que lo hiciera cuando le anunció que iban a tener un hijo. En lugar de cuidar al bebé cuando acababa su jornada laboral, Mónica acompañaba a su marido, que trabajaba como transportista, para evitar que continuara gastándose el sustento de la familia y el dinero que recaudaba en las entregas de mercancías en las máquinas tragaperras, y para poder hacerlo dejaba al niño en casa de sus padres: “Sólo después de separarme y cuando superé mis sentimientos de culpa por haberlo hecho, me di cuenta de que era mi hijo quien necesitaba mi protección, y no un adulto que tenía que solucionar sus problemas por sí mismo y que jamás aceptó mi consejo de que buscara ayuda en organizaciones especializadas”. Mónica, como muchos otros codependientes, “ve su parte frágil en el otro y no en sí misma”, explica Marian Ponte, psicóloga clínica. “Estas personas no suelen reconocer sus propios sentimientos, su malestar, sino que huyen de sí mismas centrándose en el otro, a quien tratan como si fuera un ser indefenso.”
Pero no son únicamente mujeres las que “aman demasiado”, como decía el best seller de Robin Norwood. Pilar y Manuel llevaban algunos años de matrimonio cuando acudieron a la consulta de un sexólogo. Desde hacía un tiempo ella le evitaba, sentía un profundo rechazo. Llegó un momento en que su olfato percibía la excitación en la piel de él, y tuvieron que dormir en habitaciones separadas. Tras comenzar la terapia descubrieron en algún lugar oculto de la memoria de Pilar que había padecido abusos durante la infancia. Manuel colaboró con paciencia en su recuperación, aceptó la situación y le ofreció un total y absoluto apoyo. Cuando por fin lo superó, ella se enamoró de otro hombre y rompió su matrimonio.

Psicología 1 | 2 | siguiente
de: Miguel Ángel Faus | 28/10/2008
Me gustó mucho el artículo. Me hubiese ido muy bien hace cosa de un año, cuando tuve que vivir un caso así. La situación se hacía insostenible y acabé consultando a una psicóloga, que me aconsejó que me alejase de ella porque el ceder a sus chantajes emocionales era tan perjudicial para ella como para mí. Se siente uno muy cruel haciendo algo así, pero este tipo de artículos ayuda a identificar y entender estas situaciones, y dan pistas sobre cómo solucionarlos. El problema es que lo normal, por mucho tacto que tengas, es que la persona se sienta ofendida cuando le plantees la situación, por lo que si no es una amistad muy importante a veces lo más cómodo es echar tierra de por medio.
de: Sonsoles Fuentes Jurado | 13/10/2008
Hola Josep Maria, ¿qué puedes hacer? Pues no mucho, porque lo tiene que hacer ella, de lo contrario tú también actuarías como "salvador". Cuando varias personas comenzaron a contarme historias similares comencé a darle vueltas a la novela, y al escribirla crecí con ella. Porque la mayoría, como la protagonista, estamos esperando que el otro cambie cuando nosotras mismas somos incapaces de cambiar la manera de relacionarnos con los demás. Bueno, sí que somos capaces, pero ¿queremos hacerlo? Primero tienen que descubrirlo, y después realizar el gran esfuerzo. No es fácil, es toda la vida actuando según un guión, pero cada día parece que la carga se vuelve más ligera. Un saludo.
de: Josep Maria Llamp i Bauça | 12/10/2008
Hola jo tinc una amiga així, es rodeja de gent amb mancançes emocionals i de relacions normals, i les seves parelles sempre tenen algun tipus de problema personal. Ella, però, es una persona fantàstica i quan ha tingut algun amic o novio més o menys estàndar s'ha acabat allunyant d'ells. ¿Què puc fer?
de: Sonsoles Fuentes Jurado | 12/10/2008
Este artículo está inspirado en la protagonista de la novela 'Como la seda'. Para más información se puede visitar el blog: http://comolaseda.blogspot.com/

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