¿Qué harías tú sin mí?
Sonsoles Fuentes es autora de la novela 'Como la seda'

Una persona buena
¿Qué empuja a la persona salvadora a actuar así? A menudo es el miedo al abandono, un impulso por agradar a todos y también un aprendizaje desde la infancia a ser excesivamente complaciente en espera de que la quieran, como si no pudiera expresar su amor y sus deseos de otro modo que con el autosacrificio, o tuviera que demostrar constantemente que es digna de ser amada. No siempre porque se hayan padecido carencias afectivas, también la sobreprotección deja al individuo sin recursos para autoprotegerse. Por ello tienen que aprender un nuevo modo de relacionarse con el mundo y permitirse que lo vean tal como es, aceptándolo con sus cualidades, las positivas y las menos buenas.
En muchos casos se trata de hijas de padres con adicciones que, al ser ayudados por ellas, se han acostumbrado a recibir un reconocimiento por parte de su entorno: “Qué chica más buena es”. Al hacerse adulta continuará buscando a personas adictas o problemáticas con las que establecer esa relación de dependencia, alguien a quien intentará controlar, del mismo modo que el adicto trata de controlar su droga, para recibir de esta persona lo que ella necesita. Una tarea imposible.
El hábito de salvar puede esconder, además, un intento de dominar al otro, especialmente cuando la persona que va de salvadora quiere imponer su modo de solucionar los conflictos. Se hacen responsables del problema del otro, como si fuera una criatura incapaz de valerse por sí misma, que tiene que ser hipervigilada y controlada, y de esta forma no se responsabilizan de su propio bienestar.
Ocupándose de los demás se niegan las atenciones que ellos necesitan y que podrían proporcionarse, sin esperar que sean los demás quienes los vean como aquel ser sacrificado e imprescindible. Con la pareja intenta forjar vínculos de dependencia –“No sé qué sería de ti sin mí”–, y en algunos trabajos de equipo pretende crearse una imagen de persona imprescindible –“si no lo hago yo, no lo hace nadie”, “para que todo salga bien, tiene que hacerlo una misma”. Cada cual ha de entender que existen tantas perspectivas sobre un asunto como personas.
En nuestra cultura no nos enseñan a expresar los sentimientos negativos, sino a ocultarlos, y por tradición religiosa se sublima el sacrificio. Los psicólogos tienen que hacer un gran esfuerzo para combatir estos malos aprendizajes según los cuales amar a otro significa sacrificar la vida por él, entregar sin esperar nada a cambio. Estos conflictos en la pareja y también en otros ámbitos generan un juego interminable, porque quien juega a ser la víctima no desea, en el fondo, que le salven, y el salvador no abandona su papel. Cada uno de ellos no sabe interpretar otra figura ni cambiar el guión de vida. Aunque el que va de salvador puede adoptar el papel de víctima si utiliza la manipulación para pedir, puesto que no sabe hacerlo de otro modo.
El papel de salvador no se desempeña exclusivamente con
la pareja. La persona con este síndrome suele establecer
relaciones de amistad en las que se interpretan roles similares. Ruth, directora de un colegio de primaria, de 48 años, rompió una antigua amistad con una de sus compañeras de trabajo: “Ella se había separado y durante meses no hice más que escucharla. De pronto, se me vinieron encima un montón de problemas: la demencia senil de mi abuela, mi padre con diagnóstico de cáncer..., y cuando quise desahogarme me soltó que lo mío no era tan grave”. Es habitual que personas como Ruth –excesivamente complaciente, buena oyente y empática– atraigan a vampiros emocionales. Algunos de estos individuos son falsos salvadores, se quejan continuamente de que siempre están ahí para atender a los demás y que ellos nunca tienen quien les ayude, y en ese reproche radica su actitud victimista, hasta el extremo de no tolerar que existan situaciones peores que la suya.
¿Qué impide romper esos vínculos? En un principio, se niegan a sí mismos que tienen un problema o se mentalizan de que este no es tan grave, les avergüenza pedir ayuda, y suele ser el cuerpo quien se rebela: contracturas musculares, trastornos digestivos, dolores de todo tipo, cansancio... Una vez que se reconoce, surge el miedo –pánico, más bien– a cambiar el patrón de conducta. “Si el individuo ve una imagen dos mil veces repetidas, el cerebro lo interpreta como lo normal. Eso es lo que sucede con los modelos de relaciones que aprendemos desde niños”, explica Ponte.
Herramientas para salvarse a uno mismo
La psicóloga y sexóloga Marian Ponte (www.marianponte.com) propone unas cuantas estrategias para la propia salvación:
• Elaborar los duelos de las propias historias, desde la idealización de los padres hasta las relaciones del pasado. Hemos aprendido a interpretar un modelo de relación como la normal, y después de descubrir que no es tan ideal, hay que superar el dolor que implica.
• Trabajar el espacio interior: examinar y repasar las creencias internas, que pueden ser erróneas; definir qué nos pasa y reconocer nuestro lado oscuro (los celos o la rabia son tan naturales en el ser humano como la generosidad) y nuestras imperfecciones. Llevar un diario de confesiones puede facilitar la tarea. Aunque no hay que creerse todo lo que surja.
• Dejar de obsesionarse con que la pareja ofrezca la respuesta que uno espera, la que uno considera razonable, porque ninguna lo es o todas lo son. Acepte que nadie tiene la razón al cien por cien. Cuando haya descubierto qué le pasa, no espere que le adivinen, aprenda a expresar y a pedir, averigüe qué puede hacer para ayudarse a sí mismo y en qué puede contribuir la pareja, aunque no tiene la obligación de hacerlo. Un no no significa “no te quiero”.
• No leer pensamientos ni interpretar por el otro. Y cuidado con los diálogos que alimentan el conflicto. Cuando esas conversaciones no producen ningún cambio, hay que pactar un espacio limitado para centrarse en las soluciones y distraerse con otros asuntos el resto del tiempo.
• Alimentar el espacio propio con actividades y relaciones con otras personas. De ese modo, se compartirá las novedades con el otro y se podrá obtener diferentes perspectivas. La pareja no puede solucionarlo todo ni ser el único cargador de pilas. Esto nos ayuda a vencer el miedo al abandono y a la libertad del otro, y renunciar a la necesidad de control.
• En todo conflicto hay una responsabilidad compartida. Reconozca la suya y aprenda a disculparse por los errores.







