11/01/2009

Recetas para saborear la lectura

Texto de Carmen Giró
Ilustraciones de Mariona Cabassa
Tiempo, espacio, oportunidad, paciencia. Todo eso requiere la lectura. Y todo eso se encuentra, por ejemplo, en la cama, justo antes de dormir, en el autobús o el metro, acurrucados en un sillón un día de lluvia… Una docena de escritores, psicólogos, padres y educadores explican sus recetas para facilitar el ejercicio y el placer de leer, en papel o en pantalla. Para que los jóvenes no se pierdan nada.

La autora de este reportaje estuvo buscando durante horas los libros Robinson Crusoe, La isla del tesoro, El mago de Oz y Viaje al centro de la Tierra en las estanterías de una prestigiosa librería. Encontró alguno en los rincones, que le vendieron como rarezas de anticuario. Mientras le cobraban, le preguntaron dos veces si de verdad eran para sus hijas, de 11 y 9 años.

¿Por qué se considera tan difícil que un chaval lea? ¿De verdad no hay tiempo, o hay una inercia que pesa como un losa y que considera la lectura algo del pasado, imposible de competir con la cultura audiovisual y de la inmediatez? En este reportaje se recopilan muchas ideas de diferentes profesionales para animar a niños, adolescentes y jóvenes a la lectura, haciéndola compatible con su hábitat actual tecnológico.

El escritor Emili Teixidor, en su libro La lectura y la vida  (Ariel/Columna) anima a estimular el gusto por la palabra y su sonido, contagiar con el ejemplo y no olvidar que a leer también se aprende, con lo que se necesita un esfuerzo, mínimo pero constante.
Teixidor propone cientos de ideas en su libro. Para cultivar el esfuerzo constante, se puede leer una línea de un libro, sólo una, pero cada día. O un profesor puede escribir un verso de una poesía cada día en la pizarra. Aunque no se entienda, algo les quedará a los alumnos del gusto por aquella palabra desconocida…
Otra reivindicación de Teixidor es luchar por buscar el tiempo de la lectura, que exige un ritmo determinado. Eso se puede conseguir recuperando algo que él había hecho de escolar: un rato de silencio cada día, con libros delante, sin exigir que se lea, desde los alumnos hasta el conserje. También leer en voz alta, cada día, para enseñar a los alumnos la cadencia del lenguaje y el gusto por el texto.
La escuela puede, según Teixidor, conseguir un mínimo de capacidad lectora, y debe exigir unas lecturas y una comprensión determinadas, pero a partir de aquí se debe olvidar el trabajo sobre el libro e incitar el hábito lector por el puro placer de leer. Y no olvidar que el hecho de que exista el género de literatura juvenil no significa que sea lo único que puedan leer los jóvenes. Tendrían que ser capaces de alternar esas lecturas con la de los grandes autores.

Son recomendaciones clave que también comparte Vicenç Pagès, autor de De Robinson Crusoe a Peter Pan. Un cánon de literatura juvenil (Proa). Pagès constata que muchos de los que eran adolescentes antes de los años 80 estaban familiarizados con una serie de novelas escritas un siglo antes, desde Julio Verne a Stevenson o Mark Twain. Ahora, en cambio, estos libros son difíciles de encontrar, incluso en bibliotecas, y han sido sustituidos por obras escritas por autores juveniles especializados, contemporáneos, y que tocan temas directamente relacionados con su mundo actual. El autor lamenta que sin la fantasía y la imaginación difícilmente se contagiará al joven el gusto de leer por placer, ya que vivirá siempre la lectura como un instrumento y no como un fin en sí mismo. Propone una lista de imprescindibles que anima a esforzarse para leer unos clásicos que por algo han merecido ese calificativo. El volumen aconseja 28 libros, algunos de ellos como El libro de la selva, de Kipling; Las aventuras de Tom Sawyer, de Mark Twain; La isla del tesoro, de Stevenson; Peter Pan, de Barrie; Viaje al centro de la Tierra, de Julio Verne; o Robinson Crusoe, de Daniel Defoe.

Joan Portell, en Me gusta leer, (CEAC), recomienda no desmerecer nunca las lecturas del chaval, hablar sobre lo que lee cada uno, aprovechar la televisión para comparar las películas con el libro en el que se han basado, escuchar cuentos en CD en el coche…
Algunas editoriales han empezado a repescar colecciones que leyeron masivamente los que hoy son padres y madres. Quizás ya no se asombren tanto las cajeras de la librería.
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de: Silvia | 24/05/2009
Yo tengo 13 años, voy a segundo de ESO y, la verdad, me encanta leer. Lo que pasa es que los libros que dan para leer muchas veces son un plomazo o demasiados para algunas personas que no leen. Algunos de los libros k que recomiendan en mi opinión son demasiado infantiles, y creo que durante todo el tiempo que llevo en el colegio no nos han recomendado para leer ni un solo clásico de la literatura.

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