15/02/2009

¿Podemos poner límites a los hijos de los otros?

Texto de Eva Millet
Ilustración de Jonhefrench.com

¿Qué pasa cuando, en el parque, un niño de unos diez años empieza a golpear un árbol con una piedra sin que sus padres intervengan? ¿O si en un restaurante dos hermanos, en una mesa contigua, se dedican a gritar y a lanzar comida ante la mirada arrobada de sus progenitores? ¿O si un nieto al cuidado de una abuela la desobedece constantemente? ¿O si un amigo de un hijo, con cinco años, te da un puñetazo en el estómago?
Todas estas situaciones son reales. En algunas de ellas se actuó, aunque con distintos resultados. En el parque, el niño fue interpelado y, en vista de que su madre no venía a socorrerle, paró de machacar el árbol. En el restaurante, los padres disimularon como actores profesionales cuando otros comensales dieron un toque de atención. La abuela, aunque ya no puede más, no se atreve a decir nada a su hija sobre el mal comportamiento del nieto porque teme que esta se enfade. En el caso del puñetazo, la agredida se dirigió al padre del niño en busca de una explicación. La tuvo: el crío “se había cruzado”, le dijo.
Son muchos los pedagogos que hablan de una generación de niños intocables, una hornada de menores sobreprotegidos sobre los que nadie parece tener más derecho a educarlos que sus padres. “Hemos puesto el mundo adulto al nivel del de los niños, y esto no funciona. Los hemos subido de categoría, y van sobrados”, afirma Josep Mombiela, médico especializado en temas educativos. Según Mombiela, la sociedad actual ha buscado hacer partícipes a los hijos en conceptos que se consideran democráticos, como la libertad, la participación, la decisión por uno mismo…: “Sin tener en cuenta que esos cerebros receptores no tienen la suficiente madurez. ¡Cuánto tardamos nosotros en manejar estos conceptos!”.
Que los padres actuales, agobiados por la falta de tiempo y con sentimiento de culpa por no dedicarles más, tienden a malcriar a sus retoños es vox pópuli. Se comenta mucho, tanto entre los adultos como en los medios de comunicación, lo maleducados que son los niños en la actualidad. La ironía es que la mala educación de la propia descendencia no es fácil de ver. A menudo, el ser padres implica un enamoramiento completo con la prole, y ya se sabe que a veces el amor es ciego. No es fácil ser objetivo.
Hay otros factores de esta ceguera paterna: la falta de otros niños con quienes comparar, debido a la casi extinción de la familia extensa, y el hecho de que muchos padres se hayan acostumbrado a vivir como normales ciertas actitudes que para otros de fuera no lo son. También abundan los progenitores que disimulan y los que los justifican actitudes inaceptables con frases del tipo “mi hijo es hiperactivo”, “tiene poca autoestima” o “un bajo nivel de tolerancia”.
 
El papel de la tribu
Antes era el pueblo, la tribu, el que participaba en la educación de los más pequeños (un concepto que surge del proverbio africano “se necesita un pueblo entero para educar a un niño”). Así, el abuelo podía hablar del nieto; el tío, del sobrino; el vecino, darte un toque de atención… Hoy esto casi no ocurre ya, por lo que no sorprende que cada vez sean menos los familiares, amigos, incluso desconocidos, que amonestan a niños ajenos o alertan a sus padres de que algo está fallando. Fin de semana en una casa rural. Rosa, madre de tres niños, hace una observación a un matrimonio con el que comparte la estancia sobre cómo manejaban a su hijo. “El niño no era fácil: tenía reacciones violentas, insultaba a la madre y montaba numeritos”, recuerda Rosa. Y se le echaron encima: “Vi a los padres tensos y angustiados y se me ocurrió decirles que sí, su hijo era complicado, pero también estaba muy mimado. Y quizás tenían que razonar menos con él y ponerle más límites… No se lo tomaron nada bien.”
Una situación como la descrita tiene el potencial de acabar con amistades de años. También las hay que encienden conflictos familiares. “Me he encontrado con muchos abuelos y abuelas que están decepcionados con sus nietos, pero que no pueden decir nada sin que se monte un culebrón”, revela el doctor Josep Mombiela, quien denuncia que muchos padres “cargan a los abuelos de responsabilidades sin darles poder frente al nieto”. Por ello considera que los padres deben reforzar la autoridad de las personas que ayudan en la crianza (familiares, maestros, amigos, canguros…) y han de aprender a escuchar lo que estos observan, tanto lo positivo como lo negativo.
Porque, en general, los padres tienden a defender a ultranza, a muerte, a sus hijos. Maite Cabello, profesora de primaria desde hace más de treinta años, conoce bien estas reacciones. “Cuando hay un conflicto, siempre me dirijo primero al niño –cuenta–, pero si veo que no funciona, hablo con los padres, aunque sé de antemano que se van a poner como unos energúmenos.”
 
¿Hay que intervenir?

Dadas las muchas susceptibilidades en este tema, ¿vale la pena intervenir cuando un niño ajeno se comporta mal? “Sí, se ha de intervenir –dice, rotundo, el doctor Mombiela–, y si la situación se produce en un lugar público y es otro quien toma la decisión, apoyarlo inmediatamente. En estas situaciones puedes sentirte muy solo.” Para Rocío Ramos Paúl, la supernanny española, intervenir es importante, tanto si el niño es desconocido como si es hijo de amigos o amigo de nuestros hijos. “Si el conflicto lo protagoniza el niño, tenemos que dirigirnos a él, de otra manera los padres pueden sentirse cuestionados”, aconseja. La psicóloga considera que una llamada de atención de este tipo puede ser muy positiva para el aludido: “Porque cuando un niño recibe un límite desde fuera del entorno familiar, aprende que hay situaciones en las que los límites no se pueden saltar como le plazca, y que hacerlo tiene consecuencias”.
La intervención de un tercero también puede ser positiva para los padres porque, en algunos casos, ese comentario ajeno puede ser ese clic que faltaba para ver la luz: “Si le has dado muchas vueltas al tema del comportamiento de tu hijo y alguien de fuera te dice por dónde fallas, te molesta, claro, porque no has sido tú quien lo ha descubierto”, explica Josep Mombiela. “Pero, aunque la primera reacción suela ser negarlo, ese comentario o crítica puede ayudar en el proceso de solucionar el problema.”


MANERAS DE DECIR BASTA
 
Si se trata de un niño desconocido: primero hay que dirigirse al niño que no sabe comportarse, no a los padres. Localizar sus ojos. “Yo les marco con la mirada, no con la voz”, cuenta la profesora Maite Cabello. “Acostumbra a funcionar, o pedirle directamente que cambie de actitud.” La primera reacción del interpelado será mirar a los progenitores, pero, como apunta Josep Mombiela: “A mí los padres me dan igual. Ni los miraré. Un niño me dijo una vez: ‘Tú no eres mi padre’, y yo le contesté: ‘Y tú, los pies fuera’. Seguí con mi idea”.

Si el niño es conocido: en casa las normas las cumplen tanto los niños propios como los ajenos. De este modo, los hijos observan que nuestros límites son coherentes, sólidos. En situaciones fuera del hogar, con hijos de amigos o de familiares, la forma de actuar es muy similar: hay que dirigirse siempre primero al que infringe la norma.

Si hay que dirigirse a los padres: mejor hacer una observación, una pregunta, que una crítica. El tacto es importante, porque en estas situaciones no sólo hay susceptibilidad. También hay inseguridad: muchos padres que no ponen límites o justifican siempre a sus hijos lo hacen por miedo. “Pero no a los hijos –puntualiza Mombiela–, sino a equivocarse, a no hacerlo bien.”

de: Celeste Meana | 16/04/2009
Los invitamos a conocer despacito el primer espacio de Recreación Slow, pensado y creado especialmente para los chicos. Donde desacelerando recuperan sus propios ritmos. Son niños jugando como niños y no niños jugando a ser adultos. Nuestra propuesta es respetar sus tiempos y sus deseos a partir de situaciones placenteras, como principio para disminuir el estrés y lograr una mejor calidad de vida. En palabras de Carl Honoré: hacer las cosas en el ritmo correcto, reivindicando la calidad por sobre la cantidad. Descubriendo por sobre todas las cosas, que ser lento te permite disfrutar de la vida con placer. www.d-spacito.com / www.d-spacito.blogspot.com
de: Begoña Leonardo | 10/03/2009
Es muy difícil, muy osado, dirigirse a una persona para llamarle la atención, da igual que sea niño o niña o el adulto responsable de él. A diario nos encontramos con situaciones en las que hubiéramos de decir, hasta aquí. Con adultos que entran en continua contradicción. ¿Qué vamos a exigir sus pupilos? Pero, desde luego, ante cualquier situación de este tipo, yo le explico a mi niña la situación y ella saca sus propias conclusiones. Desgraciadamente la mayoría de las veces se aleja del problema, ya que las personas implicadas no comprenden el lenguaje que manejamos, de coherencia y respeto, algo básico creo yo.
de: Joan Soler | 21/02/2009
Para reflexionar más a fondo sobre este tema, se ha publicado recientemente un libro (también comentado en un artículo anterior del Magazine) que describe en detalle toda esta problemática, tan arraigada actualmente en nuestra sociedad. Lectura recomendada: Bajo presión, de Carl Honoré.

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