El hombre imagina su futuro

Aviso: este artículo esboza un posible futuro y, como dice Fernando Trías de Bes, “predecir los resultados de la sociedad es un ejercicio de vanidad que sirve para que te alaben y piensen que eres muy listo, a sabiendas de que cuando tus predicciones puedan cotejarse ya estarás muerto”.
Año 2050. Tino está viendo un documental del 2009 titulado Futman donde salen desde sexólogas a nutricionistas y psicólogos o escritores fantaseando sobre cómo será él: el hombre futuro. Más gordete. Más femenino. Muy preocupado por distinguirse de algún modo entre una enorme clase media enganchada a la tecnología y los titulares informativos. Introspectivo pero seductor, vendrá a reunir la apariencia, los hábitos y la sensibilidad de viejos famosos llamados Salman Rushdie, Barack Obama, Rubalcaba o Miguel Bosé. En Futman también afirman que ese hombre será eficaz en sus propósitos. Y que no dará demasiadas vueltas a las cosas. Pero la verdad es que algunas ideas del documental no dejan de incordiar a un Tino absorto en sus pulgares: el biólogo Josep García anunció que estos desplazarían “a los dedos índices en habilidad neuromotriz y sensibilidad. Por el uso de los móviles”. Y así ha sido.
–El hombre buscará sobre todo la eficiencia –afirma en el documental Mónica G. Massagué, autora del libro Saber ser, saber estar. Claves del protocolo para nuestros días– y para conseguirla arrinconará la tendencia a la informalidad y al todo vale que nos acompañan actualmente. El código de vestir será cada vez más estricto según sectores profesionales y sociales. Esta normativa en la etiqueta y en el comportamiento le otorgará la seguridad necesaria para aplicarse a ser eficiente.
–Un hombre un poco frío, ¿no? –dice la voz en off.
–Pues, al igual que con el vestir, el modo de hablar y actuar en público serán cada vez más regulados.
–Ese hombre hablará con voz dulce y melodiosa aunque trate los temas más violentos –añade José Antonio Millán, lingüista y editor en papel y digital.
Tino, que sostiene ante la pantalla un plato precocinado de espaguetis a la mongolesa, aprieta el botón de personalización para que la palabra Tino sustituya a el hombre futuro en boca de los entrevistados. (Esta posibilidad digital había sido anunciada por John Brunner en su novela Stand on Zanzíbar (1968), pero Tino no lo sabe.)
Ahora interviene Alberto Saborido, director de la revista para hombres Men’s Health: “El momento en el que nos encontramos demuestra que los excesos de cualquier tipo se pagan caros, por lo que la única manera de sobrevivir, y hablo de una supervivencia de calidad, como individuos y como especie va a ser buscando la moderación”.
Varias voces indican que la superpoblación del planeta obligará a extremar la diplomacia, por lo menos en público, para minimizar los choques violentos. Todo lo contrario de lo que ocurrirá en las redes de comunicación privadas.
Massagué: “En una esfera real, Tino jamás hablará de sí mismo. Por el contrario, será capaz de las mayores intimidades en canales virtuales. Casi podría aventurar que se desarrollará una nueva gama de sentidos electrónicos, de manera que seremos capaces de presentir, emocionarnos e intuir gracias a un híbrido entre las sensaciones físicas y virtuales”.
Massagué conecta bien con el escritor vanguardista Agustín Fernández Mallo, que imagina a Tino como una proyección del cómic Enjuto Mojamuto, “un individuo casi sin identificación sexual, que vive en su habitación, su cámara o celda, y que se comunica con el mundo a golpe de ratón a través de una tecnología que no comprende del todo, pero que idolatra, y a la cual atribuye poderes casi religiosos. Es una suerte de romanticismo revisado, el tecnorromanticismo”.
Massagué recuerda que el por entonces recién elegido presidente de Estados Unidos, Barack Obama, aseguró que le tendrían que arrancar de las manos su Blackberry, herramienta no permitida para el jefe de la Casa Blanca. Y es que Obama era un Tino en potencia. Un tecnorromántico de primera hornada.
Muy femenino
–¿Sin identificación sexual? ¡Pues a mí me encantan las mujeres! –dice Tino en voz alta, y como si el documental le respondiera, en pantalla se encadenan testimonios aludiendo al inexorable imperio de “un instinto más femenino, esto ya lo notas en un montón de gente” (Rubén Castillo, estudiante); “el mundo se globaliza con un modelo de inspiración femenina” (Vicente Verdú, sociólogo); “Tino y la mujer diferirán en muy pocas cosas” (Montse Folch, nutricionista); “si la moda se introduce totalmente dentro del mundo masculino, Tino se rendirá a las faldas y los tacones” (Roberto Piqueras, diseñador).
–Haaala –exclama Tino, que usa ropa más bien deportiva, muy holgada, si bien reconoce haber visto discretas capas y faldas en hombres... y... bueno... la verdad es que el peluquero ese que está hablando, Lluís Llongueras, tiene algo de razón porque en el 2050 todo quisque usa cosméticos y se customiza el pelo y la ropa en casa.
Llongueras: “La gente será diestra en eso. Basta fijarse en raperos y skaters. Aprenden a plancharse el pelo, a recogérselo... Las peluquerías se utilizarán menos. Cuanta más gente haya en el planeta, más se querrá evitar lo uniforme. Te esforzarás por distinguirte y será muy fácil porque todo se orientará hacia la personalización”.
David Delfín, diseñador vanguardista: “Ya sea un diente roto, una pequeña cojera o una ceja partida, me gusta porque te hace único y te imprime carácter. Es como una especie de memoria que queda en tu cuerpo y que me interesa dejar también en la ropa. Yo siempre quise ponerme un aparato en los dientes y al final convencí a un odontólogo para que me lo colocara y separara las paletas. Ese espacio interdental me sirvió luego como metáfora general para mi colección Diastema y hablar así de la separación a muchos niveles, desde lo emocional hasta lo físico”.
Tino se está preguntando por el cuerpo que aquellos ancestros imaginaron para él cuando, de pronto, ¡pam!: primer plano de los actores George Clooney, Guy Ritchie y el empresario Donald Trump. Los übersexuales que debían dominar el siglo XXI. Hombres de cuidada apariencia que no competirían en vanidad con las mujeres. Y con un look muy masculino. Sensuales, independientes, dispuestos a tomar decisiones sin buscar análisis profundos ni la aprobación de otros, según la publicista estadounidense Marian Salzman. En su libro El hombre futuro, Salzman liquidó la etiqueta metrosexual y proclamó el fin de su icono: David Beckham.
–Pero Tino será más redondo, más obeso –irrumpe de pronto Piqueras–. Y, al morir más tarde, se le crearán pliegues en la piel hasta ahora no existentes.
Es cierto que Tino es más gordo que Clooney. Y que en la ciudad hay muchos (muchos, muchos) ancianos.
–Ay, Dios –masculla Tino, pero es una frase hecha, porque no cree en dioses.
En el 2050 han aparecido nuevas enfermedades fruto del alargamiento de la edad, si bien, a base de “actividad física y mental, muchos individuos que presenten síntomas de senectud ya no serán personas artrósicas de 60 años, sino venerables ancianos de 115” (Josep García).
Aunque la gran clave del nuevo panorama la tienen los medicamentos, que han aumentado la esperanza y la calidad de vida. Los adictos son legión. El psicólogo Alfonso Antona ya lo avanzaba en Futman: “Buscamos permanentemente la ausencia de dolor y sufrimiento, y el mercado nos ofrece posibilidades, así que en el futuro estaremos más drogados. Probablemente aparecerá la moda econaturista, pero también con drogas, eso sí, naturales”.







